Argentina, presidenciales del 25 de octubre

Un resultado coherente con una campaña incoherente entre cambio y continuidad: por qué perdió el kirchnerismo.

Foto: Diego Dillenberger

Foto: Diego Dillenberger

Una foto, mil palabras: antes del balotaje, de manera improvisada, la campaña del candidato Daniel Scioli volvió al color naranja que usó para la interna kirchnerista. Cuando fue ungido de mala gana por la Presidenta candidato kirchnerista, cinco meses atrás, había pasado del naranja al azul del Frente para la Victoria: ¿desesperado gesto de diferenciación del kirchnerismo, del que nunca se pudo distanciar de manera creíble? Como sea, es un símbolo de una campaña sin rumbo ni estrategia y carente de coherencia, que buscó vanamente proponer continuidad y cambio al mismo tiempo.

Para la historia política argentina, la elección presidencial del 25 de octubre fue la más trascendente desde el retorno a la democracia, en 1983: estaba y está en juego (hasta el balotaje del 22 de noviembre) la continuidad de un sistema populista que apunta a desinstalar todas las instituciones republicanas o volver, con la alianza de centro Cambiemos, a la senda del desarrollo económico dentro de un sistema democrático, republicano y respetuoso del Estado de derecho.

Por eso esta elección trasciende las fronteras de Argentina. De confirmarse la previsible derrota del gobierno kirchnerista, se enviaría una señal potente hacia Venezuela, donde se juega el 6 de diciembre una elección crucial: Latinoamérica puede desembarazarse de sus populismos por la vía electoral, lo que abre una luz de esperanza para otros países, como Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

¿Por qué fue tan decepcionante el resultado de Daniel Scioli, el representante del oficialismo? Como en toda elección, el que gana, es porque hace las cosas mejor que el que pierde. Pero vale la pena concentrarse primero en los graves errores que llevaron a que el kirchnerista gobernador de la provincia de Buenos Aires llegara al balotaje con la impronta de perdedor, aun habiendo obtenido, con 37 % de los votos a nivel nacional sobre 34 % de Mauricio Macri, un relativo «triunfo con sabor a derrota».

El camino hacia el peor resultado para el oficialismo en la historia democrática (recordemos que el oficialista radical Eduardo Angeloz obtuvo el 38 % en medio de la gravísima crisis de hiperinflación de 1989) tuvo varios drivers centrales:

  • la incoherencia oficialista tanto en la elección del candidato como en el planteo y desarrollo de la campaña;
  • el rotundo fracaso de una inédita apuesta sciolista a dar vuelta una mala performance del candidato;
  • una confianza excesiva en que el buen trato de los medios de comunicación hacia el candidato alcanzaría para lograr suficientes votos independientes; y
  • la mala fortuna.

Antes, el imprescindible trasfondo

El kirchnerismo llegó a la sucesión de Cristina Kirchner luego de un gran triunfo en las elecciones de 2011, donde la presidenta obtuvo su reelección con el 54 %. Ese triunfo estuvo precedido por una contundente derrota en las legislativas de 2009, como consecuencia de una brutal recesión y la derrota legislativa del gobierno en la guerra del campo por imponer impuestos excesivos a las exportaciones agrícolas.

El triunfo de 2011 no fue debidamente interpretado por el kirchnerismo como una anomalía irrepetible. No entendieron que ese resultado fue producto de una tibia recuperación de la economía en 2010 y 2011 —que se frenó al día siguiente de la elección misma— y del potente efecto viudez tras la inesperada muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010 que dio vuelta una opinión pública ya muy adversa al kirchnerismo y le permitió a Cristina alcanzar altos niveles de imagen positiva, de un piso de 20 % en 2009 a más de 50 % a fines de 2011.

