¿A cuáles cubanos se refiere John Kerry?

El restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha dado la vuelta al mundo desde que el pasado 17 de diciembre se anunció la disposición de ambos gobiernos a normalizar uno de los rezagos más absurdos de la guerra fría. No obstante, ese deshielo dista mucho aún de asegurar una democracia para la isla y parece apuntar, hasta el momento, a una maniobra para legitimar a un régimen represor.

Izamiento de la bandera norteamericana en La Habana, luego de 54 años de ausencia | Fuente: Wikicommons.

Izamiento de la bandera norteamericana en La Habana, luego de 54 años de ausencia | Fuente: Wikicommons.

El 14 de agosto marca el comienzo de una nueva era entre Washington y La Habana: la visita de John Kerry a la isla tras más de medio siglo de distancia, la bandera norteamericana que ondea en la recién abierta embajada, las buenas intenciones expresadas por aquel respecto de un pasado que no sirvió para la democracia y un presente que aún enfrenta un gran retroceso en temas de derechos humanos fueron, todos, actos cargados de un gran simbolismo pero ante los que todavía permanecen intactas muchas dudas sobre el futuro.

Es, empero, comprensible la actitud del gobierno de Obama, en el sentido de dar los primeros pasos en aquellos asuntos que convienen a ambos gobiernos, como la normalización de relaciones comerciales y el permiso de viajar a los ciudadanos estadounidenses a Cuba, y de ahí construir una agenda que poco a poco vaya sumando nuevos temas.

Y es más comprensible aún dejar de lado cuestiones frágiles o espinosas como la democratización, los prisioneros políticos o de conciencia, la represión cotidiana del régimen de Castro —que a pesar de todo el oropel de esta ocasión sigue siendo una dictadura— contra los disidentes, el atropello a los derechos mínimos de participación, reunión, libertad de prensa, entre otros tantos, si lo que en verdad se busca es tejer y avanzar a partir de intereses mínimos comunes.

No obstante, las palabras de Kerry durante su discurso frente a la recién estrenada embajada, en un entorno tapizado para la ocasión (pintura a edificios viejos, remozamiento de paredes semiderruidas, limpieza de calles y avenidas), dejan varias preguntas en el aire. El secretario de Estado señaló que «seguimos convencidos de que lo mejor para los cubanos sería una democracia auténtica, donde el pueblo elija a sus líderes», y que «el futuro de Cuba lo tienen que dibujar los cubanos».

Cabe preguntarse, ante esa crítica, a qué cubanos se refiere Kerry. Porque si de quienes habla es de los exiliados que no son recibidos en su propia representación en Estados Unidos, será complejo que el pueblo cubano en su totalidad pueda trazar su propio futuro. Y si se refiere, por su parte, a quienes permanecen en Cuba, tampoco será factible una democracia ya no auténtica, rudimentaria, en todo caso, a partir de una situación que al menos en el corto y mediano plazo no apunta a garantizar una participación libre, o condiciones mínimas de organización partidista, o al menos una ley electoral que pueda ser el punto de partida de una transición.

Ninguna de esas condiciones indiscutibles para el funcionamiento democrático parecen vislumbrarse en el horizonte de la realidad cubana, ni mucho menos un esfuerzo, aunque sea en el discurso de los funcionarios castristas, por comenzar a fortalecer a una ciudadanía que, tras cerca de sesenta años de dictadura, carece en su mayoría de los valores cívicos para hacer posible un cambio auténtico de régimen.

La visita de Kerry a La Habana abrió la rendija de una ventana por la que apenas se asoma un ínfimo rayo de luz. Será fácil cerrarla si no hay compromisos que aseguren acciones en temas que apuntalen un nuevo sistema político. Y ante esa muy probable posibilidad, al aparato del Estado cubano volverá a ese discurso vetusto en el que la victimización, la culpa de los otros que reniega de la responsabilidad propia y muchas más artes de la manipulación y la mentira bien ensayadas durante más de cinco décadas serán las que justifiquen la bondad del régimen asesino y la perversidad de sus críticos.

Hay pues los primeros pasos y un atisbo de disposición. Faltará constatar que también exista voluntad clara y determinada, como no la ha habido hasta hoy, de que el dibujo de ese futuro que, en palabras de Kerry, corresponde a todo un pueblo, sea en verdad el logro de una sociedad en su conjunto y no el capricho de un gobierno acostumbrado a ceder un poco para luego atentar contra quienes se atreven a alzar la voz.

La democracia, como lo demostró Oswaldo Payá, se construye desde la gente y con la gente: no es dádiva o concesión de un gobierno represor. Para lograrlo, debe haber condiciones mínimas que trascienden lo económico, la buena imagen o las relaciones internacionales, y que son las que garantizan los cambios duraderos.

De poco sirve la apertura comercial cuando no hay empoderamiento y construcción de ciudadanía. En todo caso, lo accesorio alcanzará para seguir enriqueciendo a la elite de siempre, para sanear las cuentas de los asesinos y no para construir una auténtica nación.

Carlos Castillo | @altanerias