La celebración de elecciones parlamentarias en Europa nos recuerda los desafíos que enfrenta el continente y si las salidas descansan en una mayor o menor integración.

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Sede del Parlamento europeo (Estrasburgo, Francia) | Foto de archivo

La historia de Europa se debate entre la guerra y la paz, y en eso no deja de parecerse al resto del mundo. Sin embargo, esa misma Europa, la que alguna vez fue raptada por un dios celoso y se enfrentó a sí misma durante siglos, ha aprendido a convivir hasta el punto de ser reconocida con un premio Nobel. A un siglo de conmemorarse el inicio de la Gran Guerra (que se creía que iba a ser la confrontación definitiva antes del orden), esta suerte de drama con final feliz sirve para recordarnos que las actuales elecciones parlamentarias son resultado de un proyecto de convivencia y no de destrucción.

Pero las dudas persisten. Mientras Europa ha llegado a expandirse a 28 Estados, rige en buena parte el euro como moneda y se dialoga en varias lenguas, la ciudadanía elige desde hace más de tres décadas los representantes a su Parlamento pero no termina de sentirse representada por completo. Las preguntas —o el euroescepticismo directo de algunos— se basan en la distancia entre la toma de decisiones por las elites políticas y económicas frente a ese ciudadano protegido por el tratado de Maastricht para solucionar sus problemas diarios, en una realidad que es distinta para quienes están más próximos al epicentro económico o soportan las crisis bajo el sol mediterráneo o los vientos irlandeses.

 

¿Qué hacer? La salida ante una pérdida de comunicación —llamémosle de integración para no volver a hablar de déficit democrático— no es la ruptura, sino la recuperación de un mensaje social, enfocado a las nuevas generaciones que no vivieron aquellas guerras pero están hoy amenazadas por un retroceso en su estabilidad laboral y poder adquisitivo. Una Europa social que deberá seguir contando, guste o no, con el protagonismo alemán, que recupere la confianza de la periferia y de los críticos de derecha e izquierda. Es decir, avanzar hacia un federalismo más real: el continente pacificado que alcanzó a delinear Kant. La cuestión es si existe un liderazgo dispuesto a hacerlo realidad.

José Alejandro Cepeda | joscep@yahoo.com