Al no entender bien los motivos del triunfo, el 2011 con su presunto 54 % fue sucedido por otra derrota en las legislativas de 2013, en las que el alcalde tigrense Sergio Massa se coronó diputado derrotando al kirchnerista Martín Insaurralde en la crucial provincia de Buenos Aires. Esa elección se perdió pese al compromiso muy enérgico del gobernador Daniel Scioli, y surgió a partir de ahí Massa como el gran rival de Mauricio Macri para liderar la oposición.

Esa derrota significó el fin de las aspiraciones de la señora Kirchner a modificar la Constitución para eliminar la cláusula que obliga a una pausa de un período luego de una reelección. También contribuyeron al fin de esas aspiraciones las multitudinarias marchas a lo largo de 2012 en reclamo de que no se reformara la Constitución y en protesta por la criminalidad y el mal manejo de la economía.

Pero tan importante como el contexto negativo económico y social para entender la derrota del kirchnerismo del 25 de octubre es comprender la situación de los medios de comunicación, que fue la clave para permitir que se llegara al balotaje.

Como consecuencia de la derrota en la denominada guerra del campo en 2008 y el fracaso en las legislativas de 2009, Cristina Kirchner logró imponer una restrictiva Ley de Medios que apuntaba casi exclusivamente a atacar al grupo Clarín, el mayor multimedios de la Argentina, y a tomar el control total del mapa de medios de la Argentina. Kirchner siempre culpó a la crítica cobertura de Clarín de su derrota electoral de 2009 e imaginó que, sin Clarín mostrando errores de gestión y el descontento social, sería imbatible.

Otra medida en represalia por la derrota de 2009 fue el Fútbol para Todos, ley que quitaba los derechos de transmisión que tenía el grupo Clarín sobre el fútbol, haciéndolo abierto y sin cargo y eliminando toda publicidad comercial, a excepción de la propaganda oficial: Eso convirtió al deporte más popular de la Argentina en una formidable plataforma de propaganda política para el Gobierno.

Y así, luego de años de una férrea defensa judicial de Clarín y horas después de la derrota de las legislativas de 2013, Kirchner tuvo un triunfo pírrico: logró que la Corte Suprema declarara constitucional la Ley de Medios, en uno de sus fallos más polémicos. Pero el tribunal constitucional compensó su discutible fallo con una serie de obiter dicta (condicionamientos) que hicieron hasta hoy virtualmente inaplicable esa ley. Fue un triunfo simbólico de Kirchner, pero una derrota práctica: Clarín pudo seguir liderando las críticas a la gestión y la corrupción del gobierno kirchnerista.

Ahora, entendiendo ese contexto económico decepcionante y el panorama de opinión pública negativo para el Gobierno, los errores estratégicos del kirchnerismo al plantear la sucesión se ven con más claridad.

En ese contexto económico y de opinión pública adverso, se inició la campaña en la que Cristina Kirchner debía elegir un sucesor dentro del peronismo/kirchnerismo o apostar, como lo hiciera Carlos Menem en 1999, a un opositor para evitar que el gobernador peronista Eduardo Duhalde lo reemplazara en el poder y tomara las riendas del peronismo, para aspirar a volver al poder más adelante.

La elección de Daniel Scioli como candidato oficialista podía sonar a la más lógica. Desde hacía años las encuestas (contratadas por el propio Scioli y sospechadas de estar sesgadas) indicaban que tenía alta imagen positiva y que era el único candidato kirchnerista capaz de obtener los votos independientes indispensables para evitar un balotaje. Cabe recordar que el curioso sistema argentino, diseñado en la Constitución de 1994 claramente para favorecer al oficialismo, permite evitar el balotaje con 45 % más un voto, o incluso con 40 % y diferencia de 10 puntos sobre el segundo: basta con mantener dividida la oposición para retener el poder. Divide et impera.

Las encuestas más serias estaban mostrando desde antes de la elección legislativa de 2013 que al kirchnerismo le sería muy difícil evitar el balotaje y obtener mucho más que 35 % de los votos. Esa tendencia no se modificó a lo largo de los cuatro años que sucedieron al resultado electoral de 2011.

