Imprudente consejo

Es famosa exigencia de la prudencia política que el líder ha de saber escoger a sus consejeros, quienes han de saber decirle la verdad para orientar su decisión. ¿Exime esto de responsabilidad a los sabios?

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Henry Kissinger

En fecha reciente se cumplen cuatro décadas de la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos, tras las secuelas del caso Watergate. Hoy, su figura política sigue ensombrecida, pese a intentos rehabilitadores. No sucede así con su entonces consejero de Seguridad Nacional, el famoso Henry Kissinger, quien tras la caída en desgracia de su jefe por casi una década, ha mantenido una lucrativa carrera, como referencia intelectual y periodística en cada crisis global de magnitud. Ambos, empero, adelantaron procesos cuyas consecuencias reverberan en el mundo contemporáneo: por cada apertura a China, está la sombra del bombardeo a Camboya o el golpe en Chile.

Miles de páginas, incluyendo sendos tomos por los interesados, escudriñan esta relación. No les haríamos justicia al despacharla aquí (allí están los trabajos de Bash, Qureshi, Dallek…), pero consideremos esta paradoja: mientras los políticos enfrentan el peso político, moral y electoral de sus decisiones, otro tanto ocurre con los consultores de variada gama: desde el estratega, el estadístico, la jefa de medios hasta los asesores de campaña, todos pueden gozar —tras la derrota de su aconsejado— un florecer profesional. No como eminencias grises, sino elevados al estrellato, con alguna que otra incomodidad derivada de la fama.

Se nos dirá que no es su responsabilidad: la suya es una asistencia técnica, atada a la verdad profesional y científica. Podrá decirse que el político escoge a conciencia, conociendo los riesgos y haciendo apuestas para modificar la opinión o neutralizar a sus adversarios. No hay mala intención, solo se hace el trabajo esperado.
Sin embargo, esto evade que la verdad técnica no es la verdad política. No nos referimos a la negación a las ciencias que parte de cierta ceguera ideológica, sino a que el asesor ha de adquirir tanto una conciencia para el poder, como una conciencia sobre el poder y sus consecuencias. No todo escenario técnicamente alcanzable es éticamente lícito. No toda teoría, pese a su perfecta lógica, evidenciará sus peores consecuencias. No todo consejo, aunque lo parezca, es prudente.

La política siempre implicará un cálculo de riesgos, pero debemos admitir que hay límites que nos obligan ante los colectivos humanos.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo