Francisco: la palabra ante un país herido

La visita del Papa Francisco a México representó la oportunidad de escuchar el diagnóstico de las situaciones más dolorosas del país pero, sobre todo, la certeza de que las soluciones deben partir de valores universales, colectivos y de convivencia que están latentes en la cotidianeidad de un pueblo.   

 

Entre la gente, cercano y sensible al dolor de un país: Francisco en Chiapas © Marko Vombergar/ALETEIA

Entre la gente, cercano y sensible al dolor de un país: Francisco en Chiapas © Marko Vombergar/ALETEIA

No son pocos ni menores los conflictos políticos, económicos y sociales que padece el pueblo mexicano: la corrupción, los extremos de la pobreza más dolorosa y la riqueza indiferente, la apatía por lo público, la violencia asesina, la justicia y la autoridad semi ausentes, la migración forzada por carencia o presencia de grupos del crimen organizado.

Males todos latentes y que ensanchan las brechas y las divisiones sociales. Males que aquejan de manera cotidiana y que son de sobra diagnosticados, comentados y señalados con el asentimiento y la certeza generalizados, pero también con la incapacidad colectiva y gubernamental de transformar en acciones y soluciones la indignación de un país.

La visita a México del Papa Francisco ha contribuido a ahondar en ese diagnóstico de la situación nacional. Puede decirse incluso que aquello que Bergoglio señala y critica no es ni nuevo ni sorpresivo para quienes han atendido sus mensajes y homilías. Y sin embargo, no es común que en un periodo de cinco días toda esa verdad sea arrojada y expresada por voz de un solo hombre a través de mensajes sencillos y directos, sin eufemismos ni complacencias o la habitual distancia académica de quienes arrojan estadísticas y luego se resguardan a salvo de cualquier contacto cercano con la realidad.

La palabra de Pontífice no solamente tocó las heridas más profundas de una nación sino que, además, descendió hasta la raíz más honda de sus causas. Así, en cinco días, habló frente a la clase política de responsabilidad y servicio; frente a los jerarcas de su Iglesia, exigió dejar de dar respuestas viejas a problemas nuevos; frente a altares erigidos en medio de terregales y miseria, afirmó que con el mal no se dialoga, porque siempre habrá de triunfar; frente a los pueblos originarios, reivindicó la multiculturalidad y el valor ancestral de culturas relegadas; frente a jóvenes católicos, instó a perseguir los propios sueños y a guiar estos lejos del la riqueza vacía o la violencia estéril; frente a empresarios, criticó la cultura del descarte que ha dañado el tejido familiar.

El lenguaje fue cercano a quienes lo escuchaban. Las visitas, a zonas que podrían considerarse desahuciadas por motivos diversos: Michoacán y Ciudad Juárez por la violencia, Ecatepec por la pobreza, Chiapas por el abandono y la injusticia social. La retórica, favorecida por el idioma, tomaba en ocasiones los tintes del tribuno que entre gestos y el lenguaje transmite emociones, compromiso y, sobre todo, esperanza: la certeza de que puede transformase el presente, el anhelo de que es posible otro futuro, la convicción de que hay valores superiores y capaces de orientar desde la acción personal, el actuar colectivo.

Esos valores a los que Francisco se refirió en cada una de sus intervenciones públicas fueron la dignidad de la persona, el bien común, la fraternidad, el respeto a lo distinto, el valor de lo diferente, la justicia, la paz, la concordia, la honestidad. La crítica más urgente, en cambio, fue contra la resignación y la apatía, contra el individualismo y el lujo, contra las falsas salidas que ofrecen soluciones inmediatas que lindan con la muerte, contra el cinismo de los que se vanaglorian de nimiedades fruto del poder mal ejercido.

Y no se puede, al final, sino coincidir con quienes afirman que todo ello es solamente un lapso, un instante que dura lo que la visita y parte para dejar un sentimiento de gratitud. Pero tampoco puede negarse que la recomposición del tejido social, que la dignificación de la política, que la construcción de ciudadanía apta para al democracia, que las injusticias fruto de la enorme brecha entre ricos y pobres, es decir, los pasos para comenzar sentar las bases de las soluciones que México exige cada vez con mayor urgencia pasan de manera forzosa por esos valores, latentes entre la mayoría de los mexicanos, parte del día a día de millones que eligen vivir y convivir, cotidianos entre un pueblo que trabaja y lucha por un mejor porvenir.

Esa es la mayor certeza del mensaje de Francisco: que los valores individuales y colectivos capaces de dar solución a una realidad en ocasiones tan terrible, están latentes y arraigados entre quienes pueden tomar su propio destino en las manos. Un mensaje de diagnóstico y propuestas, una hoja de ruta, de acciones y certezas: esperanza para quienes merecen más que solamente esperar.

Carlos Castillo |  @altanerias