Pero el kirchnerismo defraudó a la opinión pública al no emprender correcciones en el rumbo económico y en su estilo autocrático de gobierno. A eso se sumaron algunos hechos, como la tragedia ferroviaria de Once y terribles inundaciones en la ciudad de La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires), crisis en la que la presidenta y el gobernador mostraron errores graves de gestión y falta de liderazgo al enfrentar la crisis. En enero de 2015, la sospechosa muerte del fiscal Alberto Nisman, 48 horas antes de presentar ante el Congreso una grave denuncia contra la presidenta de ser cómplice del terrorismo iraní, agregó otro condimento a la debacle del kirchnerismo.

Cabe explicar que el kirchnerismo impuso una reforma electoral con un sistema de primarias obligatorias. Fue otra medida tomada luego de la debacle de las legislativas del 2009. Apuntaba a controlar el peronismo y a desgastar a la oposición con innumerables campañas electorales. Sin embargo, luego de que quedaran el ministro del Interior Florencio Randazzo (favorito de la presidenta) y Scioli como finalistas para las primarias, la señora de Kirchner eligió finalmente a Scioli. Decidió que no aprovecharía, como sí lo hizo la oposición, la competencia en primarias.

Por qué: el alcalde porteño Mauricio Macri acababa de anotarse un enorme triunfo político al apoyar —y ganar— como sucesor en las primarias abiertas porteñas a su jefe de gabinete, hoy alcalde electo, a pesar de que la favorita en las encuestas era la desafiante senadora Gabriela Michetti. Macri se impuso con su pedido de que los votantes acompañaran a su poco carismático candidato: una apuesta arriesgada pero que coronó a Macri de éxito y prestigio político.

Luego de ese éxito de Macri, si Cristina apoyaba a Randazzo pero este perdía ante Scioli (lo más probable), ella iba a ser la única dueña de esa derrota y quedaría muy disminuida ante un Macri ganador. Para peor: por el sistema de primarias, Scioli ganaría imponiendo sus propias listas de legisladores y su compañero de fórmula, lo que lo independizaría en un futuro del kirchnerismo.

Así, sin primaria, Cristina le impuso a Scioli no solo el vice, su estrecho colaborador Carlos Zannini, sino todas las listas de legisladores de la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora.

Fue un triunfo pírrico para Cristina, porque consistió en el primer paso hacia la derrota para Scioli: el candidato que debía atraer votos independientes para que el kirchnerismo evitara el balotaje, se presentaba con un equipo 100 % “K” y generaba serias dudas sobre el componente de cambio light de su discurso y sobre sus posibilidades de gobernar rodeado de comisarios políticos kirchneristas.

 A partir de tener las fórmulas en su lugar, la campaña sciolista fue de una incoherencia en la otra. Peronistas independientes, como el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, prometían en los medios cambios radicales de la política económica de un futuro presidente Scioli, mientras que los voceros kirchneristas, con Aníbal Fernández a la cabeza, lo desmentían tajantamente, y Scioli no tomaba posición y apelaba a su clásico y célebre discurso de fe y esperanza. Los analistas hablaban de una campaña oficial y otra blue en humorística referencia al dólar paralelo.

Scioli calculaba que las incoherencias de su campaña y la contradicción permanente de sus mensajes no le jugarían en contra, porque creía ciegamente en el buen trato de los medios tanto oficialistas como opositores (un capítulo aparte merece el enorme presupuesto de publicidad de la provincia de Buenos Aires, que llegó a alcanzar al nacional en los últimos dos años).

La estrategia de construir un candidato exitoso en los medios y las encuestas, pese a que su gestión frente a la provincia de Buenos Aires dejaba mucho que desear, parecía estar funcionando. Más adelante veremos que era una quimera.

