Para entender el «milagro» de que Cambiemos, la alianza del PRO de Mauricio Macri, un partido prácticamente vecinal con menos de una década de existencia, en alianza con radicales y adherentes a la Coalición Cívica de Elisa Carrió, lograra ganarle al aparentemente imbatible kirchnerismo peronista, hay que conocer toda una cadena de «pequeños milagros» que llevaron a ese resultado.

Antes de ir a los aciertos y desaciertos de las campañas, veamos el trasfondo que preparó la derrota del kirchnerismo, un partido de poder que se proponía modificar la Constitución e ir «por todo», tal la consigna lanzada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en público a La Cámpora, su grupo de jóvenes militantes.

La Constitución impedía a la señora Kirchner presentarse a un tercer período, y venía de las presidenciales de 2011 en las que resultó reelecta con el 54 % de los votos, aunque se estima que entre 5 y 6 puntos de ese resultado podrían ser producto de la deficiente fiscalización de una oposición atomizada.

Ese resultado fue producto de una tibia recuperación económica luego de la crisis política y económica de 2008-2009 pero fundamentalmente de una ola de simpatía hacia la viuda de Néstor Kirchner que siguió tras la muerte del exmandatario, en octubre de 2010.

Fue un arrollador triunfo, luego de que —crisis económica mediante y después del desgastante conflicto con los productores agropecuarios— el kirchnerismo fuera derrotado en las legislativas de 2009 y parecía predestinado a perder la Presidencia.

Así, en 2011, Mauricio Macri, sabiamente aconsejado por su estratega ecuatoriano Jaime Durán Barba, había decidido declinar su candidatura presidencial y buscar la reelección como alcalde porteño ante la realidad de la «viuda imbatible» (Durán dixit).

Sin embargo, el resultado del 54 % de 2011 no fue leído adecuadamente por Kirchner como una circunstancia irrepetible. La simpatía popular por la muerte de su marido no iba a durar mucho más y ya no podría tapar una economía que entraba nuevamente en recesión con altísima inflación. Por el contrario, el 54 % llevó a la presidenta Kirchner a esbozar un desgastante plan para lograr la reforma constitucional.

Paralelamente, el Grupo Clarín, principal multimedios de la Argentina, agudizaba su escrutinio sobre la corrupción del gobierno así como de su cada vez más notoria inoperancia en la gestión. Con gran esfuerzo de sus directivos, una estrategia comunicacional y legal acertadas y apostando a un periodismo crítico y confiable, Clarín lograba esquivar los alcances de una Ley de Medios diseñada por el kirchnerismo exclusivamente para silenciar a la prensa, y contrarrestaba efectivamente el enorme aparato de propaganda estatal y privado montado por el kirchnerismo para ensalzar al gobierno.

El fracaso de la Ley de Medios y otras ofensivas del gobierno para acallar a la prensa son el factor fundamental para entender la derrota kirchnerista de noviembre de 2015.

Con el telón de fondo de las críticas en los medios y una acumulación de errores de gestión, de política económica y cada vez más evidente corrupción, una ola de descontento siguió casi inmediatamente a la reelección del 54 %, y se inició un capítulo inédito en la historia argentina en el que por primera vez la participación ciudadana empezó a hacerse oír no solo en las redes sociales, sino en las calles, con multitudinarias marchas de descontento protagonizadas por clases medias.

Este activismo de las clases medias urbanas sería la base para controlar el largo proceso electoral de 2015, otro de los «milagros».

El sistema electoral argentino, de boleta por partidos, es vulnerable a maniobras de fraude. Para evitarlas, la oposición requiere movilizar el día de la elección a casi 200.000 observadores, y otros tantos asistentes antes del comicio.

Las clases medias que protestaban contra la criminalidad, la inflación, la corrupción, pero, por sobre todas las cosas, el intento de modificar la Constitución y cooptar la justicia, fueron la base de ese movimiento fiscalizador.

Un ejemplo fueron las elecciones provinciales en Tucumán, en julio, que terminaron en graves protestas y disturbios por sospechas finalmente probadas de fraude. Ese episodio, de repercusión mundial, ayudó a la sociedad a mantenerse movilizada y atenta a posibilidades de fraude en la elección presidencial.

