Condimentos del relato populista

El populismo busca arrasar las instituciones que son resorte de la democracia, pero debemos reconocer que la semilla que ha hecho florecer esta nueva manera de gobernar está también en los malos gobiernos que muchos países han debido soportar.

Fuente: Archivo Unasur

Fuente: Archivo Unasur

Los regímenes populistas en Latinoamérica han logrado cambiar el eje de la discusión de izquierda-derecha por el de arriba-abajo, radicalizando el discurso entre pueblo y elite, y olvidando que en política también existen reglas. La democracia es el antagonismo ordenado, no es la guerra. La batalla entre enemigos es la guerra. La democracia es una batalla entre adversarios.

El relato de «reconstruir la patria mancillada por una elite corrupta», argumento principal de Chávez, instalado sobre la base de referencias al pueblo como víctima de un enemigo (el antipueblo) que según la ocasión va cambiando: puede ser encarnado por empresarios, un grupo económico, medios opositores, enemigos externos, etcétera. Los antipueblo son los que secuestran la soberanía, el futuro, y obligan a pasar penurias a la gente. Los errores de los gobiernos populistas se enmascaran en que la culpa la tuvieron ellos y así puede tomar cuerpo un nosotros de gran utilidad para la narrativa. Lo importante no es lo que proponen, sino cómo lo proponen, es decir, a través de un discurso emocional que lleva a una polarización que refuerza el ellos o nosotros.

Es una buena construcción de un relato basado en la emoción, la demagogia, apelaciones a la historia del país, la dignidad, los desposeídos (los de abajo), moralizar la política y darle la palabra al pueblo, condimentos que hacen que la comunicación sea generadora de una permanente tensión con los de arriba, que son los que impiden que el pueblo sea feliz.

El populismo dice encarnar un proyecto nacional y popular de carácter transversal, que desea llegar a segmentos mucho más grandes que los partidos tradicionales. Esto hace recordar a la combinación nacional socialismo del nazismo y demuestra que el populismo ya se practicó en el pasado, con resultados por demás elocuentes. Este populismo siglo XXI pretende la construcción de una nueva nación; es una estrategia de refundación del sistema. La matriz cultural que pretende consolidar es la división de la sociedad, un relato gramsciano en que se ilusiona al pueblo con el mito del autogobierno de los más pobres.

Hay un eje vertical en esa comunicación, el arriba-abajo, el pueblo contra la casta, ciudadanía contra elite, la gente humilde contra los insensibles. Lo curioso es que el populismo termina creando su propia casta, que en muchos casos actúa en política con el fin de enriquecerse incrementando la corrupción que supuestamente venían a combatir.

Está claro que hablar hoy de izquierdas o derechas está perimido. El debate debe ser planteado entre populismo y república. El papa, en su reciente gira por Sudamérica, se refirió a las ideologías con estas palabras: «Las ideologías siempre terminan mal. No sirven, porque tienen una relación incompleta, enferma, con el pueblo. En el siglo pasado, las ideologías terminaron en dictaduras. Piensan por el pueblo, pero no dejan pensar al pueblo. Hacen por el pueblo, pero no con el pueblo». Es responsabilidad de los que creen en la República encontrar el relato que los posicione como una verdadera opción de cambio.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge