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Cuando a las 1.30 de la madrugada del pasado viernes 24 de junio, hora británica, el Brexit se impuso en Sunderland, histórico bastión laborista, con un 61 % de los votos, se hizo evidente que se avecinaban dos acontecimientos históricos: Gran Bretaña abandonaría la Unión Europea, y Podemos no sería capaz de asaltar los cielos en España. Por no decir tres: Francia elegirá en 2017 un presidente europeísta, y no populista y xenófobo.

Con una participación casi idéntica a la del 20 de diciembre de 2015, los votos de los partidos comprometidos con el sistema constitucional de 1978 —PP, PSOE y C’s— se habían incrementado, en su conjunto, en más de tres puntos porcentuales: el PSOE pasó del 22,01 % al 22,66 %, y C’s del 13,93 % al 13,05 %, pero el PP ganó más de cuatro puntos, transitando del 28,72 % al 33,03 %; los mismos más de tres puntos que retrocedía la conjunción de Podemos e IU (del 24,33 % al 21,10 %). El bloque constitucional no crecía tanto en escaños —ha pasado de 253 (123 PP, 90 PSOE, 40 C’s) a 254 (con 137 PP, 85 PSOE y 32 C’s)— como en su aproximación a un 70 % de respaldo directo en las urnas que, después de casi cuatro décadas de experiencia constitucional, representa un umbral de legitimación más que significativo.

Unidos Podemos, cuyas candidaturas afines habían conquistado las alcaldías de Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza o La Coruña tras las pasadas elecciones municipales al recibir el apoyo para su investidura del PSOE, no ha culminado sus dos objetivos: primero que todo, el sorpasso al PSOE; y, en segundo término, desde una posición de hegemonía en el espacio de izquierda, el acceso a la presidencia del Gobierno. Pero se ha impuesto en el País Vasco con 6 de los 18 escaños en disputa, perdiendo el PNV uno, pasando de 5 a 6, manteniendo EH Bildu los 2 que tenía, al igual que el PSOE 3 y el PP 2. Los escaños de las fuerzas independentistas catalanas permanecen invariables: 9 ERC y 8 CDC, 17 de los 47 que elige Cataluña, con los mismos 12 para En Comú Podem, la fuerza aliada de Podemos, que defiende un referéndum de autodeterminación, y 18 para PSOE (7) PP (6) y C’s (5). Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, conserva intacta su capacidad política en Cataluña y su proyección en España, lo que representa una mala noticia adicional para el liderazgo de Pablo Iglesias.

La ciudadanía española ha dicho el pasado domingo que no soporta la corrupción, pero también que desea que la regeneración del sistema democrático se realice dentro de los cauces constitucionales y por medio del diálogo entre identidades políticas y territoriales. En diciembre de 2015 lanzó una severa advertencia a los grandes partidos. Ahora, la advertencia es definitiva: la demagogia mesiánica, falsa y frívola de los euroescépticos británicos no es una alternativa a considerar en España. Una sociedad fraterna y generosa no se construye desde la fractura y la descalificación.

Las fuerzas políticas españolas están obligadas al fortalecimiento del edificio democrático mediante grandes acuerdos de Estado. Con algunas significativas variaciones en porcentajes y escaños, todas las fuerzas en escena han mantenido posiciones y papeles, Nadie apareció o desapareció. El público no ha cambiado de actores, ni de teatro, ni de empresario. Ni siquiera de pieza teatral. Pero quiere otro estilo de interpretación. Y quiere ser parte de la representación.

El mundo está a punto de asistir a una histórica renovación de liderazgos. Y ni Farage, ni Johnson, ni Iglesias, ni Trump, ni Le Pen tendrán cabida si las fuerzas democráticas interpretan el mensaje que están enviando los ciudadanos. Hace casi exactamente un siglo, el 25 de septiembre de 1916, William Butler Yeats finalizaba su poema Pascua 1916, dedicado a la insurrección irlandesa, diciendo que «un sacrificio demasiado largo puede volver de piedra el corazón». El populismo es la opción de los corazones de piedra, endurecidos por las penalidades. Pero Yeats añadía también que «una belleza terrible ha nacido». En España, la terrible belleza de la libertad nació hace cuarenta veranos. Ahora, el reto es que la belleza perdure.

Enrique San Miguel
Universidad Rey Juan Carlos, Madrid