Pero el «milagro» no sería comprensible sin analizar un revolucionario fallo de la justicia electoral que llegó el 28 de julio: como las elecciones presidenciales valen para todo el país, los partidos podrían ahora trasladar fiscales de un distrito al otro sin que fueran echados, como habitualmente sucedía, particularmente en distritos gobernados por el peronismo kirchnerista. Esto permitió, principalmente, llevar fiscales de la Capital, gobernada por Macri, a los populosos distritos peronistas del conurbano, que son clave en cada elección.

Pero para entender el triunfo de Cambiemos también hay que detenerse en las legislativas de 2013, en las que el candidato que parecía predestinado a suceder a la señora de Kirchner era Sergio Massa, alcalde del municipio bonaerense de Tigre y ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner, y no Macri. Massa saltó a la oposición como cabeza de lista de diputados por la estratégica provincia de Buenos Aires con su Frente Renovador (peronismo disidente) y derrotó por 12 puntos al rival kirchnerista Martín Insaurralde apoyado por el gobernador Daniel Scioli.

Macri, afectado por el prejuicio de ser hijo de un empresario había quedado relegado a una segunda opción opositora; Massa tenía un mejor nivel de imagen personal y menos resistencia en las encuestas ante la pregunta «jamás lo votaría».

Mientras tanto, la opinión pública se acercaba a las cruciales presidenciales de 2015 dividida en tres tercios más o menos parejos: la continuidad del kirchnerismo, el cambio contundente (encarnado en el PRO de Macri) o un cambio con imprecisas dosis de continuidad: las dos últimas sumaban aproximadamente 65 % del electorado, y Massa se presentaba como el representante de una variante de cambio moderado.

El sociólogo Hugo Haime denominó a esa franja «la ancha avenida del medio», que supuestamente llevaría por primera vez en la historia a un partido en el gobierno a un balotaje en el que perdería.

Aquí es imprescindible entender que la Constitución de 1994, diseñada a medida del partido en el poder, prevé una aritmética especial para evitar el balotaje: para ganar alcanza el 40 % de los votos con diferencia de 10 puntos sobre el segundo, o el 45 % más un voto.

Para complicar más las cosas, el kirchnerismo le agregó un sistema de primarias abiertas y obligatorias (PASO), pensadas para unificar al peronismo detrás del oficialismo gobernante y desgastar a la oposición con múltiples y costosas campañas.

Pero el kirchnerismo, que diseñó las PASO, decidió esta vez elegir al moderado gobernador bonaerense Daniel Scioli como candidato único para las primarias. Cristina Kirchner temía que Scioli ganara la PASO sobre su candidato favorito, el ministro del Interior, Florencio Randazzo. Si eso pasaba, Scioli, despreciado públicamente por la presidenta y sus máximos colaboradores, llegaría a la Presidencia con su propia lista de legisladores y desplazaría a Cristina del poder.

Así, la presidenta le armó a Scioli la lista completa con militantes fanáticos y le impuso como compañero de fórmula a su mano derecha, Carlos Zannini. Scioli aceptó todo. Sería un lastre que luego no podría remontar.

La fórmula presidencial y las listas, kirchneristas puras, eran una gran incoherencia: el candidato elegido era el menos querido por el kirchnerismo y había sido elegido porque era el único con posibilidades de conseguir los votos independientes indispensables para evitar un balotaje. Pero habían convertido al moderado Scioli en kirchnerista puro, anulando su única ventaja de ser percibido como moderado.

Desesperado, Scioli buscó compensar la contradicción lanzando una campaña «paralela» off the record para asegurar al empresariado y líderes de opinión que, si ganaba, haría lo contrario a lo que declamaba. Pero le resultaba difícil disipar las dudas de que su equipo le permitiera alguna autonomía y cimentaba la poca credibilidad de su campaña «oficial y paralela».

Para peor, para las primarias por la provincia de Buenos Aires, Kirchner le impuso a Scioli contra su voluntad como gobernador —o sea, nada menos que su sucesor— al controvertido jefe de gabinete Aníbal Fernández, sospechado de vínculos con el narcotráfico y de muy mala imagen pública. Aníbal Fernández terminó perdiendo ante la candidata de Cambiemos, María Eugenia Vidal, y cediendo así la mayor provincia argentina, que llevaba 25 años bajo el peronismo.

