En alemán diríamos Chance vertan! —o en español, ¡oportunidad perdida!—. Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana».

SI NO COLOMBIA2

 

Algunos escépticos lo presentían. Las últimas encuestas parecían anticiparlo. Y finalmente el 2 de octubre se hizo realidad. De los 12,8 millones de colombianos que participaron en el plebiscito para la refrendación del acuerdo de paz con las FARC, el 50,2 % —una muy estrecha mayoría—, dijo no. Quienes estaban a favor del acuerdo final están sumidos en una mezcla de desilusión, desesperanza y rabia. E incluso quienes promovieron el no quedaron atónitos, pues no se esperaban este resultado. Todos se preguntan: «¿por qué?, ¿y ahora qué?».

Una razón que no debe subestimarse en este escenario es que la decisión tuvo una carga emocional muy fuerte. Es apenas entendible que luego de 50 años, 270.000 víctimas mortales y 7 millones de desplazados —entre otras cifras que muestran el horror de la guerra— para muchos colombianos, aunque no para todos, haya sido una decisión basada en el dolor por el pasado y no tanto en la perspectiva de un futuro diferente.

Probablemente, para muchos no fue posible liberarse del dolor y la rabia por las concesiones hechas a las FARC en el marco de este acuerdo. La justicia —independientemente de lo que haya significado para cada uno esta noción en el marco del acuerdo— finalmente no fue suficiente para la mayoría de los colombianos.

Otra razón posible: un talón de Aquiles de este proceso fue desde un principio la incapacidad de convocar e incluir a un amplio sector, lo más amplio posible, de colombianos, alrededor del acuerdo.

Se trató más de una disputa entre dos líderes políticos y no de una amplia discusión para una sociedad que hoy tiene más de 48 millones de habitantes. De un lado, el presidente Santos, incapaz de alcanzar un consenso con la contraparte. Del otro, el expresidente Uribe rehusándose a ceder siquiera un paso para acercarse al otro.

Y ahora, ¿qué sigue para Colombia, el país del realismo mágico? Muchos líderes políticos del mundo y periodistas internacionales, en particular europeos, miran perplejos, incrédulos, lo que pasó este 2 de octubre. ¿Cómo explicarle a alguien que no haya vivido aquí en Colombia cómo es posible que sus ciudadanos hayan decidido no parar una guerra de más de cinco décadas?

Lo primero es que las consecuencias a mediano y largo plazo de esta decisión en la que el no resultó ganador —consecuencias dolorosas como mínimo— serán bastante graves. Y probablemente aún no terminamos de asimilarlas.

Sin duda, incrementará aún más el alto grado de polarización en la sociedad colombiana, algo que ya se había dado durante los últimos cuatro años en el marco de la negociación. Esto, sobre todo, si el Gobierno y la oposición siguen sin encontrar un consenso en un tema que es fundamental para el país. Algunos expertos tampoco descartan que incremente la conflictividad y la violencia.

Aún más: la imagen de Colombia en la política internacional se está viendo y seguirá viéndose afectada. El país iba en un buen camino: próximo a su ingreso en la OCDE, a cooperar en misiones de la ONU y, sobre todo, salir de su historia de país en riesgo por la inestabilidad y la guerra.

Ahora, además, corre el riesgo de pasar a la historia a los ojos del extranjero como el país que rechazó una oportunidad única de caminar juntos hacia un futuro en paz. El impacto político vendrá acompañado de efectos para las inversiones y expectativas económicas desde el exterior.

El peor resultado es para la generación joven, que parecía estar esperanzada con el acuerdo de paz con las FARC pero también con la perspectiva de reformas y transformaciones estructurales hacia un país más incluyente, más equitativo y moderno.

La igualdad de oportunidades, la inclusión social y económica, el desarrollo de las regiones rurales, el retorno de los desplazados… todo eso está en este momento en riesgo de ser puesto de nuevo en un rincón, a la espera de una próxima gran oportunidad, que no se sabe cuándo podría llegar.

Y ¿qué pasa con las FARC? Tal vez este asunto se resuelva, de una u otra forma, en el mediano plazo. Los líderes de la guerrilla pueden estar contemplando el exilio en otros países, otros —tal vez mandos medios y algunos combatientes— pueden estar pensando en seguir combatiendo, en otra organización, nueva o ya existente, y continuar con el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión.

Así las cosas, queda un sabor a frustración en todo esto. ¡Se perdió una oportunidad única! Sí, con una decisión democrática, que debe ser respetada. Pero una decisión basada principalmente en el miedo, entre otras emociones. El miedo al cambio. Una decisión que pone en vilo el futuro del país y sobre la cual sus líderes políticos (independientemente de si se llaman Santos, Uribe, Gaviria, Pastrana o como sea), hasta la hora de escribir estas reflexiones, aún no se han puesto de acuerdo.

En alemán diríamos Chance vertan! O en español, ¡oportunidad perdida!

Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana». Que, ahora sí, después de esto, el presidente Santos —encabezando el — y el expresidente Uribe —con el no— lleguen a un acuerdo primero y, luego, se replantee la negociación con las FARC.

La misma noche del 2 de octubre, distintos grupos empezaron a hablar sobre un gran acuerdo nacional y, al día siguiente, se pusieron en marcha equipos para trabajar en esto. La gran pregunta que uno se hace es ¡¿por qué no lo hicieron antes?!

Dr. Hubert Gehring
Representante de la Fundación Konrad Adenauer en Bogotá

 

En alemán diríamos Chance vertan! —o en español, ¡Oportunidad perdida!—. Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana».