La tierra sin mal

La República de Paracuaria, territorio que abarcaba el litoral de Argentina, sudeste de Paraguay y sudoeste de Brasil, fue el ámbito donde se desarrolló una de las experiencias, que hoy describiríamos como propia, del humanismo cristiano más exitosa que se haya conocido. La obra de los jesuitas salvó al pueblo guaraní de etnocidio. Ello significó la sobrevivencia de su lengua y de su cultura aunque con la inevitable transculturación que se ha producido a través del tiempo.

Dibujo de Florián Paucke (1719-1780), misionero jesuita que trabajó principalmente entre los indios mocovíes y pintó las costumbres de la región.

Dibujo de Florián Paucke (1719-1780), misionero jesuita que trabajó principalmente entre los indios mocovíes y pintó las costumbres de la región.

Las misiones jesuíticas constituyen una de las experiencias más exitosas de cristianización y protección de los pueblos indígenas sobre las amenazas de esclavización por los conquistadores y del servicio obligatorio de los encomenderos.

Los jesuitas comenzaron por aprender la lengua nativa y con ello lograron un paso clave para comunicarse entre iguales; luego vinieron la instrucción, la organización política y económica, nuevas técnicas agrícolas, el ordenamiento social, la salud, el arte y oficios diversos. Una verdadera revolución social que tenía al hombre como centro de todo su accionar y al Evangelio como Constitución.

El jesuita Juan Manuel Peramás editó en 1793 editó en Florencia, Italia, La República de Platón y los guaraníes. Había visitado las misiones y estaba impresionado de lo que había visto. En el libro Peramás hace una comparación punto por punto con el Estado ideal de Platón.

Darcy Rivero nos habla que los jesuitas en sus misiones «no solo compusieron los primeros núcleos económicamente poderosos de la región, sino que fueron matrices de una formación sociocultural nueva, que habría dado otra fisonomía a los pueblos rioplatenses, si no hubiese sido diezmada y dispersa cuando estaba en pleno florecimiento». Esa fue la principal impronta del siglo y medio de la misión jesuítica en esta región de América.

Muy distinto fue lo que ocurrió en América del Norte, donde a los anglosajones no les tembló la mano para diezmar a las aborígenes y arrasar con las culturas autóctonas. En el sur los jesuitas —y no solo los jesuitas— protegieron a los guaraníes mientras estuvieron entre ellos. De las etnias del norte solo queda algún vestigio; afortunadamente aquí la población originaria sigue étnicamente presente, aunque con la inevitable transculturación que se ha producido a través del tiempo.

Hoy existen variadas opiniones sobre nuestra identidad y muchas de ellas hacen una profunda manipulación política. Siguiendo la línea de pensamiento de Andrés Fink, podemos decir que la expresión pueblos originarios en realidad por sí sola no dice nada. ¿Acaso no tenemos todos un origen? Esta expresión se ha transformado en un eufemismo vacío que delata un desconocimiento del concepto identidad.

Reflexionar sobre nuestro pasado sin caer en la idealización puede ayudarnos a desentrañar las causas de muchos problemas políticos y sociales que nos toca vivir a los latinoamericanos. Y quizás también nos ayude a entender el presente y a orientarnos sobre cómo podemos encarar el futuro. Tal vez entonces podamos alcanzar la tierra sin mal junto al tekoporá —palabra guaraní que expresa el ‘buen vivir’— que deseamos para los habitantes de Latinoamérica y que tanto nos cuesta conseguir.

 

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge