Estrategias contra el populismo

Se acabaron los tiempos de la política exclusivamente nacional. Este hecho no es ni nuevo ni original. Sin embargo, la llegada de cientos de miles de refugiados a Alemania convierte la globalización por primera vez en un hecho concreto para muchos ciudadanos y constituye casi una experiencia físicamente tangible. Lo que es necesario ahora son estrategias nuevas contra el populismo.

© KAS

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Por supuesto, los políticos ya hablaron de la crisis económica mundial, de las conexiones europeas y de los límites de la política nacional hace años. Esas palabras nos parecieron plausibles, y simultáneamente abstractas y sin referencia a la propia vida. De repente parece que la vieja y querida República de Alemania se encuentra indefensa frente a masas de refugiados. Una cantidad de personas pide ahora soluciones nacionales de una manera porfiada y emocional. Desde un punto de vista racional deberían saber que esa solución ya no existe. Sin embargo al  «Rendez vous con la globalización», como dijo el ministro Wolfgang Schäuble, las reacciones humanas son la inseguridad, la ansiedad y la negación.

Estas emociones de la amenaza son vitales para las populistas. La diseminación de miedos difusos es su fuerte. Sin embargo, los éxitos en las elecciones y en las encuestas de los partidos populistas en Europa no son una novedad. En Alemania, el populismo del AfD (Alternativa para Alemania), los populistas de derecha de PEGIDA (Europeos patrióticos contra la islamización de Occidente) en las calles y el sonido lleno de odio en los masivos comentarios en internet son fenómenos relativamente nuevos.

Las razones para el fortalecimiento de los populistas

Los partidos populistas, en auge en toda Europa hace un tiempo, se diferencian mucho entre ellos. Sin embargo, se parecen las condiciones que permitieron su fortalecimiento. Cuestiones graves y no resueltas respecto a la zona euro, respecto al futuro de la integración europea así como olas migratorias crearon las condiciones para el surgimiento de partidos populistas en muchos países europeos.

Los populistas utilizan deliberadamente los crecientes miedos de las clases medias frente a procesos de transformaciones sociales. La diferenciación de estilos de vida y el individualismo en las sociedades modernas, en combinación con un alto nivel de inmigración, ocasionan sentimientos de amenaza cultural y miedos de pérdida de identidad colectiva. Los medios de comunicación —amenazados por la introducción de tecnologías digitales y que para sobrevivir trabajan en condiciones de reducción de tiempos laborales y ruptura de tabúes— se hacen eco del radicalismo de los populistas.

A esto se agrega que justamente en Alemania la sociedad de bienestar envejecida experimenta cualquier cambio como exceso.  A las exigencias de adaptación de la economía a nivel europeo y global se le opone una actitud de negación.

Los partidos de protesta como la AfD constituyen el caldo de cultivo de un mundo simplificado. A menudo la mirada esta dirigida hacia el pasado. Eso es válido tanto para los exfuncionarios estatales que gozan de una buena situación económica como para los ciudadanos de la ex República Democrática  de Alemania que están hartos de verse enfrentados nuevamente a inseguridades vitales.

En el marco del debate alemán llama la atención con qué dureza hace poco tiempo se juzgaba a «los griegos»: ellos presuntamente habían caído en una autosugestión de poder mediante decisiones nacionales de dejar sin efecto condicionamientos europeos y del mundo global. Pocos meses después, algunos políticos y comentaristas en Alemania sugerían que cerrando las fronteras nacionales se podría aprovechar de las ventajas de la globalización y dejar las consecuencias negativas fuera de dichas fronteras. El peligro de una renacionalización populista de Europa es en este momento tangible.

Las reacciones de los partidos políticos establecidos

A los partidos políticos establecidos y a sus representantes se les puede aconsejar mantener la serenidad, a pesar de los problemas políticos evidentemente serios y solucionables, en el mejor de los casos, en el largo plazo. La histeria solamente ayuda a los populistas. El surgimiento de nuevos partidos no es inusual en sociedades modernas. También en Alemania vamos a tener que vivir probablemente una y otra vez con auges y decadencias de partidos establecidos y con el surgimiento de nuevos partidos.

El auge de populistas dentro del propio partido tampoco justifica la vuelta a posiciones ya superadas. El desarrollo en los países europeos que tienen más experiencia que Alemania con el populismo muestran claramente a políticos supuestamente conservadores, los cuales proyectan su mundo ideal en el sector de populistas de derechas, tanto como a políticos marcados de izquierda, los cuales identifican su mundo ideal con el populismo de izquierda, y fracasan de la misma forma. En vez de recuperar los valores ideológicos propios de los partidos, en estos casos se le dio relevancia a las propuestas populistas.

