El derecho del trabajo es parte consustancial de la naturaleza y dignidad humanas. Pero, ¿qué ocurre si el trabajo como lo conocemos desaparece?

Agricultor, Obrero, Burocrata y Robot / Autor: Guillermo T. Aveledo, imagen basada en los Isotipos de Neurath.

Agricultor, Obrero, Burocrata y Robot / Autor: Guillermo T. Aveledo, imagen basada en los Isotipos de Neurath.

En términos globales, la situación del trabajo en el mundo es notablemente superior a la de hace un siglo. La expansión progresiva de los derechos sociales, el reconocimiento generalizado de las demandas tradicionales del sector obrero, así como la progresiva inclusión de cláusulas que fortalecen el reconocimiento del factor trabajo en su relación con el capital, han logrado cambiar la faz de la humanidad.

Sin embargo, somos testigos de la mutación en las relaciones económico políticas del trabajo en las últimas cuatro décadas: la apertura económica del Asia y el crecimiento desenfrenado de una mano de obra barata y sin protección legal, junto con el ataque a los sindicatos y derechos laborales de la ola neoliberal, han destruido la tensa armonía social de la posguerra sustituyéndola por una creciente asimetría en la distribución de la riqueza y la destrucción de formas conocidas de empleo.

En el mundo occidental, la crisis del empleo atacó primero los trabajos más vulnerables. Millones de empleos en los sectores manufactureros y extractivo pasaron a las aparentes economías en desarrollo. Mientras tanto estas economías, estimuladas en una agenda modernizadora, no parecieron alcanzar para su sector obrero la aspiración de una vida de clase media como se ofrecía en las economías desarrolladas.

Se nos dijo que la globalización, con su hermoso ballet de ventajas competitivas y comparativas, habría resuelto esta aspiración. Esto no fue así, como vemos en las poblaciones vulnerables, desasistidas, mendicantes que habitan los márgenes de las urbes emergentes o en el drama de los emigrantes que huyen, muchas veces de manera precaria, hacia donde puedan lograr un trabajo. La xenofobia y la violencia extremista, en ocasiones disfrazada de política populista, son perversiones adicionales de estos cambios.

Ahora bien, no solo el trabajo obrero está en peligro. El trabajo profesional y de servicios, especialmente en áreas rutinarias y sencillas, se ve afectado por la revolución tecnológica. No es un temor ludita: una computadora cualquiera puede hacer la contabilidad, atender a clientes en un centro de llamadas, incluso registrar eventos para agencias de noticias. Y mientras más avanza la capacidad de procesamiento de estas máquinas, con un acceso voraz y crecientemente privatizado a bases de datos, se presume que podrían sustituir buena parte de los trabajos llamados intelectuales. El fenómeno por el cual el progreso tecnológico daba lugar a nuevas demandas, y así a nuevos tipos de trabajo, parece haberse estancado, a expensas de las clases medias.

La crisis del desempleo en el mundo desarrollado y la crisis del subempleo en las economías emergentes son un reto urgente para el humanismo. Sin negar el avance tecnológico, debemos procurar oportunidades de mejora al trabajo existente y garantizar que el trabajo no desaparezca. Una vieja ilusión keynesiana avizoraba que en el presente trabajaríamos menos y tendríamos más tiempo de ocio y de expansión, pero el tiempo libre de nuestros subempleados es llenado por vicios, holganza y la pérdida objetiva de sus capacidades físicas e intelectuales, debilitando la sostenibilidad del Estado social.

Las raíces de nuestro movimiento, y podría decirse que su alma, están en las mejoras de la suerte de los trabajadores de todas las clases. Ver la fiesta del trabajo desde la perspectiva autocomplaciente de los extraordinarios logros del siglo no es mera nostalgia, es el fin de nuestra identidad política y nuestra humanidad.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo