Desempolvando la revolución

La jerga izquierdista ha desprestigiado el término pero, por sí mismo, el humanismo cristiano tenía una vocación revolucionaria. Acaso va siendo hora de recordarlo.

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Dibujo: Guillermo Aveledo

En sus orígenes históricos, el humanismo cristiano latinoamericano se concibió a sí mismo como una fuerza inconforme, llevados sus militantes a la acción política en búsqueda del cambio social. Era, por tanto, una corriente revolucionaria, que pretendía ese cambio hacia y para una mayor libertad.

Con esa idea, estos movimientos fueron artífices de la construcción inédita de la democracia pluralista de masas en el continente. En muchas partes fueron víctimas de su éxito: si el poder tiene un sentido concreto para el humanista, es que no puede ser conservador. No debe deslumbrarse y satisfacerse desde el statu quo, ya que los logros políticos y sociales exigen cada vez más. ¿Cómo no exigir revolución cuando persiste la inequidad? ¿Cuándo se ve amenazado nuestro patrimonio democrático? ¿Cuándo se dilapidan los recursos naturales? ¿Cuándo campean flagelos transnacionales como los tráficos ilícitos?

 

Claro, la noción de revolución es polémica: devaluada por décadas de guerras civiles y violenta imposición caudillista, y luego tomada para sí por la izquierda marxista como el motor de la historia en su mesianismo finalista. El desprestigio del fracaso soviético y la pervivencia de pretendidas revoluciones no ayudan a la exigencia original, y muchas veces se renuncia al cambio por la sensata modernización.

Todo parte de un malentendido. El humanismo cristiano no es revolucionario porque niegue la historia, ni la agencia humana en la forja —imperfecta y variable— de su destino, sino precisamente porque pretende que las personas puedan ser libres, más participantes, más sanas. Un cambio, en suma, que trascienda “una simple revolución material”, necesaria pero insuficiente.

Construir sobre lo logrado, con orgullo y sin complacencia, sigue dando vigencia al ideal práctico de los partidos humanistas, un ideal revolucionario.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo