Se juega esta semana la final de la Copa América Centenario. Más que un evento regional y de identidades nacionales, es la muestra de un proceso mundializador avasallante.

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Imagen: Guillermo Tell Aveledo

La actividad deportiva como espectáculo, aunque ha existido de una forma u otra desde los orígenes de las grandes civilizaciones, es un fenómeno relativamente reciente. La combinación de actividad física lúdica era el coto cerrado de aristócratas y colegiales en la Europa de la revolución industrial y fue por medio de ella que se diseñaron las disciplinas deportivas modernas.

Sumado a la naciente democracia de masas, el deporte llegó a la práctica de las clases trabajadoras y por ese intermedio recaló en una América Latina en su primera modernización. Muchachos que habían viajado a los Estados Unidos o a Europa traían consigo implementos deportivos que usaban en los solares familiares; masas de inmigrantes incorporados a la masa obrera traerían reglas y aficiones. Con la llegada del siglo XX se formarían los primeros clubes deportivos y sociales en los barrios de las grandes ciudades latinoamericanas.

Aunque podría hacerse esta historia con cualquier gran disciplina moderna, es el fútbol el deporte dominante de nuestra región. De las academias y núcleos de expatriados hasta comunidades de inmigrantes arraigadas, nacen los grandes clubes populares: San Pablo, Boca Juniors, River Plate, Peñarol, Nacional, Colo-Colo, América, Atlético, Millonarios. Aunque el objetivo de estos clubes era la gloria deportiva, su ámbito de acción los hacía genuinos centros sociales y comunitarios; llegaron a ser la expresión más acabada de las asociaciones voluntarias en nuestros países, caracterizados por sociedades civiles iniciadas pero débilmente establecidas. Los clubes deportivos servían en funciones de socialización, sitios de encuentro, desarrollo físico y humano y hasta asistencia social a sus asociados. Estaban también conectados con sus barrios de origen, cantera de sus ídolos deportivos y espacio de patrocinios por pequeños negocios.

Naturalmente, la relación entre los clubes y la comunidad se atenúa con la creciente profesionalización deportiva. El recuerdo cándido de profesionales y obreros de la comunidad jugando los fines de semana en el club era insostenible para la competencia a alto nivel. Y así, lo que era antes una manifestación del dinamismo y el arraigo comunitario fue convirtiéndose en una demostración de la erosión de los lazos orgánicos de las comunidades. Para jóvenes atletas, el deporte profesional es la potencial ruta de escape de una juventud de miseria y delincuencia hacia el éxito global. Para las hinchadas que permanecen en las comunidades es la ocasión de reunirse para excesos etílicos, manifestaciones violentas y agresiones racistas, especialmente entre jóvenes desempleados y sin perspectivas de futuro. Los recientes escándalos de corrupción de las federaciones, así como la creciente influencia de regímenes autoritarios y oscuros patrocinios son evidencia de algunos de los peores efectos de la globalización.

No se puede negar que tanto jugadores como clubes proveen a millones entretenimiento y esperanza para las vicisitudes de la vida diaria, y que asisten con caridad y programas deportivos los pesares de muchas comunidades. Sin embargo, cuando los dos once nacionales se enfrenten este domingo, ¿cuántos de estos talentosos jugadores pertenecerán a algún club nacional?, ¿cuántos tendrán más que una tenue conexión con sus comunidades de origen? El fútbol, claro está, no es el culpable, sino un síntoma de las asimetrías profundas que aquejan a nuestras naciones. Aprovechemos su influencia virtuosa para ayudar a cambiar de manera definitiva las condiciones de multitudes en cantegriles, favelas y barrios, que sigue siendo el gran reto político de nuestra generación.

Guillermo Tell Aveledo | @ GTAveledo