La incorporación de novedades en materia de comunicación y tecnología es un diferencial cada vez más definitorio en las campañas electorales. ¿Qué impacto tiene la formación de equipos de campaña? El exceso de tecnología, ¿supone un riesgo para la democracia?

Imagen: www.elbpresse.de, via Wikimedia Commons

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El desarrollo de la actividad político electoral ha sido acompañado a lo largo de las últimas décadas por la incorporación de una variedad creciente de profesionales ocupados en cada una de las actividades que implican una campaña.

Así, el carácter masivo de la publicidad asimiló a los candidatos con productos, y ello requirió de los servicios de diseñadores, músicos y publicistas para diseñar campañas cuyo objetivo era que el producto resultara electo por los consumidores. Una de las primeras experiencias en ese sentido tuvo lugar en la elección norteamericana de 1952, con la célebre campaña que llevó a la Casa Blanca al general Dwight Eisenhower, al ritmo de su popular «I like Ike».

Más adelante, el desarrollo de una televisión de largo alcance y con mayor cantidad de recursos para la producción en vivo impuso los debates de campaña casi como una obligación para los candidatos. De esta manera, los asesores de imagen, semiólogos y expertos en lenguaje no verbal comenzaron a posicionarse entre los profesionales demandados por los equipos de campaña. Muchos aún atribuyen a la imagen que John F. Kennedy mostró durante el debate con Richard Nixon en 1960. Frente a un Nixon con un traje que se mimetizaba con la escenografía, que lucía signos de cansancio y convaleciente de una reciente operación de rodilla, un Kennedy de traje oscuro, bronceado y maquillado lució ampliamente más atractivo para un electorado que seguía por primera vez en la historia un debate televisivo. El resultado de la elección es ya conocido, y el episodio del debate forma parte de los hitos más importantes de la historia de las campañas electorales.

Pisando el siglo XXI, los medios digitales no quedaron fuera de las campañas, y ya en 1996 asistimos a la primera elección norteamericana en la que los candidatos Bill Clinton y Bob Dole acercaban sus propuestas a través de esa novedad llamada internet. Posteriormente, el desarrollo de la web y sus aplicaciones generó la aparición de redes sociales, un nuevo universo en el que los community managers se unieron a los ya establecidos diseñadores web, como parte de los equipos de trabajo de los candidatos.

Hoy día el desarrollo del llamado big data —almacenamiento de grandes cantidades de datos— comienza a cosechar la información obtenida a partir de la participación y el intercambio en los espacios de comunicación digitales. Esa información es luego traducida en algoritmos que permiten a los equipos estratégicos conocer las preferencias y expectativas del electorado con una precisión mayor que la obtenida por encuestas de opinión pública, o monitorear en tiempo real las acciones de los votantes no solo vinculadas a la campaña y a sus preferencias políticas, sino cruzarlas con hábitos de consumo, páginas y perfiles más visitados, etcétera. Tan presente se encuentra el manejo de datos a gran escala que en la reciente temporada de House of Cards se incorpora al equipo de campaña por la reelección del presidente Underwood una compañía encargada de analizar grandes series de datos a nivel informático. Debido a estos avances, los ingenieros en informática y expertos en tecnologías de la información comienzan también a tener su lugar en un equipo de campaña exitoso.

La última incorporación necesaria está relacionada con actividades de campaña dentro de lo que se conoce como campaña sucia o guerra sucia. A la cada vez más extensa lista de profesiones se une una nueva, no tan formal ni convencional: la del hacker.

Esta afirmación surge tras las recientes declaraciones de Andrés Sepúlveda, el hacker colombiano que afirma haber participado de procesos electorales en Colombia, Honduras, México y Panamá, interviniendo las comunicaciones de los miembros de los equipos de sus oponentes, creando ejércitos de perfiles falsos y robots para posicionar temas en redes sociales, e incluso robando información de correos electrónicos y bases de datos.

El desafío del ingreso de este tipo de personajes a la arena de las campañas políticas no solo representa una amenaza para los equipos de los candidatos. La acción de estos piratas informáticos representa un riesgo aun mayor para la legitimidad y transparencia del sistema electoral y, en particular, para el mecanismo de conteo de votos, con riesgo agravado en los casos de voto electrónico.

Federico Irazabal | @firazaba