Fin de fiesta

El boom de las materias primas ha cesado, y con él, las frustraciones ante la oportunidad perdida han desnudado los mitos de los nuevos populismos.

Caras de preocupación | Imagen: composición de Guillermo Tell Aveledo

Caras de preocupación | Imagen: composición de Guillermo Tell Aveledo

Durante la década pasada, la economía global experimentó un aumento inusitado de los precios —casi un 300 % en promedio— de las materias primas como metales, químicos, petróleo y alimentos no procesados. Gracias al crash de la economía digital de inicios de la década, el temor de escasez estructural y el auge industrial y de consumo de las economías asiáticas, los países periféricos gozaron de un nuevo balance positivo de sus exportaciones que permitió el aumento del ingreso fiscal de muchas economías emergentes. Este auge tuvo consecuencias en la expansión global de las clases medias urbanas, y en la creciente influencia económica, financiera y geopolítica de bloques económicos emergentes fuera del elenco tradicional de las economías industrializadas y las democracias liberales.

El boom coincidió con la llegada al poder ejecutivo de varios países latinoamericanos de partidos y movimientos provenientes de la izquierda radical, que apenas se habían incorporado marginalmente a los sistemas políticos derivados de las transiciones democráticas, creando nuevas coaliciones electorales de sectores rentistas —obreros, campesinos, desclasados— alrededor de tales movimientos. Es difícil negar que, si el auge de las materias primas no fue el único factor determinante en su surgimiento, ayudó al establecimiento y duración de estas coaliciones. Para algunos, como el bolivarianismo venezolano, el auge significó una holgura fiscal controlada por el Estado que podía sostener un boom de gasto público y consumo abiertamente hostil al crecimiento de un sector privado productivo. En otros casos más favorecidos por la opinión global, como el del PT brasileño, se fomentó una alianza en la cual el Estado era el agente promotor del empresariado en la región y en el mundo, mientras se iniciaban programas de inversión social casi inéditos en el desigual país. Como era de esperarse, la popularidad electoral de estos gobiernos permaneció casi incólume, pese a su corrupción e ineficiencia.

Pero la fiesta terminó. El auge y declive rentista condicionó de tal modo el funcionamiento de estos movimientos —en términos de su acumulación y redistribución de recursos— que la volatilidad ordinaria de las materias primas fue desestimada, y no aceptaron los previsibles efectos de la desaceleración de China e India, y los cambios en inversión y tecnología de las economías del Occidente posindustrial, y la instauración de una nueva etapa comercial deficitaria y un entorno recesivo. La fortuna de los años 2000 debía ser administrada con una mayor prudencia para asegurar su sosteniblidad.

No debe sorprender entonces cómo se asoman las consecuencias políticas de esta nueva situación. En los recientes ciclos electorales, los modelos populistas con mayor acento en el gasto público han sufrido importantes reveses: la victoria de Macri en Argentina, la derrota parlamentaria del PSUV en Venezuela y el traspié del MAS en el referendo sobre la reelección en Bolivia, lo evidencian. El dramático proceso político brasilero alrededor del escándalo Petrolão, muestra también un riesgo adicional: la desesperanza traída por la decepción ante estos populismos y su resistencia a ser juzgados por las vías constitucionales, trae consigo fantasmas de intervenciones militares y de Deus ex Machina judiciales. Si bien hay otros países con gobiernos no populistas que están sufriendo las consecuencias de la crisis de las materias primas, sus instituciones parecen poder aguantar mejor esta circunstancia.

He ahí el detalle perverso del populismo de izquierdas: toda crítica es presentada como una amenaza a la democracia, y así las naciones pueden hallarse sin alternativas. Desde el poder, los gobernantes populistas se atrincheran, denunciando fraudes y evitando controles. Desde la oposición, el populismo de izquierda juega al obstruccionismo y a la crispación negadora de toda alternativa. Así, las soluciones electorales pueden desprestigiarse, para dar la razón a la conseja extremista según la cual la democracia liberal no está a nuestro alcance. No les demos esa oportunidad.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo