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Por primera vez en su historia institucional, España fracasa en formar gobierno luego de unas elecciones y llega a un «Parlamento ahorcado».

Campaña electoral en España - Foto: Carmen Beatriz Fernández

Campaña electoral en España – Foto: Carmen Beatriz Fernandez

Campaña electoral en España - Foto: Carmen Beatriz Fernández

Campaña electoral en España – Foto: Carmen Beatriz Fernández

Los británicos tienen un término peculiar, sin equivalente en el idioma español, para referirse a esa situación parlamentaria en la que constituir gobierno se dificulta porque ningún partido logró la mayoría absoluta: hung parliament o Parlamento ahorcado.

España fracasa a la hora de formar gobierno, como consecuencia directa de que el bipartidismo tradicional ha totalizado cerca del 50% del voto nacional en las recientes elecciones. Tradicionalmente los dos grandes partidos acumulaban cerca de un 80 % de la votación, dejándole el 20 % restante a los partidos regionalistas. Esa proporcionalidad electoral cambió, quizás definitivamente.

El bipartidismo llegó a su fin para darle paso a una nueva especie: un tetrapartidismo al que los actores no están habituados y que deben empezar a conocer: en sus formas, estilos y habilidades negociadoras. Luego de que Rajoy rechazara asumir la investidura que le propuso el rey Felipe, no era nada fácil formar gobierno para el líder del PSOE Pedro Sánchez, y este lo sabía. Las posiciones estaban tomadas desde su inicio y no había actores dispuestos a ceder. Por ello, la puesta en escena parlamentaria para lograr gobierno calzó más bien con una invocación a lo electoral.

El nuevo tetrapartidismo puede intentar clasificarse desde el plano ideológico con el tradicional eje izquierda-derecha, pero en su intento de investidura y tras la alianza con Albert Rivera, Pedro Sánchez invitó a pensar desde otro eje: el cambio o la continuidad. Era un marco de análisis mucho más perjudicial al PP y que ponía a Podemos en la difícil coyuntura de escoger sumarse al cambio o votar como lo iba a hacer el Partido Popular de sus antípodas, como a la postre hizo.

Sánchez no logró la investidura pero es muy probable que haya mejorado sus propias opciones de cara a una probable nueva elección, al igual que Albert Rivera con Ciudadanos. Desde hace casi un quinquenio los estudios oficiales del Centro de Investigaciones Sociológica (CIS) venían poniendo a la clase política como principal problema del país, solo después del desempleo y el terrorismo. Hay una crisis política estructural que viene asociada a la corrupción como gran tema de la agenda y que induce a identificar culpables. Y los aparentes culpables fueron castigados el 20 de diciembre pasado.

Restan unas siete semanas de plazo para que haya un nuevo intento de constituir gobierno. En el ínterin se prevé que el rey Felipe tenga una nueva ronda de conversaciones con los principales líderes partidistas. El rol del rey en esta crisis es muy importante, pues la monarquía ofrece ese soporte difuso al sistema que tan bien definió el politólogo canadiense David Easton. Este autor distinguió dos niveles de apoyo político: el soporte difuso y el específico. El soporte difuso está ligado a la legitimidad del sistema, en forma amplia, mientras que el soporte específico está más ligado a la ejecución y la gestión, a la calidad del gobierno. Es decir, la monarquía viene ofreciendo el apoyo difuso al sistema político español aunque se ponga en duda la eficacia democrática, más vinculada a los partidos históricos. Hasta ahora el rey Felipe ha venido siendo el gran ganador de la crisis de investidura. Un 74 % de los españoles apoya sin reservas el rol que ha venido desempeñando el rey en este proceso, y la aceptación toca incluso a los votantes de Podemos, quienes se supone son antimonárquicos de convicción, segmento donde tiene un 59 % de aceptación (Metroscopia, febrero de 2016). Y ello en el medio de una crisis monárquica sin precedentes que transcurre en paralelo.

España debe buscar una buena traducción para su hung parliament. Por lo pronto, una posible nueva cita en las urnas para el «descuelgue» ya tiene fecha: el 26 de junio.

Carmen Beatriz Fernández | @carmenbeat

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