Dragones en palacio

La presencia económica de China en la región no debería sorprender; tal es la diversificación del capitalismo contemporáneo. Pero ¿debemos preocuparnos por una influencia más sutil?

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Dibujo: Guillermo Aveledo

Las recientes visitas del presidente chino Xi Jinping a América Latina, junto con la próxima convocatoria en Beijing de una cumbre con la CELAC, muestran cómo el gigante asiático compite por dominio en la región. Las inversiones chinas han aumentado en el continente en las últimas dos décadas, y es un hecho incontestable que su presencia económica ha de cobrar importancia dado su rol en el capitalismo global.

Pero más allá de lo económico, hay una influencia poco percibida que va tomando cuerpo en la opinión de las élites latinoamericanas. La reiterada decepción hacia los postergados efectos de la ola democratizadora, las tribulaciones de las grandes sociedades abiertas de Occidente, junto con la propensión histórica al voluntarismo autoritario han hecho que nos fijemos en China como un modelo político a emular.

 

No sería la primera vez que evocamos la prosperidad que nos traería una mano dura. Orden y progreso nos cantaba el positivismo, mientras que las dictaduras desarrollistas de mediados del siglo pasado trataron de combinar la estabilidad negadora de derechos civiles con la modernización acelerada. Acaso una pretendida identidad geopolítica y una remota admiración ideológica haga que hoy a gobiernos que se autodefinen progresistas les guste la idea de un gobierno de partido hegemónico, agresiva centralización y restricción al debate público.
Es cierto que China es un éxito económico, pero más allá del rumor industrial de Shénzhen o las luces de Shanghái, el verdadero modelo chino es la opacidad estatal, la represión política y groseras desigualdades. Es un sistema cerrado que pone en peligro, de no reformarse, sus propios logros. Sería así un modelo calamitoso ante nuestro deseo histórico de sociedades más modernas, abiertas y participativas.

Sin duda las democracias dejan mucho que desear, pero tal es su naturaleza y una de sus mayores ventajas.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo