En 2016 se cumplen treinta años de la firma de los Acuerdos de Paz en Centroamérica (Esquipulas I) y veinte años de paz en Guatemala.

Foto: Pixabay.

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A inicios de los años ochenta Centroamérica estaba sumida en sus conflictos, que no eran ajenos al contexto de guerra fría y crisis económica y financiera internacional. El triángulo norte de Centroamérica —Guatemala, El Salvador y Honduras— experimentaba cambios profundos en sus sistemas políticos, económicos y sociales, y las relaciones entre estos países entraba en declive.

Guatemala arrastraba casi veinte años de una guerra interna que estaba por iniciar su época más cruenta en términos de vidas humanas. El escenario de crisis vaticinaba el inminente desborde y entonces se constituyó el Grupo de Contadora para promover el inicio del diálogo entre los países centroamericanos y buscar una salida pacífica al conflicto.

Las soluciones no podían esperar. Así, los Acuerdos de Esquipulas I y II encarnaron el ejercicio histórico de concertación política regional del más alto nivel para buscar soluciones conjuntas y dieron paso a los procesos de paz a partir de la construcción de sistemas democráticos, como en el caso de Guatemala.

La democracia fue la plataforma que nos permitió avanzar en el proceso de paz. Aunque vivimos en términos democráticos, también es cierto que seguimos teniendo una agenda pendiente con grandes rezagos y desafíos en términos de pobreza, violencia y desigualdad.

Desde el 2015 se generalizó el descontento ciudadano por los casos de corrupción al más alto nivel —dados a conocer por el Ministerio Público y la Comisión Internacional Contra la impunidad en Guatemala (CICIG)—, y finalmente se materializó con la toma pacífica de la plaza durante semanas por miles de personas. Exigían la renuncia del binomio presidencial, que hoy día guarda prisión acusado de liderar una banda criminal dedicada a saquear los recursos del Estado y a profundizar los niveles de corrupción en la estructura gubernamental.

La plataforma y las condiciones para que los ciudadanos llevemos nuestra democracia a un estadio superior de fortalecimiento están servidas. Las condiciones actuales en un contexto de democracia y paz son completamente distintas a las de hace treinta años; por lo tanto, son distintos los retos y los desafíos a superar. Basta con reconocer que el movimiento ciudadano que inició hace un año, no hubiera sido pensable en la década de los ochenta, sino un suicidio colectivo, en aquel contexto de conflicto armado interno, de dictaduras militares y altos niveles de represión estatal. En la actualidad, nuestra generación joven, que no vivió la guerra, da por sentada la posibilidad de estas movilizaciones, como un derecho adquirido más.

Conmemorar la democracia y la paz en Guatemala es hacer un llamado consciente a que está en nosotros el reconfigurar nuestro presente para avanzar hacia un futuro, tal como lo hicieron las generaciones anteriores. Los pre millenials afrontaron sus propias condiciones históricas; hoy por hoy nos corresponde tomar en nuestras manos el compromiso básico que recae en la misma premisa: asumir el reto histórico de cambiar estructuralmente nuestras condiciones para propiciar un escenario más amigable para las futuras generaciones.

No nos perdamos. Nuestra responsabilidad actual es hacer posible la reconciliación y resignificar nuestra herencia de concertación política en una visión solidaria de bienestar para todos.

Treinta años de los procesos de pacificación en Centroamérica y veinte años de paz en el país. Hacer memoria de ello es importante para que la generación joven de hoy, de quienes no vivimos la guerra, imprimamos en nuestra mente y conciencia la importancia de llevar a la acción una nueva agenda de paz, con una visión de inclusión, de ética y valores, de aceptación de nuestra diversidad étnica y lingüística; y, sobre todo, en la que prime el bien común ante el individual. Entiéndase, aprendamos y ¡ojalá! enseñemos a los próximos a vivir en paz.

Ingrid Morales | @ ingridymorales