La política extrema

La oferta de campaña de Trump se instaló en los extremos del discurso, en el radicalismo. Sus primeras decisiones una vez obtenido el triunfo apuntan en el mismo sentido.

Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos

Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos de América

A unos días del triunfo de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos son muchas las preguntas y pocas las respuestas, muchos los diagnósticos, escasas las propuestas y una sola constante es la que aparece en el escenario mundial: la incertidumbre.

Es incierto, como pocas veces antes frente a la elección presidencial estadounidense, el futuro tanto de ese país como el de la humanidad; las promesas de campaña, más allá de bravuconadas o excesos retóricos, conllevan un enorme riesgo para temas como la globalización, la seguridad, el medioambiente, el comercio y las finanzas internacionales, la relación entre Estados, entre muchos otros temas más.

Y es que a lo comprometido por Trump hay que añadir la mayoría republicana en el Congreso, la nula efectividad de la prensa como contrapeso al poder —demostrada en la campaña—, el apoyo de sectores radicales de la sociedad, así como una campaña que se empeñó en dejar de lado toda prudencia, todo sentido común o toda corrección política para llevar al electorado a los extremos.

Esa estrategia, en un principio, pareció ingenua, poco proclive a cosechar adeptos bajo una democracia que se asumía y se percibía madura, capaz de salir adelante y dejar en el camino a personajes como el magnate.

No obstante, conforme avanzaron los meses y la popularidad del ya candidato se consolidaba, había pocos incentivos para cambiar: la polarización del electorado, bajo las estrategias de una retórica demagógica que redujo los problemas a su expresión más simplista, construyó una narrativa que demostró su efectividad.

Ellos y nosotros, inmigrantes y nativos, buenos y malos, injustos y sufrientes fueron, así, parte central de un discurso que ahondó los extremos hasta hacerlos inconciliables, y es precisamente esa división la que ha superado el ámbito de las campañas para trasladarse al enfrentamiento callejero, a la protesta contra los resultados, a la descalificación entre derrotados y triunfadores, a brotes de intolerancia donde un discurso que cayó en lo incendiario lleva a que los ganadores se asuman libres de empezar por propia mano lo que su candidato prometió realizar a través de las instituciones.

Son esos extremos en las propuestas que parten del simplismo en el diagnóstico los que, en toda democracia, alimentan la demagogia y vulneran la democracia. Un enemigo identificado, un statu quo a combatir, una clase identificada con el privilegio la que debe desterrarse y un solo sujeto con una oferta eficaz el que puede poner solución a lo que él mismo diagnostica como el mal.

La espiral, de ese modo, aumenta y no hay razón o explicación posibles que logren dejar en claro el peligro, porque estas vendrán, precisamente, de lo que el caudillo haya ya señalado como parte del problema. Un método infalible al que la propia mercadotecnia ayuda, porque el mensaje se transmite de manera más sencilla al venir en un código simple; un método perverso porque hace de los extremos el espacio natural de la política, alejando a los moderados, decepcionando a los reflexivos, incitando a que quienes han sido incitados a buscar justicia o venganza a través del candidato sean quienes pasen a ocupar la primera fila de lo público.

Los primeros nombramientos de Trump apuntan en ese sentido: poca experiencia en lo público, gran éxito en el ámbito privado, nula concepción de que la construcción del bien común pasa por un sentido de lo social que debe buscar convencer, explicar, atender y servir. Hay muchas razones para la incertidumbre, y esta última es quizá la más seria: cuando la política deja la razón para solamente subsistir a base de impulsos, ocurrencia e improvisación. La política vacía de lo público. La política que no abandona el lenguaje de confrontación del tiempo electoral: la política extrema.

Carlos Castillo | @altanerias