Domando al tigre

Con la muerte de Lee Kuan Yew, uno de las más inesperadas figuras políticas contemporáneas, volverán las ensoñaciones de un emergente “modelo asiático”. Debemos tomar las lecciones correctas.

Retrato simplificado de Lee Kuan Yew, colorizado / Autor: Guillermo T. Aveledo

Retrato simplificado de Lee Kuan Yew, colorizado / Autor: Guillermo T. Aveledo

Es difícil imaginar a ningún estadista occidental con vida —¿Helmut Kohl? ¿Felipe González?— que pueda ser recordado con la solemnidad y admiración con que los editoriales y obituaristas han dedicado al líder singapurense Lee Kuan Yew, quien ha fallecido a los 91 años de edad.

Lee fue primer ministro de Singapur desde poco antes de su emancipación de Malasia hasta la última década del siglo XX (fungiendo además como Senior Minister y Mentor Minister hasta estos días). Se nos recordará una historia muy sencilla: sus políticas públicas transformaron a ese olvidado y subdesarrollado puerto del sudeste asiático, desde la humillación de la política poscolonial —y la postración de la ocupación japonesa— hasta el emporio de comercio, logística y servicios financieros, y ejemplo de tecnología, alto nivel educativo y desarrollo social que es esa pequeña ciudad-Estado. Siendo el líder de la elite china minoritaria en la península pero dominante en la isla, intentó forjar un espíritu cohesivo más allá de los clivajes raciales y sociales.

Poco se le puede objetar, en sí misma, a esa narrativa: Singapur no deja de sorprender a sus promotores —que la postulan como ejemplo de una sabia tecnocracia antipopulista— y detractores —que la definen como un fascismo de rostro amable—. En ambas perspectivas, no se le confundirá con las democracias de corte occidental, que el propio Lee desdeñaba en sus últimas décadas, como inadaptables a las naciones emergentes.

Lee se forjó en tres tradiciones en una amalgama peculiar: el nacionalismo asiático emergido de la crisis imperial de la posguerra; el entusiasmo por la planificación centralizada del laborismo británico (cuyos primeros éxitos observó directa y críticamente), y la tecnocracia cantabrigense de sus años como estudiante. Con el tiempo y el improbable éxito, se acercaría al mercado, mientras promovería la idea según la cual el éxito de la isla se debía a los valores asiáticos, enfatizando la herencia pragmática y disciplinada del confucianismo, con su respeto al trabajo, a la comunidad y a los ancestros, en una versión renovada de la ética protestante y el espíritu del capitalismo para países asiáticos que a fines de los noventa fue muy celebrado en el zeitgeist finihistórico fukuyamiano. Lo curioso es que no era una celebración del capitalismo y su proverbial expansión del espíritu y la innovación, sino un modo de denunciar que el individualismo y el radicalismo eran falacias occidentales que estorbaban a sociedades en desarrollo. Vino viejo en odres nuevos, en realidad.

Pero su legado no termina allí: el pragmatismo en las ideas de Lee coincide con un tiempo de duda y decaimiento de los valores occidentales, minados por cambios no resueltos y contrastados con la seguridad de sus rivales en el escenario mundial. Lee, que había sido un decidido apoyo para el bloque occidental en la convulsa Asia poscolonial de la alta guerra fría, no dejaba de ver con respeto el autoritarismo con prosperidad de la China pos Deng, sin dejar de hacer notar sus carencias. Como fuese, fue enemigo del totalitarismo: su país había enfrentado las amenazas del agresivo nacionalismo militarista del populista Sukarno y su Konfrontasi, y de la subversión armada y política de los comunistas malayos y los Barisan Sosialis. La perdurabilidad de su Partido de Acción del Pueblo como partido dominante de un sistema político no siempre competitivo no es infrecuente en un régimen parlamentario de votación mayoritaria, y es notoria la absoluta ausencia de culto a la personalidad.

No fue tampoco Singapur la panacea de libre mercado que se inventan los neoliberales para imponernos sus recetas irreflexivamente. Buena parte de la herencia de Lee es un sistema que, si bien carece de muchas de las normas de seguridad social y laboral que caracterizan al Estado social en Occidente, no rehusó el uso enérgico del Estado e incluso importantes experimentos de ingeniería social, como lo fueron los programas de bloques de vivienda multirraciales, el servicio nacional o el currículum educativo-científico. Y no se diga a erradicar males como la corrupción, la delincuencia y el feroz combate al narco. Se parece más al republicanismo de Cicerón que a la calma confuciana.

Ahora bien, en el tablero mundial Singapur puede pivotar hacia alguno de los emergentes bloques, pero su viabilidad como nación está ligada al éxito de un mundo comercial pacífico, con equilibrio entre las potencias, y al progresivo fin de los autoritarismos expansivos, de los cuales ya fue víctima histórica. Y acaso por eso sus sucesores —incluido su hijo, el primer ministro Lee— han avanzado en algunas iniciativas modestas de liberalización, manteniendo a su vez los estrictos límites a la corrupción que caracterizaron a sus gobiernos. Esta es la verdadera muestra de su legado: la continuidad institucional y la inexistencia de una élite política extractiva y rapaz, que aproveche las ventajas naturales de una nación emergente para lograr inusitados avances sociales y económicos.

Escribir sobre Lee desde América Latina puede parecer un exotismo. Pero tenemos que recordar cómo, en el auge del neoliberalismo emergido de las dictaduras del Cono Sur, los tigres asiáticos eran ejemplo a seguir con una esperanza casi mecanicista. La evocación actual de desarrollo a través de maquilas y el resurgimiento de enclaves de economía y zonas económicas especiales vinculadas al capital chino —como se nota en Ecuador, Nicaragua y Bolivia, y se pretende en Venezuela— parecieran hacer eco vacuo de ese modelo. Pero es un espejismo del cual vale estar prevenidos, pues ya hemos tenido poder concentrado sin progreso, así que la fórmula de Singapur parece ser otra: una enorme inversión en desarrollo social, con un estricto apego al Estado de derecho. Singapur es la anti Cuba.

Tenemos nosotros una deuda con nuestra aspiración democrática: ¿cómo compaginar el desarrollo social a largo plazo con los naturales vaivenes de la política pluralista? Ninguna carrera política, especialmente una tan prolongada, permite una visión inequívoca. Lee, en sus memorias, decía que había domado un tigre; domemos nosotros los intentos de simplificarlo claudicando nuestros valores ante las amenazas presentes.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas