La visita programada por los Rolling Stones a Cuba parece coronar la entrada en sociedad global del despotismo antillano, y la doble moral de la mundialización corporativa.

CheStones | © Guillermo Tell Aveledo

CheStones | © Guillermo Tell Aveledo

Cuando en una sorpresiva maniobra diplomática, promovida con discreta intensidad por la Casa Blanca y La Habana, se anunció la normalización de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, muchos sentimos una gran expectativa: por fin, eliminado el fardo del embargo, cesaba la pertinaz excusa del gobierno castrista. Se abrirían oportunidades para mejoras en el nivel de vida del pueblo cubano y podría suscitarse una apertura tan avasallante como la caída del Muro de Berlín.

Aunque puede ser temprano para un juicio definitivo, el saldo presente es decepcionante para quienes abrigábamos la esperanza de cambios. No solo ha sido el gobierno de Barack Obama cauteloso al demandar mejoras en las libertades civiles y la situación de derechos humanos en la isla, sino que ha entregado la que parecería ser su ficha más preciada en estas negociaciones al anunciar su visita a Cuba, lo que ningún presidente norteamericano había hecho desde los tiempos de Calvin Coolidge.

Pero el contingente más avezado en su interés en Cuba no se encuentra en los políticos y líderes del continente, atados a los requerimientos del protocolo y el decoro internacional, sino en las empresas y voceros corporativos ante los cuales la dictadura sexagenaria despliega sus mejores galas. La miseria del cubano promedio es anunciada en folletos turísticos como un modo de vida genuino e incontaminado, y se venden los encantos de una isla que parece un espejismo de nostalgia sacado de una posta de Broadway. Artistas pop y figuras de medios como Conan O’Brien, Rihanna y Beyoncé posan entre las ruinas de la capital, sustituyendo el glamur perdido de los intelectuales biempensantes, premios nobel y escritores ligados a la Casa de las Américas. Los Rays de Tampa jugarán una exhibición contra la selección nacional de béisbol de Cuba —tras veinte años de la última visita de las Ligas Mayores en la isla— y los Rolling Stones darán un concierto gratuito. Mojitos y Cadillacs para todos.

Mientras tanto, empresas norteamericanas y transnacionales globales comparten su interés no sin impudicia, y prestigiosas publicaciones económicas como el Wall Street Journal y The Economist discuten sesudamente las posibilidades de restauración de los derechos de propiedad y la apertura del mercado, que simula su avance socarronamente. Y, con todo, la represión política en Cuba permanece, como denuncian con angustia y riesgo personal los movimientos democráticos: en el último año las detenciones y actos de repudio contra la oposición han recrudecido.

Si bien en Cuba no se asoma la oportunidad de cambios políticos, la realidad ha demostrado que el régimen comunista no está negado a las transacciones comerciales en enclaves, zonas económicas especiales y complejos turísticos más excluyentes que aquellos de la época de Batista. Esto no debería sorprender; los Estados Unidos llegan tarde al festín que las corporaciones europeas y latinoamericanas han celebrado con acusado desinterés hacia las libertades y el bienestar del poblador común del último cuarto de siglo.

Queda abierta la oportunidad de que el presidente Obama aproveche la ocasión para una declaración inspiradora a favor de la democracia en presencia del comandante Castro, allí, en plena Plaza de la Revolución. O quizás los Stones lleguen a tener un gesto generoso para las libertades de su audiencia. Pero, mientras esto no ocurre, los demócratas del mundo pueden lamentar esta sympathy for the devil.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo