Bienvenidos a la posverdad

Como todos los años, el diccionario Oxford seleccionó una palabra que se hizo notar por su uso y caracterizó al año transcurrido. Posverdad fue la elegida para el 2016.

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Este adjetivo se define en relación con situaciones en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las emociones y creencias personales. En otras palabras, posverdad hace referencia a la priorización de lo que uno cree a pesar de que los hechos no lo demuestren; aquello que se siente verdadero pero que no tiene una base fáctica que lo sustente.

A diferencia de años anteriores, cuando las palabras elegidas eran novedosas —por ejemplo, emoji, selfie— este año se optó por un concepto que existe hace una década, que se utiliza hace tiempo y que encontró su máxima expresión en 2016.

La revista The Economist desató el debate con el siguiente tuit, publicado el 1.º de noviembre de 2016: «Obama fundó ISIS. George Bush estuvo detrás del 9/11. Bienvenido a la política posverdad». Precisamente se asocia el término con el quehacer político cuando se utiliza la expresión política de posverdad (post-truth politics) en este y en varios artículos de medios de comunicación.

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos, la salida de Inglaterra de la Unión Europea conocida como Brexit, el impeachment de Dilma Rousseff y el acuerdo de paz en Colombia son ejemplos de casos en que la verdad no fue lo que primó en las informaciones y finalmente los medios y la ciudadanía se sorprendieron con los resultados de esas instancias de votación. Así, tanto victorias como derrotas están rodeadas de cuestionamientos, filtraciones y un incremento de la polarización social. Este es el caso principalmente de las elecciones presidenciales norteamericanas, donde lo único que no primó en ambos bandos —al menos en gran medida— fue la verdad. Para no irse tan lejos, basta mirar la realidad tanto uruguaya como latinoamericana para ver casos en que se muestra la posverdad; relatos que fueron confirmados empíricamente como falsos se siguen sosteniendo, tanto por las autoridades como por los medios de comunicación que toman esa información.

En este fenómeno las redes sociales tienen un papel fundamental. El diccionario Oxford lo ejemplifica en la propia definición del adjetivo: «en esta era de política posverdad es fácil levantar información y llegar a cualquier conclusión que se desee». De hecho, la web está organizada por un conjunto de algoritmos diseñados para mostrar únicamente lo que al usuario le interesa, según su historial de navegación. Internet prometía una democratización real del acceso a la información, una forma de conexión entre personas separadas geográficamente, un espacio para compartir ideas y debatir. Y lo es, en parte. Pero su uso también ha ayudado a la tergiversación de la información. Los usuarios, impulsados por las diversas plataformas digitales y el constante flujo de información, se sienten empoderados para opinar y publicar contenido en sus cuentas. Así, en la pasada campaña presidencial de Estados Unidos, el número de noticias falsas publicadas fue mayor que el de noticias verdaderas. Más aún, varios medios recogieron información que posteriormente fue corroborada como falsa.

¿Qué nos quiere decir la posverdad en pleno siglo XXI? Si bien el concepto en sí no presenta una novedad, no en vano se ha puesto en el tapete de los medios y, sobre todo, en relación con la actividad política.

No es nueva la recurrencia a las emociones a la hora de decidir. Existen años de estudios sobre opinión pública que la explican y desarrollan. De hecho, varias campañas políticas tienen una clara alusión al voto emocional por sobre lo racional y los hechos puros y duros. Tampoco es nueva la estrategia de poner la percepción de los hechos por encima de la propia realidad a la hora de comunicar determinado mensaje. Lo que sí resulta nuevo es la indiferencia hacia la verdad. Habiéndose publicado la posverdad de un hecho, el año 2016 mostró que lo que la gente quiere creer prima sobre la realidad: se elige la mentira.

Para los políticos y para quienes manejan medios de comunicación y trabajan con información pública, esto supone un desafío. Pero ante todo, la pregunta persiste: ¿buscamos la verdad o queremos vivir en un mundo de posverdad? Para dignificar la actividad política y no temer a enfrentarse a artículos como el de The Economist —que afirma que los políticos siempre han mentido y se pregunta si realmente importaría si estos dejan la verdad detrás—, no hay mejor política a implementar que la de la honestidad, la de la verdad.

Agustina Carriquiry | @agucarri
Licenciada en Comunicación Social, coordinadora de proyectos de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo