Ser consecuentes con nuestras aspiraciones pluralistas implica levantar las suspicacias de nuestros propios prejuicios. El islam nos pone a prueba.

© Guillermo Aveledo

El Estado Islámico se cierne como amenaza sobre las debilitadas democracias de Occidente. Uno de los precandidatos republicanos de los Estados Unidos ha dicho que la Constitución de ese país es incompatible con la participación política de los musulmanes. En Francia, en medio del estupor por los ataques a Charlie Hebdo, aparece el ominoso libro Sumisión, de Michel Houellebecq, que anuncia una Europa barrida por las mezquitas. En Canadá, el primer ministro Harper ha hecho del uso del velo un tema central de su campaña electoral. El politólogo italiano Giovanni Sartori declaró recientemente que los emigrados de Oriente Medio son inadaptables al tenor de vida democrático, lo que parece concordar con cientos de manifestantes del continente. Pero, ¿es posible afirmar que la democracia no aguantará al islam?

No podemos ser cándidos: parece no existir una correlación positiva, hoy, entre sociedades de gran población musulmana y el pluralismo democrático. Un repaso a índices internacionales nos muestra que algunos de los sistemas más autoritarios están en el mundo musulmán y que las esperanzas derivadas de la primavera árabe han quedado por debajo de las expectativas. La sharía ‘senda del Islam’ aparece como un obstáculo insalvable. Sin embargo, una mirada atenta muestra otro panorama.

En primer lugar, es preciso dar cuenta del contexto de la formación política de estas regiones. Muchos de los países de población islámica han logrado cierta estabilidad estatal modernizadora apenas pocas décadas atrás, y sufren rémoras de sucesivas particiones colonialistas y el rezago institucional derivado de administraciones imperiales, así como los efectos de la economía política del rentismo petrolero. La guerra fría fue, también, el aliciente de la instauración de gobiernos autoritarios que no necesariamente respondieron a un impulso teocrático sino secularizante. Haciendo analogía del tiempo transcurrido, ni la Europa del Ancien Régime ni la Hispanoamérica republicana avanzaron rápidamente en la senda del pluralismo político.

Por otro lado, pueden plantearse ejemplos que contradicen esta conseja. La tercera democracia más populosa del mundo, Indonesia, es un ejemplo de un sistema pluralista en ascenso, con reconfortantes avances en la separación religión-Estado y un sistema de partidos estable, siendo el país musulmán más grande del mundo. La India, la más grande democracia del mundo, ha superado en gran medida las tensiones religiosas entre hindúes y musulmanes, y, pese a sus dificultades, es un ejemplo global. Senegal, Mali, Marruecos, Jordania, Bangladesh y Malasia son otros ejemplos notables, aunque en una menor escala, de regímenes democráticos o de monarquías limitadas donde existen sindicatos, partidos y prensa relativamente libres. Existen, además, millones de musulmanes integrados en sociedades pluralistas en Europa y América, no solo como miembros activos de sus sociedades civiles, sino incluso como políticos dentro de partidos del centro del espectro político.

Se nos dirá que el problema es el islam, y que estas no son más que excepciones que confirman la regla. Pero las enseñanzas del Corán son tan hostiles hacia el gobierno popular como las de las otras grandes religiones del libro, todas las cuales han tenido un patrón de desarrollo institucional variable ante nuestra aspiración democrática y de derechos humanos contemporáneos. Sin embargo, así como el gobierno consultivo está en la tradición del libro judaico de las leyes, o la rebelión ante la tiranía lo está en la escolástica cristiana, nociones coránicas como la ijma (إجماع)consenso’ y la shura (شورى) ‘consulta’, así como el trabajo de filósofos clásicos del islam como Averroes o Ibn Khaldun, pueden ser tan influyentes en esta ruta como un Aristóteles o un Locke. Y la sharia no es más agresiva que un eventual fundamentalismo religioso cristiano o hebreo, toda vez que su aplicación es muy variable en los países musulmanes, pocos de los cuales establecen supremacía de la religión.

Si bien el mundo árabe, cuyas poblaciones se vuelcan ante Occidente por las crisis humanitarias del norte de África y el Medio Oriente, es una franja notablemente autoritaria, esta no es una situación fatal ni inevitable. No cabe duda de que la reacción de las democracias occidentales ante las circunstancias de la actual crisis humanitaria y su actitud ante el racismo que pretende imponerse afectarán el prestigio de la democracia en el mundo musulmán. Así mismo, será necesario enfrentar con nuestros principios las contradicciones reales —como en materia de derechos de la mujer— entre la práctica de las comunidades islámicas más refractarias y las aspiraciones individuales de nuestros sujetos políticos. Pero nada de ello justifica el prejuicio contra el islam y el celo autoritario que se camufla en una defensa de la democracia.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo