Con el fallecimiento de Fidel Castro renacen las esperanzas de un cambio en la política cubana. Se olvida la resiliencia del despotismo antillano, que ha logrado mantenerse una década sin su líder histórico. Pero también se desestima la decreciente influencia de su modelo.

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Ha muerto Fidel Castro. Hay que ver los cientos de artículos, notas, así como la agobiante cobertura de sus elegiáticos funerales, para constatar que aquella presencia inamovible ha cesado. Las secuelas de su vida continuarán durante años, en las varias generaciones de latinoamericanos afectados por su política y sus políticas.

Esta herencia se puede resumir de manera muy simple: una nación históricamente dividida, una propaganda fastuosa y un manual de uso para los autoritarismos de la región. Las agencias del Estado cubano, y su presencia en varios gobiernos de América Latina, no solo se encargan de propagar tenazmente las directrices de su élite y sus viejos logros socioeconómicos y culturales, sino que intervienen directamente en las políticas de control social de países como Nicaragua, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Esos escandalosos ejemplos, junto con los homenajes internacionales a la obra del fallecido dictador, abaten el ánimo de cualquier demócrata.

Los políticos audaces como Castro tienen, sin embargo, un límite. Fidel Castro solo se hizo posible allí donde campeaba la más grotesca desigualdad. Si su carrera y su legado son un fraude, no lo son las causas profundas de su arraigo: el sometimiento de millones a los desmanes de oligarquías terratenientes, empresarios rapaces, minorías raciales y burocracias coloniales. Gracias a la injusticia es que emergen los vengadores y los simuladores. Castro traicionó una causa justa: no la del socialismo estalinista, sino la de las luchas populares por una mayor democracia y una sociedad más abierta, trocándola por la tiranía más prolongada del mundo contemporáneo, que ha postrado a una nación entre la nostalgia de viejos autoritarismos o la abulia política y el cinismo.

La propaganda nos dirá otra cosa: un país libre de analfabetismo, un sistema de salud envidiable, una potencia deportiva y la gloria de la liberación africana. Los logros socioculturales han quedado rezagados por décadas, la medicina cubana es un alarde de servidumbre sobre millares de médicos ajenos a los avances tecnológicos y científicos, y las medallas deportivas han menguado tras el fin de la guerra fría y la profesionalización deportiva global. Y no hablemos del oprobioso estado de los derechos civiles. Y en África, donde Castro ha podido estar en el lado correcto de la historia contra el colonialismo y el imperialismo, su legado directo es el de regímenes burocrático-autoritarios o personalistas, del cambio de dominadores foráneos por la rapacidad autóctona, y el cambio del imperialismo occidental por el chino; los regímenes políticos pluralistas en ese gran continente existen a pesar de la influencia y el modelo de Castro.

En última instancia, el ocultamiento fastuoso de la propaganda trata de tapar el creciente descrédito en que ha caído la fama del castrismo. Fuera de aquellos gobiernos en su órbita inmediata, y de la remembranza romántica en algunos círculos, ningún país moderno trata de emular seriamente a la República de Cuba. Las democracias latinoamericanas, pese a todos sus problemas, son hoy mucho más avanzadas de lo que eran hace décadas, y sus índices de desarrollo humano cada vez más altos.

Queda en nosotros promover y cuidar esos avances, lo cual debe incluir el proteger y apoyar los esfuerzos de los valientes luchadores por la transición hacia la democracia en Cuba, una de las causas más justas del mundo actual.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas