El poder se encuentra deslocalizado, pasa por el individuo y se ha hecho volátil.

Michel Foucault (1926-1984). Imagen: Wikicommons.

Michel Foucault (1926-1984). Imagen: Wikicommons.

Desde una perspectiva posestructuralista —aunque rechazara la etiqueta—, el pensador francés Michel Foucault contribuyó a comprender la sociología del poder en las últimas décadas. Tras los hechos del mayo francés de 1968, en los cuales los movimientos sociales se reconocieron como actores políticos autónomos, argumentó que el poder no solo se encuentra en las instancias superiores sino en toda la sociedad, ante lo cual el papel de los intelectuales es justamente aportar conciencia desde el saber, la verdad y el discurso.

«El poder debe analizarse como algo que circula, como algo que solo funciona en cadena. Nunca se localiza aquí o allá, nunca está en las manos de algunos, nunca se apropia como una riqueza o un bien. El poder funciona. El poder se ejerce en red y, en esta, los individuos no solo circulan sino que están siempre en situación de sufrirlo y también de ejercerlo», afirmó Foucault en Defender la sociedad, libro que nos permite asomarnos al curso que ofreció en el Collége de France entre 1975 y 1976.

Según estos aportes el liderazgo debe actualizarse, ser transversal en planos reales y virtuales, en una era en la que el poder está deslocalizado más allá de Parlamentos o partidos políticos, en democracias de audiencias o mediatizadas, como lo sugirió otro francés, Bernard Manin (Los principios del gobierno representativo, 1998). Por eso mismo los líderes de opinión y los analistas deberían a la vez revalorar al individuo. De aquí que Foucault advirtiera respecto a la relación entre los individuos y el poder: «nunca son el blanco inerte, siempre son sus relevos. El poder transita por los individuos, no se aplica a ellos. El individuo es un efecto del poder y, al mismo tiempo, es su relevo: el poder transita por el individuo que ha constituido».

Ahora, existe una condición que se ha hecho prominente tras la muerte de Foucault en el nuevo milenio: la volatilidad del poder. Como lo expuso el venezolano Moisés Naím en su libro El fin del poder en 2013: «El poder se ha hecho más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder». Su evidencia: empresas que se hunden, militares derrotados, papas que renuncian y gobiernos impotentes. Así que el poder ya no sería lo que ha sido, como lo definiera de manera sintética el politólogo Robert Dahl (1915-2014), la capacidad de influir en el comportamiento de otro(s), sino mejor justamente el grado de reciprocidad entre actores con que fluctúa.

Y esto que sucede entre individuos o naciones plantea aún preguntas: ¿cómo se legitima el poder?, ¿en qué categorías morales o éticas debe proceder? Mientras releemos a Foucault habrá quien diga que al final solo habría que seguir a Shakespeare y su representación de las pasiones humanas. Y quizás tendría (toda) la razón.

José Alejandro Cepeda | @sinclair_simon_