Doctrina de shock

Es sábado por la tarde. Recién terminó una de esas conferencias de ciencias sociales en que miles se encierran en un hotel a creer que hacen ciencia mientras arreglamos el mundo con un café en la mano. Liberados de nuestro rol de politólogos tercermundistas, me encuentro en la puerta del Social Science Research de la Universidad de Chicago. Nunca he estudiado ahí, por un prejuicio asumido de que todos serían como su departamento de economía, lo que no es totalmente cierto.

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Universidad de Chicago | Foto: Jaime Baeza

Esa misma mañana terminaba por segunda vez el otrora best seller de Noami Klein La doctrina del shock, el cual resume la política económica diseñada por Milton Friedman y sus asociados para la implantación de una economía neoliberal a escala mundial. Bajo esta perspectiva, cada catástrofe social, política o económica es una oportunidad para crear un hombre nuevo que compita, dominado por el ansia de acumular capital. Da lo mismo el sufrimiento de la mayoría, si al final todo será para mejor. Es necesario competir sin cooperar. En general, quienes asumieron la visión de los Chicago boys lo hicieron a modo religioso, con verdades extremas por las cuales las violaciones a los derechos humanos o los sufrimientos en los tiempos de crisis no son realmente problemas de los que preocuparse. El goteo de lo que sobre a los ganadores será suficiente para aquellos que perdieron en el combate por el mercado.

Tan diferente se siente con lo que veo en estos corredores amplios, llenos de jardines y vida. Majestuosos, pareciera que el pensamiento y la humanidad de la actividad intelectual no estuviera en el medio oeste norteamericano, sino más bien en un viejo college de Oxford. Tal vez, si detrás de una puerta surgiera John Locke o algún liberal inglés que nos hablara de garantías de la democracia. Pues nada de eso. Estas paredes exportaron sus cuitas y arengas en favor del individualismo.

 

Fueron por seguidores no solo en el sur global, sino que también convencieron líderes y ministros de Hacienda en la vieja Europa. Sus políticas fueron la crema y nata en muchos de los países que se sentían haciendo una revolución conservadora a lo Margaret Thatcher. Son los mismos que hoy se espantan, tras las elecciones europeas, con el surgimiento de partidos extremistas.
Toda crisis es una oportunidad solo si se trabaja con la gente y no en contra de ella. Los partidos políticos tradicionales están ya en aviso. Este período post Chicago, poscapitalista, exige nuevas recetas de inclusión, también para los inmigrantes, para el otro. Alemania tiene un liderazgo en la materia. Esperamos que lo ejerza no solo en Berlín, sino también en Bruselas. El riesgo es que partidos como los de la democracia cristiana y o la socialdemocracia sean piezas de museo en diez o quince años más. Europa no se puede dar ese lujo.

Jaime Baeza