Chismepolítica

No gusta pero entretiene. El atractivo de la política menuda es reflejo de problemas con nuestra democracia y nos distrae de lo sustantivo.

CHISMEPOLITICA

En Buenos Aires, la trágica muerte del fiscal Nisman fue seguida por revelaciones de una sórdida doble vida de parrandas y boites. En México, la prensa rosa destapa las turbias prácticas inmobiliarias de la pareja presidencial, siendo la primera dama una veterana de la farándula. En Caracas, canales oficiales transmiten presuntas grabaciones de conversaciones de polémicos presos políticos como López y Ceballos, atribuyéndoles escandalosas opiniones y devaneos sexuales.

Los contenidos se hacen virales, ya en desmentido, ya en shares de redes sociales. No es infrecuente que las columnas más leídas y los expertos favoritos del kommentariat televisivo sean los «analistas» del chisme y el palangre. No son papeles de política pública, ni los debates parlamentarios, a menos que contengan jugosos clips y notas embarazosas.

¿Qué revela este atractivo? La chismepolítica es testimonio de las carencias democráticas. El alejamiento de las elites, extrañadas de la sociedad de la que formaron parte, ya en su tenor de vida, ya en sus orígenes, despierta una curiosidad infatigable. Si eso lo acompañamos de la falsedad del mercadeo o de la retórica vacía, y la idea según la cual los políticos nos presentamos tal cual somos, es increíblemente ingenua. Debe forzosamente haber algo detrás, como si esta fuera la corte de Luis XIV y los chismes nos ayudaran a despejarlo, a sentirnos más astutos sin conocer, realmente, motivos y causas.

Todo tonto es malicioso. La falsa astucia es también eco de una gran pobreza argumental, incluso entre quienes deben estar mejor preparados. Los dramas políticos que atraen a los televidentes son más Scandal y House of Cards, con sus truculentas tramas, que las sabiondas, optimistas y tecnocráticas Borgen y The West Wing. Se desdeña la discusión de políticas públicas, embrolladas en una supuesta frialdad esotérica, ante la imposición de las narrativas.

Se nos hace creer que el poder funciona así, y con eso creamos una profecía autocumplida: no ganan las elecciones las ideas y propuestas, sino los sentimientos, y como los buenos sentimientos son cosa de santurrones, mejor demoler al otro para debilitarlo. Demolerlo moralmente, de modo que todo lo que haga tenga un motivo ulterior. Todo acuerdo, todo compromiso, sería maniobra astuta o mentirosa postura circunstancial.

Si nadie es inocente y todos los chismes tienen razón, ninguna práctica es ilícita y ninguna palabra será real. La dinámica del descreimiento solo puede ser llenada, en su vacío, por el fanatismo. Luego nos preguntamos de dónde salen los antipolíticos.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo