¿Es incorrecto pensar en utopías en el siglo XXI?

Utopía es una concepción asociada a una idea de un mundo mejor, de una sociedad con mayor inclusión, más justa, sin conflictos, que se desea alcanzar y donde, para lograrlo, debemos producir cambios.

Grabado del libro Utopía, de Tomás Moro, en el que desarrolla la construcción de un mundo fantástico, donde las injusticias sociales no tienen lugar.

Grabado del libro Utopía, de Tomás Moro, en el que desarrolla la construcción de un mundo fantástico, donde las injusticias sociales no tienen lugar.

En los años sesenta y bien entrados los setenta del siglo pasado había, en distintos lugares del mundo, un panorama lleno de utopías. Pero ya finalizando el siglo XX, ese horizonte se fue esfumando y terminó desapareciendo, dando paso a la instalación de una suerte de pesimismo y abatimiento.

La política y los políticos arriaron las banderas de cambiar el mundo, hacer la revolución o construir un futuro entre todos. Los que planteaban la ilusión de un mundo diferente terminaron siendo populistas, oportunistas que piensan en disfrutar de un banquete al que solo ellos y unos pocos más que ejercen el poder están invitados.

El fin de la ilusiones trae —dice Thierry Breton— el fin de las ideologías. La sociedad —agrega— ha sido ampliamente abastecida de objetos de consumo producidos y ofertados como deseos del consumismo, pero sin destino. Se dispone de infinidad de medios de comunicación sin que exista nada para comunicar. Vivimos en un vértigo que solo se justifica por el mito de la tecnología.

Lo que se plantea es que si no hay utopías, no hay ilusiones. Se ha instalado un modo de vida donde la satisfacción personal es la prioridad, el aquí y ahora que lleva a sociedades más egoístas y centradas en las inquietudes personales. No hay espacio para la esperanza y eso acelera la pérdida de valores que hace muy difícil la construcción de un futuro más humano y solidario.

Hay un caso emblemático del cambio de paradigmas. En las revueltas de París, en mayo del 68, Daniel Cohn Bendit, político ecologista alemán, decía: «Seamos realistas, pidamos lo imposible». Hoy pregona: «El posibilismo moderado es la vía para cambiar la vida». Una y otra frase expresan los cambios del mundo.

En la actualidad los gobernantes navegan en un mundo en el que parecería que nadie sabe a dónde va, ni sabe bien qué se puede hacer. Miles de inmigrantes invaden Europa. Comienza a gestarse una peligrosa xenofobia, una guerra mundial con un enemigo difícil de identificar, como es el terrorismo islámico. Una economía inestable que no logra recuperarse desde la crisis del 2008, desigualdades sociales que se acentúan, el daño al medioambiente que cada día pone en riesgo a la propia raza humana son solo los problemas más notorios.

Por otro lado, estamos atrapados en lo que se ha dado en llamar el pensamiento único, expresión que se usa para marcar lo que la globalización representa pero también lo que formulan los movimientos políticos que se contraponen a esta, por lo general propuestas populistas que, lejos de acortar la brecha entre ricos y pobres, terminan en verdaderas catástrofes económicas y sociales. Las dos tendencias se consideran a sí mismas como incuestionables y renuncian a la autocrítica. El pensamiento único es una expresión pseudointelectual que, tanto de un lado como del otro, lo transforman en algo rígido, no pasible de admitir errores y ser debatido.

Los humanistas cristianos tienen una tarea incuestionable: la de generar una esperanza y que vuelva a tener sentido el esfuerzo y la lucha para cambiar la sociedad apática, conformista, trivial y oportunista en que vivimos.

No estaría mal tratar de reflexionar sobre lo que Oscar Wilde afirmaba: «El mapa que no contenga el país de la utopía no merece una mirada».

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge