Mientras el choque de civilizaciones se habría cumplido, Colombia busca la paz.

«The Last Column», homenaje a las víctimas del 11-S firmado por sus familiares | Foto: The Pancake of Heaven [CC BY-SA 4.0], vía Wikicommons

«The Last Column», homenaje a las víctimas del 11-S firmado por sus familiares | Foto: The Pancake of Heaven [CC BY-SA 4.0], vía Wikicommons

El 11 de septiembre de 2001 no fue una fecha usual. Ese día yo había planificado meticulosamente mi regreso de Alemania a Colombia, con una breve escala en España. El verano, caluroso y aletargador, lo había pasado resolviendo dudas académicas y existenciales, golpeando algunas puertas y dejando otras atrás —quizás en vano— en Fráncfort, Mainz, Berlín, Dresden, Barcelona, Madrid y, claro está, Heidelberg. Con la universidad más antigua de Alemania sostenía ya una relación, y en su magnífica biblioteca —Borges la habría admirado— la noche previa a mi partida olvidé mi pasaporte.

Quién iba a pensar que en ese nefasto día dos aviones comerciales harían arder las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en pleno corazón financiero del capitalismo, mientras otro impactaría el complejo de seguridad del Pentágono y uno más llegó a aproximarse a Washington, la capital de los Estados Unidos, antes de ser derribado. Las víctimas ascendieron a tres mil personas, el doble que las del Titanic en 1912.

Tras despertar infructuosamente al Hausmeister de la biblioteca y hacer una denuncia en la policía, decidí arriesgarme a viajar, pues tenía programada el día 13 la ceremonia de mi segundo pregrado, ahora como politólogo, en la Universidad Javeriana de Bogotá. Dejé atrás Heidelberg en un tren a primera hora y en Fráncfort, tras discutir un poco, me dejaron abordar hasta Madrid sin pasaporte por ser territorio de la Unión Europea. En Barajas se complicó un poco más, hasta que imploré que no quería ser un inmigrante, secundado por el Toni Germani Quartet, un ensamble de jazz italiano que iba rumbo a Medellín.

Y es que el 11 de septiembre es siempre una fecha complicada, por decir lo menos. Para muchos latinoamericanos evoca al fantasma del golpe de Estado en Chile contra el gobierno de Salvador Allende en 1973, y las imágenes se confunden en un blanco y negro que solo saca de su marasmo el rojo de la sangre. Por otro lado es el día de la Diada catalana, la extraña celebración de su derrota por tropas borbónicas en 1714, que esta zona de España rememora para reafirmar su identidad y alimentar su nacionalismo centrífugo.

No tenía idea de que un ataque terrorista de esa magnitud se estaba desarrollando por cuenta de los fanáticos de Al-Qaeda, que Estados Unidos y parte de Occidente emprenderían una guerra preventiva en Oriente que en el mediano plazo fracasaría en su cometido de hacer del mundo un lugar más seguro. No imaginaba la intervención improvisada en Afganistán o la contradictoria operación sobre Irak, ni que el nuevo milenio vería ascender la amenaza de Estado Islámico y otros extremistas medievales en una suerte de yihadismo global, dándole la razón al desaparecido Samuel Huntington y su choque de civilizaciones. Y confirmando el fracaso del fin de la historia de otra vedette, Francis Fukujama.

En el aeropuerto El Dorado casi no me permiten ingresar. Tuve que cantar una estrofa del himno nacional para entrar «provisionalmente» bajo la promesa de comprobar mi trayecto ante una funcionaria de alto rango. Ya libre en un pasillo, pregunté al camarógrafo de un noticiero cómo andaban las cosas en Colombia, y me dijo que a pesar de los problemas éramos un paraíso, pero que la tercera guerra mundial se había iniciado. No creí que en parte pudiera tener la razón hasta que vi la televisión. Tampoco sospeché que quince años más tarde nuestro «paraíso» tendría en ciernes un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del planeta, tras más de medio siglo de estéril violencia. ¡Viajar para creer!

José Alejandro Cepeda | joscep@yahoo.com
Periodista y politólogo