La teatrocracia como reemplazo de la política

En una época en que el mundo necesita más que nunca de un juicio sereno sobre su futuro, el debate político está cayendo en una preocupante debacle. El espacio público se está alimentando poco a poco de un intolerante griterío en las redes sociales y en la televisión, de una infortunada retroalimentación recíproca entre sectarismo y el entretenimiento.

Candidatos a presidente y sus dobles en Argentina | Capturas de pantalla de TV

Candidatos a presidente y sus dobles en Argentina | Capturas de pantalla de TV

Byung-Chul Han —pensador coreano afincado en Berlín— ha bautizado a este fenómeno como teatrocracia. Bernard Manin ha hablado de democracia de audiencias para referirse a esta constante necesidad de la política de hacerse presente en los privilegiados escenarios tanto televisivos como de las redes sociales.

La preponderancia del discurso populista mediático, en que la teatrocracia se impone sobre los argumentos y propuestas para atraer la atención de la opinión pública, nos está llevando a desear más a un actor que a un político con propuestas. Dice Byung-Chul Han sobre la teatrocracia: «Es la búsqueda obsesiva de audiencias emotivas por parte de la política (o de su sucedáneo: la tertulia, vivero actual de políticos), el abuso del medio televisivo y la ruidosa batalla diaria en las redes sociales». Este exceso confina a la política en la prisión del teatro. Ha llevado a la política en una única dirección: solo a complacer las emociones.

Este fenómeno no es nuevo en la comunicación política pero es alarmante que se haya expandido a países donde la matriz democrática era más sólida. En un principio se pensó que era una anomalía propia de países donde no había democracia plena, con una cultura política subdesarrollada y bajos niveles de participación política, pero se ha propagado a varios partidos europeos y a los Estados Unidos, y el candidato republicano Donald Trump es el ejemplo más elocuente.

Los consultores en comunicación política estamos ante un gran desafío: por un lado, poner al candidato en el top of mind de la opinión pública y, por otro, preservar los valores éticos que la política no debe perder.

Para los políticos, los valores refieren a situaciones de aplicación. El bien común, lejos de ser una abstracción, se materializa en cada acto realizado en las múltiples instancias de la política y, particularmente, en la implementación de las políticas públicas.

La Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (Alacop) tiene en su código de ética un punto que dice: «Los consultores políticos preferentemente deberán evaluar las características de cada cliente antes de prestar sus servicios, con la finalidad de evitar realizar trabajo profesional para personas que puedan atentar contra la paz, desarrollo democrático o estabilidad social de los países a los que pertenezcan dichas personas».

Ello nos obliga a ser profesionales íntegros al utilizar los métodos de comunicación política y nos compromete con la sociedad a explotar con juicio sereno las cualidades del candidato. Es decir, a manejarnos con decencia y honestidad.

Estamos obligados por una gran responsabilidad, porque los consultores no somos personas aisladas y podemos incidir en los cambios de la sociedad. Debemos rescatar la dignidad de la política, la fuerza de las convicciones y no solo la pura estrategia del marketing. Somos actores importantes en la tarea de fortalecer y dar plenitud a la democracia y también debemos contribuir a una mejor calidad de vida de nuestros semejantes.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge