Los menos esperaban este resultado. En el referéndum por la salida o la permanencia en la UE, finalmente los euroescépticos lograron una mayoría con consecuencias históricas. 

Brexit | Imagen: Vexels GroovyGraphics, vía Wikimedia Commons

Brexit | Imagen: VectorOpenStock, vía Wikimedia Commons, http://bit.ly/29rsluq

El jueves el pueblo británico le mostró su hombro frío a la UE. No se trató de una decisión consensuada, de esas que surgen al cabo de largas sesiones nocturnas y que no hacen perder la cara a ningún afectado. En la lucha electoral se quebró mucha porcelana para llegar a un resultado que jamás se habría producido de no haber mediado el referéndum. A muchos políticos se les notaba que esta situación era realmente nueva para ellos.

En realidad, esta consulta popular constituye una lección de democracia. Mientras que las elecciones parlamentarias a menudo están signadas por pactos y negociaciones, en el referéndum inmediatamente se pusieron en marcha discusiones controversiales. El interés mayor se expresó también en la participación electoral, que alcanzó un 72%, el porcentaje más alto de los últimos veinte años. El referéndum logró lo que las elecciones europeas no habían podido alcanzar ni por asomo: colocar la discusión sobre Europa en el centro de la sociedad.

Los británicos optaron así contra la política de puertas cerradas, por una cultura de discusiones intensa. La democracia vive de la competencia entre diferentes opiniones, de la discusión y también de las posiciones provocativas. Mientras que una elección de Parlamentos lejanos deja una generación hastiada, la perspectiva de lograr por sí misma respuestas concretas a cuestiones políticas mueve a toda la sociedad.

Aun a costa de tener que tomar decisiones dolorosas, esto es preferible a vivir en una sociedad que se olvida de la democracia, como ya sucede en algunas partes de Europa continental.

La democracia directa es ruidosa, áspera, controvertida y solamente conoce un sí o un no. Ese motivo alcanza para que no pueda sustituir a la democracia representativa. A pesar de esto, es llamativo cuánta pasión puede despertar la decisión entre dos posiciones en una sociedad, mientras que la decisión entre numerosos partidos que se orientan al votante promedio solamente despierta una cansada indiferencia en la mayoría de la ciudadanía.

Para la democracia esta pasión es indispensable. Solamente quien se entusiasma por la democracia, quien la ve como herramienta para dar forma a la sociedad y quien quiere enfatizar su opinión a través de los plebiscitos va a defenderla en caso de que sea cuestionada. Por el contrario, quien se percibe exclusivamente como parte de la masa de votantes que al comienzo de un período parlamentario es llevada a validar un Parlamento, no va a tener energía para enfrentar los ataques al sistema democrático y estará predispuesto a renunciar a las instituciones democráticas cuando las dificultades arrecien.

Europa se entiende como la cuna de la democracia. Si esta autopercepción se corresponde con la realidad, entonces los jefes de Estado y de Gobierno deberían aprender de las lecciones que dejan estas dramáticas experiencias.

Felix Gillmair
Pasante de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo