Con el apoyo del Congreso, donde su partido es mayoría, el presidente Rafael Correa parece orquestar, bajo el manto del populismo y la demagogia como estrategia, el principio de la debacle democrática de Ecuador.

Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa

Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa. Foto:abc.es

 

Era cuestión de tiempo. En Sudamérica un nuevo enclave de populismo amenaza con sumarse a los ya existentes en Venezuela, Bolivia y, en menor medida, Argentina: el de Rafael Correa, en Ecuador. Este, si bien mantuvo un perfil de discreción y relativa prudencia, ahora apunta a seguir el camino que tomó Hugo Chávez para perpetuarse en el poder hasta la muerte: la demolición del sistema democrático desde el propio sistema democrático.

El discurso y la retórica son un espejo del venezolano: la demagogia que apunta a responder a lo que “el pueblo” —esa abstracción vacua e impersonal— le pide al líder; el sacrificio que este realiza en detrimento de sí mismo y para estar a la altura de lo que exige aquel; el uso de las propias instituciones —el Congreso— para validar mediante la vía constitucional lo que se le exige al mandatario; la condena a una oposición que amenaza con “destruir” aquello que se ha logrado; la descalificación de las voces críticas que “atentan” contra el supuesto bienestar y desarrollo del país.

Correa, en fin, obedece lo que sus gobernados le exigen. “Vienen tiempos duros al país”. “Hay una restauración conservadora en marcha”. “Mi vida no es mía: es de mi pueblo y estaré donde me exija el momento histórico”. “Es mi deber revisar la sincera decisión de no lanzarme a la reelección porque tengo la responsabilidad de garantizar que este proceso sea irreversible” (palabras tomadas del periódico El País, 31 de mayo de 2014).

Las declaraciones hechas durante su tercer informe de gobierno son muestra clara, casi de manual populista, de la ruta a seguir para promover el cambio legal que le permitiría reelegirse por un segundo periodo —la Constitución solo permite uno— y prolongar así indefinidamente su mandato.
Por otra parte, el riesgo que representó la reciente derrota de su partido Alianza País en ciudades clave como Quito, Guayaquil y Cuenca es asimismo un aliciente para que Correa haya decidido rectificar sus repetidas negativas a reelegirse, por supuesto, siempre bajo el aura protectora de esa ciudadanía a la que busca proteger del riesgo de una “derecha con estrategia de poder que cuenta con el apoyo de una prensa corrupta y corruptora”.

 

No será de extrañar que en las próximas semanas el Congreso, donde su partido es mayoría, realice el cambio legal que será, sin duda, el comienzo de una lenta debacle democrática para Ecuador. Las señales de alerta están prendidas y la historia reciente de Venezuela parece ser el camino a seguir. El populismo se consolida sin muchos obstáculos y las consecuencias son, también como en aquel país, impredecibles.

Carlos Castillo