Reclusos en la cárcel de Punta de Rieles (Montevideo, Uruguay) trabajan fabricando bloques | Foto: Gustavo Castagnello

Reclusos en la cárcel de Punta de Rieles (Montevideo, Uruguay) trabajan fabricando bloques | Foto: Gustavo Castagnello

En el Uruguay en que vivimos, ¿quién no ha sido robado al menos una vez en toda su vida, o más aún, en el último año? ¿Quién no ha escuchado decir a una víctima: «Ojalá que se pudra en la cárcel»? Hoy no les voy a hablar del ciudadano que sufrió un hurto, una rapiña, un copamiento, un asesinato de un ser querido… sino que voy a tratar de analizar la otra parte, de la que nadie quiere hablar, por miedo o por ignorancia. Hablaré de quienes cometen los crímenes. ¿Existe un después de la cárcel para ellos?

Durante toda mi vida he escuchado muchas historias sobre las cárceles uruguayas. Algunas muy tristes, otras alentadoras, y hasta algunos cuentos que resultaron no ser cuentos. Finalmente, he tenido la oportunidad de visitar una cárcel, la de Punta de Rieles. Hace muchos años, en época de dictadura, allí estuvieron recluidas las presas políticas —por ejemplo, Lucía Topolansky—. Años más tarde dejó de ser propiedad del Ejército y pasó a manos del Ministerio del Interior.

Punta de Rieles es una de las cárceles consideradas modelo, ya que los presos gozan de semilibertad. ¿Qué significa esto? Que pueden salir de las celdas dentro del predio de la cárcel y transitar libremente. Esta cárcel es una especie de barrio vigilado, donde hay calles y locales con emprendimientos, en donde trabajan los presos. La plata que ganan es enviada la mayoría de las veces a sus familias, esposas e hijos, quienes los están esperando afuera. Otros la guardan o usan para consumo personal dentro del establecimiento, en el llamado almacén comunitario. Entonces, ¿los presos manejan efectivo? No. Dentro del predio no manejan efectivo; en cambio, tienen unos papeles similares a unos vales que representan dinero. A medida que compran, se les marca hasta que se quedan sin saldo.

¿Los presos trabajan? Sí. La mayoría de ellos trabaja, y hasta algunos son los dueños de sus propios emprendimientos. Allí hay varias huertas, bloqueras, herrería, radio local, diario, panadería, entre otros. Todos los privados de libertad que están en Punta de Rieles tienen como consigna realizar alguna tarea. Algunos trabajan, otros estudian. Queda a decisión de cada individuo qué hacer allí. ¿Sorprendidos?

Cuando hablamos de las cárceles, nos imaginamos individuos enojados y malhumorados, sin ganas de salir adelante e inmersos en su realidad. Lamento desilusionarlos. No fue lo que presencié: vi personas que estaban cumpliendo su pena, pero que querían salir adelante; vi hombres educados y amables trabajando. Pero, lo más importante, vi esperanza.

Ahora bien, ¿es suficiente el trabajo que se realiza allí? A muchos de estos individuos se les inculca el hábito de trabajo, de responsabilidad, de convivencia, tolerancia y respeto hacia el prójimo. Seguramente, muchos de estos valores no los adquirieron de su familia o de su entorno más cercano. Pero no alcanza con esto. Cuando son liberados, ¿qué pasa con ellos? ¿Dónde trabajan? ¿Hay políticas de reinserción en la sociedad? ¿Son aceptados socialmente? La tasa de reincidencia es mayor al 60%. ¿No seremos nosotros los culpables? ¿No tendremos que proponer políticas reales y efectivas de reinserción para los sujetos que han demostrado con hechos la voluntad de querer cambiar? La mayoría de ellos aprovechan la oportunidad que se les brinda y logran terminar el liceo o comenzar una carrera universitaria.

Tenemos mucho camino por recorrer. No creo que hacer cárceles multitudinarias, en donde se encierre a las personas por muchos años y se pretenda una rehabilitación milagrosa sin ayuda ni el estímulo necesario, sea el camino. Aún nos debemos esta discusión como sociedad. Una discusión con contenido y conocimiento real de la situación. Debemos intentarlo. Por todos.

Los invito a involucrarse y a no mirar para el costado.

Verónica González Macció | @VeroGMaccio