La presencia de Cuba y la apertura del gobierno de Estados Unidos ante el régimen castrista representan un avance que aún debe demostrarse en el respeto a los derechos humanos, la garantía de libertades y la transición democrática que permanecen pendientes y sin visos de solución.

 

Barack Obama, presidente de los Estados Unidos en la VII Cumbre de las Américas

Barack Obama, presidente de los Estados Unidos en la VII Cumbre de las Américas. /Foto: Oreste Del Río – Cancillería de Panamá

 

La prensa internacional destaca el principal de los saldos de la VII Cumbre de las Américas 2015, realizada en la ciudad de Panamá el 10 y 11 de abril: la asistencia del gobierno cubano, quien permanecía ajeno a este evento desde 1994, y la distensión de la relación entre el régimen castrista y el norteamericano, encabezado por Barack Obama.

El tema no es menor y viene antecedido por los primeros indicios de una apertura que bien puede calificarse como histórica entre ambas naciones: inicio de relaciones comerciales, revisión a las condiciones del embargo, pláticas entre representantes cubanos y estadounidenses, entre otros aspectos que bien pueden ser el principio de un cambio en el modo en que el mundo concibe la dictadura cubana.

Sin embargo, ese respaldo que da Washington al más longevo de los sistemas autoritarios en la región lleva consigo una moraleja que no debe dejar de señalarse. Y es que, si bien el acercamiento entre los dos países podría a la postre traducirse en el camino para abrir las puertas a temas como el respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión y, en suma, los pasos que lleven una transición pacífica y de largo postergada, no hay certeza de que esto ocurra en el corto o mediano plazos, y queda pues relegada a segundo plano una condición fundamental para que Cuba avance hacia una próxima democratización plena.

Así quedó demostrado en los días previos a la cumbre, durante el IV Foro de Jóvenes de las Américas, una suma de eventos, mesas de trabajo y diálogos entre diversos sectores que se vio en no pocas ocasiones ofuscada por la presencia de grupos procastristas, que buscaron a toda costa impedir que las organizaciones de cubanos disidentes, incluida la encabezada por Rosa María Payá, Cuba Decide, expresaran opiniones críticas y contrarias a las oficialistas del régimen de Castro.

Esta situación, así como la cotidiana represión contra opositores que aún priva en la isla, demuestra con creces la poca aceptación y disposición del gobierno de La Habana para emprender una transformación auténtica y seria en materia de libertades. Demuestra también que el camino de lo económico es de sumo insuficiente para garantizar que será una puerta de entrada a la democracia.

Sin derechos claros y en el marco de un régimen abierto a la pluralidad y a la crítica; sin elecciones libres y sin partidos que puedan representar una alternativa política; sin persecuciones, intimidación e incluso el encarcelamiento o el asesinato de quien opina distinto, lo que ocurra en Cuba será un mero espejismo, una máscara sin cuerpo, un disfraz que se adorna de oropeles para continuar con una ausencia de democracia plena.

En medio de lo anterior, el documento conjunto de los expresidentes hispanoamericanos, llamado “Declaración de Panamá sobre Venezuela de los exjefes de Estado y de Gobierno”, manifestó una condena enérgica contra el gobierno de Nicolás Maduro y la compleja y cada vez más dolorosa realidad de aquel país. No obstante, el trato que recibió Raúl Castro de Obama no es aliciente para que el régimen venezolano cambie un ápice sus políticas de irresponsabilidad económica, de autoritarismo político y de represión contra la oposición.

Como bien lo señaló María Corina Machado en las redes sociales: “Un Castro que regresa a la OEA sin recriminación ni rectificación, no es precisamente el mejor incentivo para otros autoritarios”. Así, aquello que de positivo pudo tener la Cumbre de las Américas 2015, se convierte con toda claridad en un balance negativo, ocasión desperdiciada, manos que se estrechan entre sonrisas donde se esconde la indiferencia, la complicidad, la apatía y el desdén hacia la democracia, la solidaridad y la libertad.

Carlos Castillo | @altanerias