La captura de Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, ha dejado de lado importantes hechos como la corrupción, la apología del delito y el endiosamiento del personaje, para dar lugar a un triunfalismo donde la banalización del mal se construye de manera cotidiana y omite destacar la perversidad de un asesino.

El aplauso por la captura de Joaquín Guzmán, tras el anuncio del Presidente Enrique Peña Nieto | Foto: Presidencia de la República, México.

El aplauso por la captura de Joaquín Guzmán, tras el anuncio del Presidente Enrique Peña Nieto | Foto: Presidencia de la República, México.

Si la fuga de Joaquín Chapo Guzmán Loera —con las decenas de metros de túnel, el boquete en el piso por el que desfilaban funcionarios para cerciorarse de su existencia, los videos de la celda y las complicidades del penal— convirtió al narcotraficante en habilidoso escapista, capaz de vulnerar de la manera más compleja una cárcel de alta seguridad, su captura, realizada el pasado viernes 8 de enero, va acompañada de factores que también contribuyen a engrandecer su leyenda.

Así, en una cadena de sucesos que al momento de escribir estas líneas aún ofrece sorpresas, tras el triunfalista y exagerado anuncio del presidente Enrique Peña Nieto siguieron las imágenes del sujeto en custodia, la entrevista realizada por dos celebridades de la pantalla grande nacional e internacional, la trasmisión del sitio donde pasó sus últimas horas en libertad y los extensos reportajes de su imperio criminal. Todo ello ha servido para minimizar tres hechos que pasan de largo entre el estrépito mediático.

El primero de ellos es la corrupción de las autoridades mexicanas, que permitió a Guzmán Loera abandonar la cárcel por un ducto subterráneo de 1500 metros que, de acuerdo con expertos (CNN México, 17.7.2015), tomaría unos quinientos días cavar y apuntalar entre ocho personas a razón de jornadas de ocho horas diarias, y para el cual es crucial contar con los planos del reclusorio y unos 450 millones de dólares. Esa corrupción, además, le permitió eludir a las fuerzas del orden desde el 11 de julio de 2015 y por un tramo de casi 1200 kilómetros, distancia entre el estado de México y Sinaloa, donde fue detenido.

El segundo factor a considerar es el ambiente literalmente festivo del presidente de México y sus allegados al momento del anuncio de la captura. En una reunión pública, interrumpida para tal efecto, hubo loas en voz alta para el mandatario, abrazos entre colaboradores, la entonación colectiva del himno nacional y proclamas de admiración que siguieron al mensaje de menos de 140 caracteres: «Misión cumplida: lo tenemos. Quiero informar a los mexicanos que Joaquín Guzmán ha sido detenido».

El tono triunfalista, la aclamación al líder, la responsabilidad y las causas de la huida relegadas al olvido, todo en aras de ensalzar un logro que, si bien es digno de reconocerse y celebrarse, apuesta al olvido de las razones originales del asunto: la corrupción de todo un sistema, desde la cabeza hasta el último eslabón en la cadena de mando.

El tercer hecho es, precisamente, tanto la entrevista de los actores al narcotraficante como la cada vez más abundante oferta de espacios en los que se va del endiosamiento del personaje a la apología de sus actos. El Chapo es un criminal que ha construido un imperio sobre la muerte, el terror y la inhumanidad de sus actos; que ha destrozado familias, que ha deshecho el tejido social en diversos estratos de México y, no es exagerado afirmarlo, de buena parte del mundo. Sus crímenes y los de quienes le rodean son sanguinarios, sin escrúpulos, dignos de condena y reprobación absoluta, y obedecen a un solo objetivo: el enriquecimiento y empoderamiento de un grupo criminal, es decir, las ganancias económicas.

Esa postura que busca simpatizar con el criminal perseguido, que lo presenta ante las cámaras como el campesino que enfrenta a un sistema que lo oprime y lo persigue, y que exhibe sus actos como oda de romántico hedor, no es sino una forma de, en términos de Hannah Arendt, banalizar el mal, de esconder su rostro más cruento y disimular lo perverso de sus métodos para dar primicia a una especie de leyenda maniquea en la que los extremos del bien y el mal se intentan confundir e intercalar: narrativa donde surge el heroísmo y que es la misma utilizada por dictadores sanguinarios, por déspotas infames, por genocidas convencidos de su salvadora misión.

La actitud del presidente de México y sus cercanos, la corrupción del sistema que permitió la huida del Chapo y la irresponsabilidad de los entrevistadores de fama internacional son, en suma, argumentos para banalizar las acciones de uno de los criminales más terribles de nuestro tiempo, mientras un público presa del morbo y la curiosidad se embelesa frente al villano retratado como héroe, y una autoridad se frota las manos y se palmea la espalda frente al deber cumplido.

La realidad detrás del narcotráfico en México y el mundo es, en cambio, la de los desplazados por la violencia, la de la tortura y el asesinato a sangre fría, la de la descomposición social que lleva a que miles de jóvenes sin oportunidades hallen en el modo de vida del sicario un ejemplo a seguir, la de los rostros de quienes desaparecen, que jamás son encontrados y son mucho más que 43; la de las tumbas sin cuerpos, la de los muertos sin rostro ni nombre, la de la justicia corrompida, la de instituciones vulneradas e infiltradas, la de la atrocidad cotidiana que jamás alcanzará a aparecer en las noticias.

No hay captura que sirva para paliar o esconder esa realidad. Ni siquiera la de Joaquín Guzmán.

Carlos Castillo | @altanerias