En diciembre de 2015 asumía el gobierno argentino una coalición liderada por Mauricio Macri que lleva por nombre Cambiemos. Y este verbo cambiar es el que los argentinos debemos empezar a conjugar para que este país, inmensamente rico, comience a funcionar. Será una tarea titánica, que no solo debe llevar adelante el nuevo gobierno, sino todos los ciudadanos.

Presidente Mauricio Macri | Foto: Presidencia de la Nación, Argentina

Presidente Mauricio Macri | Foto: Presidencia de la Nación, Argentina

Este primer año deja sus claros y oscuros sobre la gestión del gobierno. Por un lado está la convicción de que la sociedad sigue apostando y confiando mayoritariamente en la capacidad política de Macri para encaminar el rumbo del país.

Entre los oscuros está la certeza de que, sin una rápida reactivación económica, esa confianza caerá notablemente y complicará el panorama electoral, lo que ya empieza a manifestarse en la clase política.

Argentina es un país de oportunidades perdidas, que ha visto cómo los cambios económicos y sociales pasaban de largo. Quienes durante años construyeron un relato populista que los ponía como únicos defensores de los humildes, montaron un sistema perverso de subsidios que aseguraba una clientela cautiva para el voto y que en la última década cimentó aún más el culto al no trabajo. Si la gente no trabaja no es necesariamente por holgazanería, sino porque el sistema económico estatal no fue capaz de impulsarla a trabajar.

Hoy estamos frente a una dura realidad: altos índices de pobreza, inflación, elevado abandono escolar. Se asemeja a aquellos dibujos animados donde el personaje llega al borde del abismo y mágicamente sigue caminando, flota en el aire y sólo se precipita cuando mira hacia abajo y toma conciencia de que no hay nada bajo sus pies. La responsabilidad de la clase dirigente se hace ahora imprescindible, para poner ese piso por donde poder transitar hacia un auténtico proyecto nacional.

Las corporaciones han explotado históricamente el juego suma cero, que ha terminado en reiteradas crisis en las que todos pierden. Lamentablemente, algo todavía más importante que la economía está dificultando el accionar del gobierno: la matriz cultural de la vieja política, que conserva la mayoría en el Congreso. El lema que pregonaba el anarquista Piort Kropotkin: «la única iglesia que ilumina es la que arde», históricamente usado por el comunismo más criminal, ya se menciona simbólicamente.

En 2017 habrá elecciones de medio término. Uno de los interrogantes que se hacen los argentinos es si Cambiemos logrará vencer ese gran obstáculo.

Analizar el año que inicia es clave. La oposición empieza a tener un comportamiento interesado en la competencia electoral, por encima de las cuestiones de Estado. Se ha negado a consensuar leyes fundamentales de política económica y ha aprobado un proyecto propio, de carácter populista, que traerá graves consecuencias a la economía.

Todavía quedan por vencer esas insensatas conductas políticas que no asumen responsabilidad ante leyes fundamentales que cimentarán la construcción del futuro como nación, y que siguen un juego mezquino en el que se dirimen las candidaturas del año próximo. Hay que tomar conciencia de que, si no se genera riqueza perdurable, será imposible dar bienestar y consolidar el camino hacia un futuro económico, social y político más estable.

El desafío de Cambiemos es gobernar en la adversidad y no perder poder. Pero es también un desafío de todos, para que de una vez por todas se nos abra la puerta y entremos a caminar en el siglo XXI. La Argentina lo merece.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Consultor en comunicación política