Las elecciones presidenciales en Estados Unidos merecen la atención de todos. Compartiendo un hemisferio y siglos de relaciones, Latinoamérica no puede descuidarse ante la suerte de la más vieja democracia de la región.

Hillary Clinton y Donald Trump disputan la elección presidencial | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Hillary Clinton y Donald Trump disputan la elección presidencial | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Estados Unidos no nos deja descansar. Desde América Latina, especialmente desde el final de la guerra fría y en los tres lustros de las guerras contra el terrorismo, nos hemos acostumbrado a una actitud —y acaso una política— de aquello que antes se llamó benign neglect. Incluso en el apogeo de la marea rosa de la izquierda regional, el paso de la administración Bush a la administración Obama no cambió sustancialmente el ritmo de las relaciones, que se concentró en la continuación de las relaciones comerciales, los nexos de seguridad y cooperación antidrogas, con las excepciones del proceso de paz colombiano y la audaz reapertura de relaciones con Cuba.

No podemos olvidar la importancia de nuestros intercambios. En términos puramente materiales, Estados Unidos tiene en México, Brasil, Colombia y Chile a cuatro de sus primeros veinte socios comerciales, y todos nuestros países tienen profundas relaciones económicas con la gran potencia hemisférica, potenciadas en estas décadas de liberalización general. En lo tocante a seguridad, junto con la frecuente cooperación técnica y militar, la interacción con las fuerzas de seguridad ante el asedio del narcotráfico organizado —especialmente acusado en los Estados de la cuenca del Caribe— es esencial para la estabilidad de la subregión. Por último, no olvidemos los controversiales empeños de la USAID en la promoción de mejoras democráticas y de la sociedad civil iberoamericana. La coyuntura actual asoma cambios en estas orientaciones, que no deben ser desestimados.

Los dos candidatos con posibilidades de triunfo en las elecciones presidenciales de noviembre de este año, Hillary Rodham Clinton y Donald Trump, difieren en su actitud hacia Latinoamérica y los hispanoamericanos, y puede decirse que mientras la veterana política es una candidata normal del período neoliberal, el nativista empresario escapa de los comentarios usuales. La una conoce toda la región desde su experiencia diplomática y a través de los trabajos de la Fundación Clinton; el otro apenas ha tocado puntos de construcción urbana y turística en el Caribe como empresario inmobiliario y ha demostrado poco conocimiento de la política al sur del Río Grande.

Revisando la postura de la candidata demócrata, es claro que los medios hispanos en Estados Unidos están cerca de darle su apoyo en la contienda: contaría con la aprobación mayoritaria entre las comunidades de inmigrantes e hispanos estadounidenses y está abierta a una reforma de inmigración proclive a relajar las actuales restricciones laborales y de atención a los nuevos habitantes, continuando la cooperación policial con los países cercanos. Trump, por su parte, se lanzó al ruedo con la promesa de endurecer estas restricciones, prometiendo la construcción de un muro en su frontera sur y describiendo de manera a la vez denigrante y amenazadora a los inmigrantes de México y Centroamérica, al tildarlos de ladrones, violadores, terroristas y narcotraficantes.
Ambos, sin embargo, comparten un tema importante en el pivote del debate electoral: el instinto proteccionista en el comercio internacional. Estas son las primeras elecciones norteamericanas tras el fin del auge de las materias primas, el relativo repliegue y el claro estancamiento brasileño, por lo que la perspectiva de aislamiento económico de los Estados Unidos es preocupante. Claro está, aun en ello hay matices: la señora Clinton ha criticado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), pero su instinto general es el de continuar la marcha de la globalización aun si está hoy forzada a cambios retóricos por el ala izquierda de su partido y su contrincante nativista. Trump, en cambio, sostiene que el mundo entero está embaucando a los Estados Unidos, y promete una regresión general del acercamiento norteamericano al mundo, que va desde el repliegue de alianzas militares hasta la autarquía económica.

Con todo, el cambio más preocupante radicaría en el prestigio regional de la democracia, así como en el despliegue de Soft Power de los estadounidenses. Trump no solo ha hecho elogio de algunos gobiernos autoritarios y líderes caudillistas a escala global, indicando que Estados Unidos no tiene la autoridad moral para indicar cómo han de comportarse esos países en términos de derechos humanos y libertades civiles, sino que además se ha mostrado desdeñoso de esas mismas libertades en su vetusta democracia: ha denunciado la libertad de prensa como abusiva, no muestra paciencia con la posibilidad de pesos y contrapesos institucionales, asoma la posibilidad de fraudes electorales y la posibilidad de violencia política, en una retórica que parece emanada de los peores críticos de Estados Unidos en la izquierda latinoamericana y las autocracias globales. La simbiosis entre estos mundos hace que la continuidad en la promoción de la democracia por una eventual administración Clinton aparezca como preferible, pese al moralismo y doble estándar que frecuentemente implican.

Por supuesto, la política exterior de nuestros países, así como nuestra propia cooperación, no puede estar subordinada a los vaivenes de Foggy Bottom. Los debates que tengamos sobre la democracia, el narcotráfico y el comercio no pueden paralizarse, pero sería insensato desestimar el mar de fondo que asoma la elección norteamericana.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo