Francisco de Miranda somos todos los venezolanos

Francisco de Miranda fue el primer criollo que posicionó la nacionalidad venezolana en los más célebres acontecimientos emancipadores y políticos universales de su época. Hoy su legado cala y nos invita a luchar por el rescate de nuestros derechos.

Francisco de Miranda | Detalle del cuadro de Arturo Michelena, 1896.

Francisco de Miranda | Detalle del cuadro de Arturo Michelena, 1896.

Las proclamas e ideas de Francisco de Miranda trascendieron la literalidad de los términos y estaban cargadas de valoración a la dignidad humana; sus sueños apuntaban a sociedades libres en el sentido más estricto de la expresión. Su prioridad fue la libertad por encima de la patria, «porque sin libertad no pude haber nación».

Escribió: «Seremos hombres, seremos libres, seremos nación», y con ello se refería a que se debe velar por la dignidad humana, luego garantizar la libertad y solo así se podría aspirar a ser una nación. Esta última incluye a la sociedad y sus finalidades; es decir, el desarrollo de una cultura común y la realización personal de los habitantes.

Una retrospectiva a los tiempos de independencia nos rememora una Venezuela aturdida, que tenía que aprender a ser nación y luego a ser república; una sociedad que debía entender lo que significaba ser independiente y digerir cómo asumir esa independencia duramente luchada y poco comprendida.

En aquella naciente república independiente hubo discordias internas, no faltaron los alzamientos y amenazas de insurrecciones de los descontentos españoles y hasta de esclavos de las haciendas. En medio de esa turbulenta realidad, se erigía Miranda como un líder con arrojo suficiente para aplacar cualquier alzamiento, con la disciplina necesaria para imponer una visión sustentada en la libertad, con el respeto suficiente y un desempeño brillante capaz de despertar los celos de Bolívar. Paradójicamente, este lo entregó a las fuerzas españolas para conducirlo a una injusta encarcelación, al más perverso exilio en el más profundo rincón del olvido y de la injusticia, deshaciéndose del hombre más destacado del momento.

Hoy, a doscientos años del fallecimiento de Miranda, nos encontramos en una Venezuela ruidosa pero que no quiere callar; sumida en protestas, donde no es posible pensar en libertad cuando el estómago está vacío, ni soñar en un futuro de luz mientras los días son oscuros; una Venezuela minada por antivalores y problemas irresueltos por doquier.

En este punto hay que pensar  prospectivamente y trazar la reconstrucción de Venezuela como república. Se requiere una sociedad que no olvide su pasado, que entienda sus errores, que se comprometa a no volverlos a cometer.

Y es aquí donde cala el legado de Miranda, especialmente su proclama de 1801: «Compatriotas, todo depende de nosotros mismos. Unámonos por nuestra libertad, por nuestra independencia. Que desaparezcan de entre nosotros las odiosas distinciones de chaperones, criollos, mulatos. Estas solo pueden servir a la tiranía, cuyo objeto es dividir los intereses de los esclavos para dominarlos unos por otros. Un gobierno libre mira a todos los hombres con igualdad. Cuando las leyes gobiernan, las solas distinciones son el mérito y la virtud. Pues que todos somos hijos de un mismo padre: pues que todos tenemos la misma lengua, y las mismas costumbres; pues que todos estamos injuriados del mismo modo, unámonos todos en la gran obra de nuestra común libertad. Establezcamos sobre las ruinas de un gobierno injusto y destructor un gobierno sabio y criador: sobre la tiranía la libertad, sobre el despotismo la igualdad de derechos, el orden y las buenas leyes».

Este extracto nos invita a luchar por el rescate de nuestros derechos naturales; sobre todo, por nuestra libertad como piedra fundamental para avanzar y progresar. La crisis es una oportunidad para cambiar. Ella, tan criticada y dolorosa, nos conmina a retomar elementos propios de nuestra idiosincrasia para juntos salir adelante. Debemos entender que seremos personas plenamente humanas cuando salgamos de lo individual, porque somos integrantes de una sociedad plural y diversa, y nuestra riqueza está en la esencia propia de la diversidad como punto de partida.

Asumamos con responsabilidad que somos el centro de toda acción política, social, cultural y económica, y los únicos capaces de hacer realidad el cambio que queremos para el país. Es justo en este momento donde nuestra actitud madurada por los golpes nos permite desmontar la indiferencia que se siente ante el dolor ajeno en la calle, que poco a poco nos ha ido deshumanizando, aislando y convirtiendo en espectadores —y a la vez protagonistas— de nuestro propio infortunio.

Aquí tiene fuerza mayor nuestro temperamento colectivo, nuestros valores y esa raíz propia que nos hace ver el rostro ajeno, esa consideración de la realidad del otro, del que piensa distinto a nosotros. Eso existe en cada venezolano y hay que sacarlo a relucir en el día a día; esa raíz humanista nos permitirá recomponer cualquier tejido social roto, hará que regrese la sencillez, la humildad y la solidaridad, hace tiempo idas de viaje. Y sobre todo, con fortaleza, restituirá los valores nacionales por encima del antivalor que nos han querido instaurar.

Aún le adeudamos una disculpa a Francisco de Miranda, el Generalísimo, el precursor de la emancipación americana. No será tardía si somos ese bravo pueblo que el yugo lanzó, si entendemos que siempre hay oportunidades para progresar. Solo unidos lo lograremos, porque nada es tan fuerte como la esperanza y el anhelo de vivir mejor.

Eduardo Rengifo Lugo | @edrengifo
Coordinador general de Programas Sociales del Fondo Único Social del estado Miranda, Venezuela