Por diecisiete días el mundo ha mirado a Río de Janeiro. Más de once mil atletas compitieron en 28 disciplinas por el oro olímpico. Un mensaje de paz, inclusión y competencia honesta resonará por siempre en el recuerdo.

Equipo olímpico de refugiados desfila en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016

Equipo olímpico de refugiados desfila en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016

Estas olimpíadas en Brasil significaron un estreno remarcable para los más de cien años de historia de los Juegos modernos: por primera vez tuvieron lugar en América Latina.

Brasil invitó al mundo a su casa. Y recibió una mirada curiosa en todos sus rincones. Detrás de la arreglada y bonita fachada, los huéspedes descubrieron tres facetas impactantes, que hacen reflexionar: la competencia desleal, la situación de exclusión social y las historias personales alentadoras de varios atletas. Todo ello, sin embargo, tiene que ver con los ideales de los Juegos Olímpicos.

La idea más destacada de los antiguos Juegos, que quedó a través de los siglos, es la competencia leal y pacífica entre los contendientes. Olympia es fundamentalmente un proyecto de paz, ideado en un contexto político de ciudades-Estado rivales para competir de manera pública y pacífica entre ellos y asegurar a la vez la cooperación política. Hoy la paz olímpica se ve contrastada por un golpe de Estado violento en Turquía, una guerra sangrienta en el Medio Oriente y la amenaza del terrorismo internacional que llegó en los últimos días hasta la misma Río. La corona de olivos —y por lo tanto, el olivo como símbolo de paz en el mundo— fue inventada en los Juegos de la antigüedad griega. Este mundo complejo y cambiante en sus estructuras necesita de la esperanza de Juegos que creen e irradien que una paz verdadera es posible.

El Olympia de los griegos era deporte y culto a la vez: un acto religioso, hasta sagrado y con ceremonias de consagración, ya que los dioses eran los atletas más poderosos. A partir de 1896, los nuevos Juegos se volvieron —ideológicamente y en otros términos— mucho más inclusivos. Ahora todos pueden participar, sea cual sea su creencia y todos pueden acudir a los Juegos, lo que estaba prohibido a las mujeres griegas casadas, por ejemplo. La competencia en iguales condiciones y con reglas comunes constituye también la mayor oportunidad para los pobres —en todos los sentidos— de poder participar, desarrollarse y ganar. La calificación a través de logros es una idea profundamente ética, que destaca el valor de cada vida, especialmente en las Paraolimpíadas.

Si tomamos a los juegos 2016 como espejo de igualdad o desigualdad de oportunidades, nos desanima el hecho de que la mayoría de países africanos y orientales no hayan podido mandar a lo sumo una decena de atletas, mientras los países desarrollados participaron con un promedio de 300 deportistas. Por otra parte, alienta el hecho de que los casi 206 países listados por las Naciones Unidas participaron en estos Juegos.

En cuanto a la competencia, vale la misma reflexión que para la economía: si se la coloca como algo absoluto, se vuelve destructiva. Esta es una consigna de nuestro tiempo. En el deporte, el juego y la perfección son los principales objetivos. Pero el que quiere ganar a toda costa y para ello se dopa, termina arruinando la idea principal de los Juegos. Los escándalos de centenares de casos de dopaje de atletas de todo el mundo, que se descubrieron en los meses previos a Río, revelan una concepción torcida y desleal de la competencia. El dopaje de atletas siempre debe ser denunciado y rechazado. Quien no puede perder, no participa de la competencia. Ganar y perder son parte de la vida. Solo quien comparte esta visión habilita estructuras competitivas reales. Y esto puede aplicarse también a otros ámbitos humanos como la economía.

Los logros de la inclusión se ven desbaratados por la exclusión que sufren aquellos que viven más cerca de las instalaciones olímpicas. Mucho ya se escribió sobre los casos de corrupción durante la construcción de las áreas olímpicas, el traslado de población para ello y el ocultamiento de la realidad de las favelas detrás de altos y coloridos muros. Una gran parte de la sociedad brasilera se siente excluida porque su día a día no es de fuegos artificiales, sino que está amenazado por un descenso en la escala social a causa de problemas estructurales y de la corrupción. Así como los atletas en la antigüedad juraban cumplir con los códigos y celebraban el ideal de la honestidad, hoy también debe exigirse este valor y comportamiento a todos los involucrados.

Finalmente, el punto donde el ideal de Olympia brilló más fuerte en esta edición de los Juegos 2016 han sido las historias personales que atravesaron muchos atletas para poder participar. Fue loable la iniciativa de habilitar un equipo de refugiados bajo la bandera de los cinco continentes. Los diez integrantes apátridas destacaron por su genuino espirito atlético, sin toda aquella profesionalidad que marca a muchos para los que el deporte es también un negocio. La nadadora siria Yusra Mardini, por ejemplo, salvó con sus 17 años a 18 refugiados en un barco que se hundía en el Mar Mediterráneo empujándolo a nado hasta alcanzar la isla de Lesbos. Los cinco integrantes provenientes de Sudán del Sur de este equipo eran, además, los únicos de su país que pudieron participar.

En las caras y en el espíritu de estos hombres y mujeres se han reflejado los ideales de la búsqueda de la paz, la inclusión y la competencia honesta. Es quizás el mensaje más fuerte de las Olimpíadas 2016.

David Brähler
Trainee de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo