Aunque resulte escalofriante afirmarlo, últimamente nos hemos acostumbrado a recibir casi a diario noticias que hablan de violencia contra personas de determinadas nacionalidades, contra personas que profesan determinadas religiones o, aun peor, contra quienes no profesan determinada religión.

Imagen: Sarah Alfinito, vía Wikicommons

Imagen: Sarah Alfinito, vía Wikicommons

Organizaciones como ISIS o Boko-Haram nos han hecho retroceder a épocas muy oscuras de nuestra historia y han hecho renacer un miedo que no se sentía desde los atentados del 11S del año 2001.

En Uruguay siempre lo hemos vivido desde lejos, desde una distancia lograda por una larga y profunda tradición laica y pacifista, que ha hecho posible la convivencia pacífica, tolerante y respetuosa de todas las religiones en nuestra tierra.

David Fremd tenía 55 años de edad y era un comerciante respetado en la ciudad de Paysandú, al norte del Uruguay. Pero sobre todo era un buen vecino, querido por todos. Este 1.° de marzo fue vilmente asesinado por la espalda, por un individuo que lo atacó al grito de «¡Alá!». Fremd era un reconocido dirigente de la comunidad judía de Paysandú.

Tal vez el homicida tenga algún tipo de trastorno psicológico; eso no cambia lo que pasó y no hace menos aterrador y preocupante que alguien haya sido vil y cobardemente asesinado en nombre de un Dios tan solo por creer en otro; y mucho menos que esto haya ocurrido aquí, en el patio de nuestra casa.

Podríamos tomar este episodio como un hecho aislado, aplicarle todo el peso de la ley con sus consecuencias, y nada más. Naturalmente que esto debe ser así, pero en tiempos de fundamentalismos, de fanatismos religiosos; en tiempos donde la laicidad está en el centro del debate, no para cuestionarla ni fustigarla, sino para redefinirla y reafirmarla, es necesario poner sobre la mesa lo que pasó en Paysandú y darnos el debate sobre qué tan tolerante somos con quienes piensan diferente.

Si permitimos que el fundamentalismo ingrese en nuestra sociedad; si permitimos que se radicalicen las opiniones y las creencias de la gente; si permitimos que nuestra sociedad se polarice en una lógica de buenos y malos, de perseguidos y perseguidores; si permitimos que existan intentos de imponer una creencia, una ideología o una religión a quienes piensan y sienten diferente; si permitimos que algo de esto suceda en nuestra sociedad, estaremos retrocediendo a pasos agigantados y quedará demostrado que nada hemos aprendido de todos los que lucharon en este país contra los diversos tipos de totalitarismos y mucho menos habremos aprendido de quienes tuvieron que recurrir a las lanzas y a las carabinas para construir un país donde nunca más fuera necesario recurrir a esos mismos métodos para hacerse escuchar y respetar. Tenemos que estar alertas y darnos por avisados. El terrorismo no llegó a nuestro país pero sí el odio que lo fomenta. Mientras escribo estas líneas y mientras intentamos procesar lo que sucedió en Paysandú, a pocos kilómetros, en Salto, detuvieron a dos neonazis.

¿Estamos preparados para hacer frente a esto o debemos generar más conciencia sobre lo que estos episodios representan? ¿No debemos tomarnos esto con un poco más de seriedad y tratar de entender como sociedad qué nos está pasando?

Si rehusamos a darnos el debate habremos perdido la oportunidad de avanzar en el camino de la tolerancia y el respeto, porque la indiferencia puede ser, en estos casos, un arma demasiado peligrosa, que puede conducirnos por la senda de la autodestrucción, hacia donde nos estamos dirigiendo como humanidad.

Diego Silveira Rega | @Diegosilveirar