27 años de democracia en Paraguay

El 3 de febrero de 1989, luego de 35 años de una sombría y cruel dictadura, las fuerzas armadas paraguayas se levantaron para derrocar a Alfredo Stroessner.

 

Bandera paraguaya ondea en Asunción | Foto: Christa Rivas

Bandera paraguaya ondea en Asunción | Foto: Christa Rivas

Se inició ese día el camino hacia una democracia que a los paraguayos aún nos cuesta. Es una democracia frágil, joven y a la que injustamente se la culpa de ser causante de los males que nos aquejan como sociedad.

En las redes sociales vi muchos comentarios a favor y en contra del régimen stronista. ¡Qué profunda tristeza sentí al ver comentarios de jóvenes haciendo apología del totalitarismo, la dictadura y los abusos de poder! ¡Qué cobarde me suena el canje de libertad por seguridad! ¡Qué despreciable es pensar que la desaparición, muerte y tortura de seres humanos se justifican con «las grandes obras que hizo el General»! Me pregunto desde cuándo un puente o una represa valen más que la vida de una persona. El respeto hacia la dignidad del ser humano no es negociable. Un puente, una represa, un edificio, sin educación y sin libertad no representan progreso; constituyen apenas un montón de hormigón que no puede aspirar a ser icono de desarrollo mientras sea utilizado como cortina de humo para cubrir, por años, el atropello a los derechos humanos.

Y duele más cuando un joven —que no vivió la dictadura— defiende el totalitarismo porque comete un acto de desprecio hacia su propia libertad, hacia su propia capacidad de expresarse y realizarse. ¿Acaso hay algo más contradictorio que expresarse libremente a favor de la dictadura en tiempos de democracia? ¿Cómo se sentirían estas personas si luego de publicar sus comentarios les cayese la caperucita roja (móvil utilizado durante la dictadura para secuestrar a los rebeldes) para «explicarles» con denigrantes acciones que en la Constitución Nacional paraguaya la dictadura está fuera de la ley?

Gracias a Dios no viví la dictadura, pero escuché y leí la historia, contada desde diferentes perspectivas. Y me he convencido de que, aunque cueste y a veces duela, vale la pena seguir construyendo una nación democrática, en donde la seguridad no se sustente en el uso de la fuerza sino en el civismo y en donde entendamos que los verdaderos puentes de progreso se construyen cuando con respeto y libertad podemos expresar y desarrollar ideas que nos ayuden a crecer en valores, en conocimiento y en una actitud de solidaridad hacia los demás, una solidaridad que no implique sentirse superior y dar limosnas a los inferiores, sino en ponerse en el lugar del otro. Este ejercicio de solidaridad debe ser recíproco, debe darse desde quienes defienden uno u otro punto de vista, sin perder identidad. Para algunos será más fácil que para otros, pero hacerlo es un deber imperioso para los demócratas y debe ser una forma de vida para los humanistas, pues allí radica nuestra esencia al hacer política.

Tal vez hoy hasta tengamos ideas dispares en el concepto de democracia, tal vez resulte para algunos una palabra gastada y pasada de moda, como me lo decía un amigo días atrás. Pero es un tema sobre el cual debemos dialogar y, como afirma el papa Francisco, «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso».

Charlemos sobre esto, en el boliche, en la facultad, en el Parlamento o, como lo hacemos en Paraguay, a la sombra de un árbol de mango compartiendo un tereré. Donde sea, celebremos que hoy podemos debatir sin tener que pedir permiso.

Christa Rivas | @RivasChrista