El éxito a largo plazo de políticos y partidos no está determinado por ataduras ideológicas sino por el balance de los resultados. Puede ser que lamentemos la pérdida del relato ideológico que explica las situaciones, pero lo que vale es que los votos son para quien resuelve las problemas. Las promesas exageradas o poco realistas como reacción al fortalecimiento al populismo tal vez den tranquilidad o consuelo a corto plazo pero, al final, los votantes esperan resultados contundentes. Es muy difícil resistir a la tentación de darse aire a corto plazo. ¿A qué político no le gustaría ser el portador de buenas noticias? Sin embargo, el que reacciona a corto plazo a demandas populares, socava las condiciones de su propio éxito político a mediano y largo plazo.

Una cosa más podemos aprender los alemanes sin experiencia del relacionamiento signado por el fracaso con el surgimiento del populismo en Europa. Está comprobado que el principal error posible es pensar que hay que tomar las posiciones de los populistas y de esa forma recuperar los votantes «propios» perdidos. La adopción de posiciones populistas tiene un efecto totalmente diferente: legitima las concepciones populistas en el centro de la sociedad y abre la puerta a nuevas rupturas de tabúes. A menudo justamente esta legitimación facilitó el éxito de los populistas.

La fórmula de movilización tan simple como eficaz reza: «Nosotros contra ellos». Los ciudadanos sencillos contra los políticos, contra Bruselas, contra los medios de comunicación, o contra el cártel de los partidos políticos. Los adjudicatarios de altas pensiones, malhumorados y autoconvencidos, así como los beneficiarios de asistencia social coinciden en autodefinirse como ciudadanos de a pie. Los partidos populistas requieren el estatus de víctima y excluido, tanto como la representación de una presunta voluntad del pueblo.

Pragmatismo como salida de la trampa de la moralización

Los partidos establecidos y los políticos responden a los populistas generalmente en forma moralista. La formación de frentes únicos moralmente cargados y el destierro de los partidos populistas tras un cordón sanitario solo le da impulso a las causas de los populistas. Mientras pocos políticos se esfuerzan en encontrar solución a los problemas reales, los populistas inician el desquite general, y precisamente los políticos, argumentando con moralidad, dan la impresión de que los populistas eran el verdadero problema.

La mejor estrategia sería que los partidos lucharan por soluciones buenas y viables a los problemas políticos relevantes y no entrar en los juegos de los populistas, que finalmente les conceden el monopolio de los debates o incluso les adjudican el liderazgo de opinión. Los partidos establecidos no deberían apoyar la posición de la movilización exclusiva «nosotros contra ellos». Se deberían ocupar de los populistas en forma analítica, en lugar de hacer llamados al desprecio, en un gesto de indignación moral. Con eso no hay nada que ganar, salvo sentimientos de autocomplacencia.

Por supuesto, los políticos democráticos deben enfrentar decididamente a la agitación, el odio y el extremismo. Pero sería un error estigmatizar cualquier manifestación populista como extremista, ya que esto podría producir justamente el aislamiento y más reacciones de despecho entre los electores descontentos.

Actualmente, las exageraciones y falsedades, el resentimiento y fantasías catastróficas determinan fuertemente el debate periodístico. El debate sobre el futuro de Europa no debería remitirse a una política de sentimientos. Especialmente en tiempos de cambios radicales es fundamental tener una actitud positiva y un pensamiento positivo. Esto es evidentemente difícil para muchos de los que habitan en sociedades envejecidas y saturadas. Pero las visiones oscuras no deberían predominar  en la opinión pública.

En lugar de eso necesitamos políticos pragmáticos, que comprendan el futuro desde una visión sin miedo, y no solo un desastroso cerco. Solamente de esta forma ganaremos capacidad de resolver problemas en una economía global que requiere el establecimiento de reglas vinculantes y su aplicación a nivel europeo e internacional. Si ahora caemos en la trampa de la estrategia de renacionalización populista de la política europea, afectaremos los fundamentos de la paz y la prosperidad logrados trabajosamente durante décadas. Es simplemente inaceptable que la generación europea de posguerra y sus hijos sean impulsados por los populistas y que deban aprender en forma dolorosa, una vez más, que las soluciones nacionales no sirven para los problemas europeos y globales.

Nico Lange | Director adjunto del Departamento de Política y Asesoramiento y Director del Departamento de Política Interior de la Fundación Konrad Adenauer.

Publicado en The European – Das Debatten-Magazin