En la era de las redes sociales la información circula libremente, y pese a que los medios publicaban encuestas acríticamente, la intención de voto real no subía. Scioli se confió tanto en el trato benévolo de los medios, que cuando la mala fortuna de una inundación lo tocó, reaccionó incoherentemente: en medio de la peor inundación en su provincia en más de una década, decidió subirse a un avión a Italia después de las primarias para irse a descansar.

El escándalo del desatino fue tal que debió regresar 24 horas más tarde por las tremendas críticas en los medios y las redes sociales por haber abandonado a sus comprovincianos a su suerte en medio de la tragedia. Mientras tanto, con Scioli en vuelo a Italia, desde la Capital, Mauricio Macri y la candidata a gobernadora María Eugenia Vidal ofrecían ayuda a los inundados.

Se supo luego que el verdadero motivo del viaje era buscar una foto con el papa Francisco para decorar la campaña: el marketing antes que la gestión y la responsabilidad como principio rector. Tampoco consiguió la foto con el papa.

Otro error estratégico fue no asistir al primer debate previo a una elección presidencial llevado a cabo en Argentina. Su ausencia le restó puntos, pero las encuestadoras seguían diciendo que ganaba igual en primera vuelta.

En las primarias, su fórmula sin competencia obtuvo el 38,5 % contra 30,5 % de Cambiemos, la alianza de PRO con radicales y la Coalición Cívica de Elisa Carrió, y 20,5 % de UNA, del Frente Renovador de Sergio Massa y el peronismo cordobés de José Manuel de la Sota. De repetirse esos resultados, habría ballotage. Sin embargo, las encuestas insistían en que, por milagro, Scioli se recuperaba y llegaría al 40 % y no habría segunda vuelta, o, lo que es lo mismo, Macri no lograría polarizar como segundo como para acortar la diferencia a menos de diez puntos y forzarlo al balotaje.

Pero Scioli no tuvo en cuenta dos factores clave que determinarían el fracaso de su estrategia o su carencia de ella: el 28 de julio la jueza federal electoral María Servini de Cubría dio lugar a un pedido de Cambiemos y autorizó finalmente a mudar fiscales desde la Capital y las provincias al caliente y complicado conurbano, en medio de la preocupación del Frente por eventuales robos de boletas. El fallo era un cambio copernicano, ya que el peronismo rechazaba en muchos lugares del conurbano pobre, donde la oposición no tiene buena representación, a que presentaran fiscales de otros distritos.

Paralelamente, las elecciones provinciales en la norteña Tucumán, donde finalmente ganó el candidato kirchnerista Juan Manzur en medio de denuncias de graves hechos de fraude electoral documentado, no solo salpicaron a Scioli por festejar en medio de las sospechas de trampa.

La suma de estos dos hechos: Tucumán y el fallo permitiendo la fiscalización en otros distritos en caso de una elección presidencial, terminaron movilizando a un verdadero ejército de voluntarios y ONG como nunca antes en la historia argentina: eso facilitó a la oposición, especialmente a Cambiemos, hacer valer su verdadero resultado electoral. Para peor, quedaba aún en el amargo recuerdo la elección provincial de Santa Fe, perdida por el PRO de Mauricio Macri ante el gobernante socialismo, en junio, por apenas 1.300 votos. En ese caso hubo sospechas de maniobras dudosas de fraude y reproches internos de errores en la fiscalización del PRO.

Finalmente, Scioli llegó al balotaje como perdedor, con la percepción en la opinión pública de aquel que debía ganar por más de diez puntos (Ipsos había pronosticado 14 puntos de ventaja) pero solo superó al segundo por escasos tres puntos.

Además, perdiendo la crucial provincia de Buenos Aires a manos de Cambiemos, así como numerosos municipios bonaerenses considerados bastiones peronistas, Scioli, instalado en la opinión pública como inevitable ganador por las encuestadoras, llega a la segunda vuelta con imagen de derrotado ante un Macri ganador.

Diego Dillenberger
Editor de la revista Imagen y conductor de La Hora de Maquiavelo