La prisa por inscribirse en la historia es un síntoma de nuestro tiempo: urgido de trascender pero sin certeza de que el mañana asegure la posteridad.

Foto Jorge Mahecha, vía Wikicommons

Foto Jorge Mahecha, vía Wikicommons

Hay, en estas primeras décadas del siglo XXI, una tendencia a apresurar la historia. Derivada en buena medida de la rapidez con la que la información se difunde, del acceso al conocimiento, de la facilidad con la que las tendencias nacen, crecen, se desarrollan y pasan, pareciera que la prisa por trascender se convierte en sino de buena parte de las acciones humanas.

Así, si el político aprueba una ley, dirá en su discurso que el trabajo legislativo logrado es un paso histórico en el país; si el gobernante decreta una disposición, aludirá al avance histórico que ello representa; si la sociedad toma por un instante —que pueden ser horas, días o semanas— la calle, alguien señalará el momento histórico que tal hecho significa. Incluso en el deporte, una victoria del equipo en turno goza de igual ponderación frente al futuro.

Términos asimismo como parteaguas, épico, fundacional, inédito, entre otros tantos que denotan algo que pretende ser duradero o alcanzar posteridad, se convierten en moneda corriente, al punto de que prácticamente toda acción capaz de alcanzar un eco mediático o un espacio de difusión pretende ser denominada como historia.

Este gusto por mirar hacia el porvenir como si fuésemos capaces de predecir lo que vendrá tiene, no obstante, mucho de aspiración, más de prestidigitación y poco de realidad.

El presente urge de ser pasado para hacer de las acciones en el hoy algo aún más fugaz y pasajero, menos estable; mientras más rápido se pase la página, mejor para que de igual modo, lo más pronto posible, seamos capaces de escribir una historia en la que los propios actores somos asimismo los principales beneficiarios, los que determinan el legado, los que indican cuál será la herencia que dejarán a las generaciones que vienen.

Se olvida, empero, que esa historia que nos apresuramos por dejar escrita en vida no depende en absoluto de nosotros mismos. Lo histórico es aquello que sobrevive al paso del tiempo y merece ese calificativo por sus consecuencias en el mediano y largo plazos y que casi siempre nos es imposible vislumbrar desde el presente, precisamente por estar inmersos en él.

Devaluamos pues el presente con ese gusto por marcarlo como histórico y con ello depositarlo en el futuro por la fuerza, sin tiempo para la evaluación, para el análisis o la infalible prueba del tiempo. Algunos incluso construyen sus propias estatuas, organizan concursos y premios con sus propios nombres, dan a calles, puentes o plazas sus apellidos, entre otras formas de megalomanía y certeza de que en el futuro seguirán presentes.

Devaluar la historia desde su dictado en el hoy contiene grandes rasgos de soberbia muy poco útil al estudio serio y objetivo de los hechos. Evita también que quienes no son protagonistas puedan ser considerados en su justa dimensión, porque los parámetros para aparecer como parte del mañana los dicta, como la antigüedad marcaba, quien vence o está a la cabeza.

Nada más antidemocrático que agenciarse uno mismo el porvenir, como juez que con flamígera determinación decide qué trasciende y qué no. Nada menos democrático que intentar —vana ilusión— determinar aquello que sobrevivirá y será capaz de trascender. En resumen, qué pobreza de presente la de quienes desde el pedestal del poder efímero —ya sea el que gobierna o el que aparece en los medios masivos— imaginan que pueden escribir el libro de otra historia que no sea la de sí mismos.

Relativizar la historia es un síntoma de nuestro tiempo, a veces frenético, otras desbocado, muy propenso a reinventar y poco útil para analizar en calma, con cautela, aquellos hechos que en verdad han sido —y no los que serán— historia.

Carlos Castillo | @altanerias