Paralelamente, la candidatura de Sergio Massa, hasta un año antes de la elección probable ganador, se iba diluyendo por serias falencias políticas del propio candidato: su Frente Renovador iba seduciendo a candidatos kirchneristas –algunos poco vinculables en el imaginario colectivo a una renovación política sincera- a los que Massa iba prometiendo que serían sus candidatos a gobernador de provincia. Finalmente, decepcionados por la falta de organización y liderazgo de Massa, a principios de 2015 comenzó el éxodo de esos mismos candidatos de regreso al kirchnerismo, poniendo en dudas la solidez del armado político de Massa y levantando las chances de un más coherente Mauricio Macri.

Viendo caer a Massa y percibiendo estancada la candidatura de Macri, el establishment empresario pugnaba por una alianza de Macri con Massa como fórmula imbatible para ganarle al kirchnerismo. Pero el PRO, luego de alcanzar una alianza electoral con el antiguo partido radical y la pequeña Coalición Cívica de Elisa Carrió, sorprendió a la opinión pública decidiendo que ese frente, bajo el nombre de Cambiemos, no debía aliarse al Frente Renovador de Massa e ir en estado puro y libre de peronismo a la elección. La apuesta era que superaría en la primaria en cantidad de votos al Frente Renovador y luego polarizaría a buena parte del antikirchnerismo contra Scioli en la elección general.

La opinión generalizada del «círculo rojo» de empresarios, analistas e influyentes era que Cambiemos, sin pata peronista, no podría ganarle al kirchnerismo sin ayuda de Massa. La elección en la importante provincia de Santa Fe en julio, donde el PRO perdió ante el oficialismo socialista por 0,1 %, parecía darles la razón.

Pero las campañas de Macri y Scioli se desarrollaron en sentidos opuestos: Macri, con grandes aciertos, y Scioli, con una gran sumatoria de desaciertos.

Macri tuvo un inteligente uso de las redes sociales, que combinaba las visitas «casa por casa» en ciudades de todo el país, y María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, con su posterior difusión en las redes sociales. Scioli llevó adelante una campaña llena de tropiezos y decisiones erróneas, entre ellas la de ausentarse de un debate presidencial o viajar a Italia en medio de una gravísima inundación en su provincia.

Así, en contra de las encuestadoras que publicaban sus resultados favorables a Scioli (casi todas contratadas por el mismo Scioli), Cambiemos logró vencer las pobres expectativas que generaba en los líderes de opinión no haberse aliado a Massa, y contra los pronósticos obtuvo el 34 %, y Scioli el 37 %. El Frente Renovador logró cómodamente conservar el 21 % de las primarias, evitando así una posible fuga de peronistas no kirchneristas hacia Scioli, lo que contribuyó significativamente al «milagro» del balotaje.

Además, la elección de Aníbal Fernández como candidato a gobernador bonaerense kirchnerista fue otro elemento clave: no solo porque le dio la mayor provincia argentina a Cambiemos, sino que le restó votos presidenciales a Scioli.

Para mala suerte de Scioli, su tradicional estrategia de contratar encuestadoras para generar clima de opinión favorable a su candidatura en los medios resultó un boomerang: el que debía ganar sin balotaje, ahora llegaba a la segunda vuelta como perdedor, aun habiendo superado en votos a Macri.

El resultado final, más ajustado al previsto una semana antes por casi todos los encuestadores, se debió a que el kirchnerismo, preocupado porque iba a perder el poder, contrató de emergencia al asesor del ecuatoriano Rafael Correa, Vinicio Alvarado, un experto en campañas negativas, y sacó a último momento una hábil y bien orquestada campaña del miedo, con un impresionante despliegue de grass roots: militantes en vía pública, el transporte, escuelas, empresas y hasta dentro del círculo familiar. La consigna era asustar a potenciales votantes peronistas, convencidos ahora de votar a Macri, de que si el kirchnerismo perdía el poder, ellos perderían beneficios, planes sociales, jubilaciones y subsidios.

Finalmente, aunque por un margen más estrecho, el miedo no se impuso y se produjo el «milagro».

 

Diego Dillenberger
Editor de la revista Imagen y conductor de La Hora de Maquiavelo