Las ciudades, su futuro y su identidad cultural

Es imperioso analizar un camino para el desarrollo de la identidad de las ciudades y estimular la incorporación de la identidad a las estrategias de marca ciudad, de manera que sus habitantes se sientan identificados, integrados y se sientan parte del proyecto. Hoy el gran desafío es integrar a sectores vulnerables y excluidos al resto de la ciudad, a partir de tres ejes: construir, reconstruir y recuperar el espacio público.

Favela Jaqueline, San Pablo, Brasil. Foto: Dornicke.

Favela Jaqueline, San Pablo, Brasil. Foto: Dornicke.

Ante la complejidad de la gestión de una ciudad —que crece vertiginosamente al ritmo de las carencias y demandas de los ciudadanos—, los dirigentes políticos optan muchas veces por soluciones cortoplacistas y cosméticas. La falta de una visión arquitectónica de la política ha impedido la elaboración de estrategias que perduren en el tiempo y que incluyan al ciudadano como eje central de todo el accionar en la elaboración de un proyecto de ciudad al que aspiran. La economía, la planificación urbana, las obras y servicios públicos y la seguridad han sido, recurrentemente, ejes de promesas electorales que, la mayoría de las veces, eran parte de propuestas desarticuladas surgidas por necesidades coyunturales o por planteos de corto y mediano plazo. Como consecuencia, no han logrado ilusionar a los ciudadanos con un futuro mejor.

En el marco de la globalización, una de las grandes batallas que afrontan y afrontarán muchas ciudades será por su identidad cultural. A raíz de ello, vale la pena preguntarse: ¿cuántos planes estratégicos han sido concebidos desde la identidad de la ciudad? Recientemente, muchos gobiernos municipales han puesto en marcha modelos casi idénticos de marca ciudad desconociendo las particularidades propias de la ciudad y perdiendo la oportunidad de instalar su verdadero valor diferencial.

En la búsqueda por resaltar la identidad de cada ciudad está el verdadero desafío. Sin este conocimiento un gobernante no podrá integrar a los ciudadanos al proyecto de posicionamiento del núcleo urbano que gobierna y, menos aún, hacerlos partícipes. La importancia del concepto de la identidad se ha impuesto masivamente en las ciencias sociales a partir de los años ochenta y sobre todo en los noventa. El problema es que, particularmente en Latinoamérica, este concepto tiende a trivializarse, del mismo modo que el de cultura, porque se lo usa hasta el hartazgo sin que haya la más mínima preocupación por emplearlo en forma correcta. Así como hay una tendencia a creer ver cultura por todas partes —cultura de la violencia, narcocultura, cultura del no pago—, parece que todo está dotado de identidad, desde la ciudadanía abstracta hasta las plazas públicas. Hay que tomar conciencia que parte de la clase dirigente latinoamericana ha dejado de satisfacer las aspiraciones de los ciudadanos y no logra la construcción de un proyecto a largo plazo que incluya la identidad de la ciudad conceptualizada en el triángulo de la identidad, cuyos vértices son: la morfología, la personalidad y la dinámica; en otras palabras, su diseño urbano, su impronta cultural y su ritmo.

Se hace necesario un cambio de paradigma que permita integrar a los vecinos, especialmente a las clases más humildes, como parte de la proyección del futuro de una ciudad. Será la forma que dará la posibilidad no solo de conectar a la política con la sociedad sino, también, de que el ciudadano se sienta orgulloso de pertenecer a ella. La política y los políticos deben interpretar hacia dónde se dirigen las sociedades y, más aún, anticiparse y liderar su porvenir. Es con la gente, con sus aspiraciones, con la cultura de la ciudad, con la política, que se hará posible recorrer un destino en común.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge