¿Atrapados en la red?

Las nuevas tecnologías virtuales de información han desafiado el esquema tradicional de la comunicación. De su buen o mal uso dependerá en gran medida la democracia.

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Banderas y redes. | Ilustración de WeTransfer

El nuevo milenio pareciera ser el nombre de una nave espacial, un artefacto de la ciencia ficción dispuesto a llevarnos muy lejos, a los límites de nuestra galaxia, la Vía Láctea, para explorar los confines del vecindario que rodea el planeta Tierra. Pero en una forma más mundana y humilde, podemos asumir que ese viaje no requiere ya necesariamente de un desplazamiento en el tiempo y el espacio, sino que se desprende de un nuevo paradigma local: la comunicación virtual en redes.

¿Las redes? Hay que iniciar recordando que la palabra red originalmente remitía a aquellos artefactos tejidos y enmendados a mano desde la antigüedad, con los que los pescadores faenaban ríos y mares, enarbolando la paciencia y la constancia como virtudes principales. La red se diseñó entonces para atrapar a peces sueltos o en masa que nadaban antes libremente en las aguas planetarias, atraídos a veces por pequeñas muestras de comida que aún se denominan carnadas.

A partir de la configuración moderna de la opinión pública, en lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas llamaría la esfera pública contemporánea, los medios de comunicación pasaron a ser centros de deliberación. Una especie de plazas mediáticas que emergieron como las ágoras visibles de nuestras repúblicas, desde la prensa, la radio o la televisión, para legitimar el poder. Sin embargo, la comunicación mantuvo aquel viejo esquema simplista: emisor, mensaje, medio y receptor.

Es justamente con la difusión de Internet desde mediados de los años noventa —ya había sido inventada como instrumento de información privada y de seguridad— que se rompe ese marco. De repente los receptores pudieron convertirse en emisores, editores y constructores de mensajes, desafiando el monopolio comercial y la estructura comunicacional, además del periodismo como ejercicio mediador por excelencia. El resultado: distintos grupos sociales, en un mundo ahora más globalizado por la interacción en tiempo real y los bajos costos, comenzaron a construir sus propios discursos, a hacer visibles sus identidades particulares y aun quebrar el valor de la palabra ilustrada. En este sentido, una nueva realidad virtual emergió. La de soñar y vivir, la de vivir soñando.

 

Los efectos se perciben. Las nuevas tecnologías han ampliado las posibilidades de comunicación; el ciudadano tradicional de la democracia ahora es mayormente un usuario que habita redes y diversos archipiélagos particulares de sentido, debatiendo su lealtad entre el mundo real y el virtual. Si bien existen críticas a este nuevo estado de conciencia, que desalienta a muchos como al premio nobel de literatura peruano, Mario Vargas Llosa, cuando la banalidad impera, hay que aceptar que la especie humana es definitivamente interesante, pues ha derribado las fronteras del signo.

¿Estamos atrapados en la red? Depende. En perspectiva generacional, como nativos o migrantes de ese mundo, en la medida que utilicemos las nuevas tecnologías para ahondar nuestro conocimiento y profundizar la deliberación política habremos dado un paso adelante para retomar el ideal ilustrado. De lo contrario, solo dependientes del consumo y la autocomplacencia, las nuevas tecnologías únicamente contribuirán al desierto intelectual y a enterrar la posmodernidad. De este dilema dependerá que las redes sociales sirvan solo para seducir o contribuyan a la defensa de la libertad.

José Alejandro Cepeda, joscep@yahoo.com