Historia de dos Europas

La derrota del ideal europeo en el referendo británico es un alerta sobre los riesgos de una democracia desequilibrada.

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos» | Imagen: Guillermo Tell Aveledo

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos» | Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Fue una noche larga. Cuando aparecieron los resultados finales, toda esperanza de una remontada de la opción de permanecer en la Unión Europea se había desvanecido en la tristeza de ver una sociedad dividida. Pese a las sobrias palabras del conservador Boris Johnson asumiendo la victoria del Leave, el tono subyacente fue la arenga de Nigel Farage ante los seguidores del UKIP: era un día de independencia ante el yugo extranjero, ante los otros…

Este no es el espacio para hacer reseña de las obvias ventajas de la UE, o la mendacidad de los argumentos de los promotores de la salida británica. Recalcarlas no las hace más obvias, aunque hallemos votantes mostrando su arrepentimiento o buscando un cursillo exprés de instituciones internacionales que les haga comprender la magnitud de su decisión. Pero la apuesta del señor Cameron consistía precisamente en ello: nadie en su sano juicio desearía —llegada la hora de la verdad— renunciar a una institución política y económica tan evidentemente noble. Como en toda jugada al azar, o se tienen las cartas marcadas o se entra irresponsablemente. Las presiones de los partidos populistas en casi todos los países europeos han movido el centro político y con ello desbalanceado la coherencia ideológica entre los votantes europeos y la filosofía política moderada, de Estado social y democrático, del continente.

Pero, ¿por qué emergen estas opciones? No se trata de una conspiración, aunque haya aprovechadores. No se trata solo de racismo, aunque haya sido acicateado por la reciente crisis migratoria y expertos del marketing. Existen dos Europas: una incorporada con dinamismo y conciencia social al vertiginoso mundo moderno. Otra que entre ineficiencia y celo ideológico abandonó, en sus márgenes, a aquellos apuntalados por las instituciones del Estado social y que fueron desmovilizados por la ineficiencia y la desinversión social y económica. Los derrotados de la mundialización, que inercialmente apoyaban a los partidos ante los cuales su socialización primaria los había hecho votar por décadas, optan por sus versiones extremas. Aquellos que, pese a no vivir en las zonas más cosmopolitas de sus respectivos países, se les hizo creer que la inmigración de extranjeros a las prósperas metrópolis amenaza sus puestos de trabajo en regiones agrícolas e industriales paralizadas por décadas. ¿Cómo iban a seguir votando por partidos que apoyaron décadas de austeridad en medio de la bonanza y la prosperidad comercial y financiera? ¿Cómo seguir las indicaciones de los expertos de la City, que era competitiva a expensas de su vida? ¿Cómo importarles la perdurabilidad económica de un proyecto del que se encontraban alienados?

No resulta pues una ironía, sino una profecía autocumplida: cuando el conservatismo inglés parecía, con los señores Duncan-Smith y Cameron, retomar la senda de la centroderecha social y nacional tras los años thatcheristas, el triunfo profundo de esta ideología era evidente. Evidente también en el trágico fracaso del laborismo británico en retomar la senda de las reformas incluyentes y de defender su base electoral, esperando que una implosión política general le devolviera al camino del triunfo. Y tal es, por diversas razones, el preocupante panorama que se aparece en el conservatismo y la socialdemocracia española, italiana, francesa: no tienen las respuestas para un mundo más interconectado y siguen anclados a políticas preteridas, abrumados por la emergencia de los distintos radicalismos populistas de Le Pen, Iglesias o Grillo. Hoy el euroescepticismo está legitimado, de los márgenes de la respetabilidad al centro del debate.

Pero la crisis del ideal europeo no está solo en la pasión de los radicales y la inefectividad de las elites, sino también en la del ciudadano europeo, dividido entre los que han logrado beneficiarse de la creciente movilidad y paz de estas décadas, y aquellos que no sienten identificación alguna. Ambos bloques son, por extrema racionalidad o extrema indiferencia, poco dados al sacrificio y al valor de la comunidad. Votantes sofisticados o abstencionistas crónicos no asumen su cuota de responsabilidad en el destino de este proyecto que ha dado el período más prolongado de prosperidad y paz del continente. Los jóvenes, que lo perciben mejor, no tienen suficiente poder.

¿Dónde es más exitoso el ideal europeo? Donde existen partidos que no claudicaron por completo al credo de la austeridad, porque manejaron sus economías con sensatez durante décadas. Donde existen poblaciones que sí saben la diferencia entre el autoritarismo político genuino y los fantasmas atribuidos a Bruselas. El alma del ideal europeo está hoy en el centro y este de Europa, pero estará incompleto si el mar de fondo del descontento del oeste no es resuelto.

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos», dijo Charles Dickens sobre una de las tantas convulsiones europeas. Esta es la mejor Europa, que debe entonces vencer y convencer a quienes desean el resurgimiento de sus peores luces.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo