La vocación política

Como ciudadanos, deseamos que los mejores entren en política, pero rechazamos vincularnos con esta actividad. Eso dice mucho de nuestra ambivalencia hacia la democracia representativa y su crisis.

La vocación política continúa impulsando los sueños de muchos jóvenes | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

La vocación política continúa impulsando los sueños de muchos niños y jóvenes | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Veo a mi hija seguir, desde su inocencia infantil, las noticias por televisión. Le emociona sinceramente que una mujer pueda ser presidente de los Estados Unidos, y ya va sabiendo los nombres de otras políticos del mundo. Declara, entre todas las ensoñaciones de su edad hacia el futuro, que será una líder de su país, ofreciendo sus comentarios críticos sobre la realidad circundante. Si es así su deseo, y teniendo el corazón en el lugar indicado, mucho tendrá que prepararse para tales responsabilidades.

Esto no debería sorprenderme; después de todo, vive en un hogar atravesado por el comentario político constante, lo que lo hace tema corriente. Pero esta particularidad me hace pensar en la ambivalencia de los ciudadanos en las democracias de Occidente hacia la vocación política: deseamos que emerja casi de manera silvestre, pero nos molestamos cuando los políticos no son del temple que idealmente esperamos.

En buena medida, casi todos los ciudadanos votantes proclamamos un mayor deseo de transparencia y participación, pero rehusamos la vida política, con sus riesgos y bemoles, porque nos parece un juego sucio e interesado. Exigimos que entren los mejores, como si se tratase de una raza aparte (acaso una versión activamente política de nosotros mismos, ya independientes, ya fríamente técnicos, ya aptos profesionales), pero nos repugna el espacio en que esta casta presumiblemente tendría que deliberar. Si un hijo de nuestras familias dice «quiero ser político», pensamos que es un prospecto de pillo y nos preguntamos en qué fallamos.

Tal repugnancia implica que desdeñamos el carácter que, inevitablemente, han de tener nuestros políticos. Ellos deben avanzar interesados por el bien común, pero sin desatender su ambición personal, ni mucho menos descuidar el fundamento material y humano que permite el primer sacrificio. No se nos ocurre exigir a un profesional cualquiera que renuncie a los aspectos más prosaicos de su ejercicio, pero nos escandalizamos cuando esa realidad se descubre en un líder político.

No están exentos de responsabilidad en este aprieto nuestros dirigentes. A fin de cuentas, nuestro discurso cívico celebra el estoicismo republicano como modelo de ciudadanía, y las biografías de campaña refuerzan la apelación a este ethos. Pero dada su importancia, ninguno de los involucrados estaría presto a admitir que se trata de un oficio cualquiera, precisamente porque no lo es: el entregado servicio se combina con la más alta influencia. La ambición de poder adquiere sentido con la posibilidad de cambiar la realidad. Es un temple especial, el del político.

Me cuesta concebir otra carrera donde tan pocos llegan a la cima, y el fin de una trayectoria se presenta como un desfiladero a cada paso. Nuestros políticos carecen en términos prácticos de vida privada ni sosiego familiar, recesos verdaderos, planes de retiro y estatus social. Las élites económicas y sociales esperan que les sirvan y los rechazan cuando no lo hacen. La ciudadanía espera que piensen a largo plazo, pero los someten al escrutinio constante y a las veleidades de su opinión. Sin negar que su corrupción acarrea consecuencias más graves, parecen ser en conjunto tanto o más honestos que aquellos que desempeñan otros oficios.

No puedo yo dar un comentario concluyente sobre la superioridad de la participación sobre la representación, porque la realidad lo muestra mejor: los ciudadanos hemos accedido a entregar nuestra autoridad y el resultado ha sido normalmente positivo. Admitamos esto con modestia y atrevámonos a agradecer a los hombres y mujeres que, desde el poder o sin él, dinamizan y orientan nuestras instituciones. Solo puedo esperar que la ilusión de mi hija, llegue ella a ser lo que desee, no dé paso al cinismo de la adultez antipolítica.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas