Milagro en Milán

El socialcristianismo se hizo cine en Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini, en 1945. Y, seguramente, alcanzó su más explícita formulación en Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, en 1948. El neorrealismo italiano fue un movimiento creador militante, adherido a un cristianismo transformador, a una Iglesia de los pobres y para los pobres, a los más nobles ideales de donación y de fraternidad de la condición humana. Y sus grandes directores exhibieron sus ideales políticos hasta sus últimas producciones, paradigmático el caso de Rossellini, que le dedicó su película final, Año uno, en 1974, a la figura, el mensaje y el legado de Alcide de Gasperi.

Cartel sobre fotograma de película "Miracolo a Milano"

Cartel sobre fotograma de película “Miracolo a Milano”

Vittorio de Sica, sin embargo, tuvo la virtud de explorar espacios insospechados en las primeras producciones neorrealistas, testimonios crudos y ásperos de la ruina material y la miseria moral de una terrible posguerra de la existencia, del trabajo y del alma. Frente a Rossellini, y a finales tan estremecedores como el de Alemania, año cero (1949), De Sica, a pesar de dirigir películas tan terribles como El limpiabotas (1946) o Umberto D (1952), quiso siempre aportar al espectador una mirada llena de ternura y de esperanza.

En ninguna película esa mirada adquirió resonancias más cálidas y fabuladoras que en Milagro en Milán, estrenada el 8 de febrero de 1951, la historia de un grupo de indigentes que habitan a las afueras de la gran urbe, motor industrial y financiero de Italia, y centro de atracción de inmigración proveniente de todo el país, pobres y felices incluso en medio de las mayores penurias. En los terrenos en los que malviven se encuentra petróleo, y su propietario pretenderá desalojarlos. Pero, bajo el liderazgo de un inocente joven llamado Totó, los mendigos demuestran que el itinerario de cada ser humano no tiene más límite que, literalmente, el hogar de las estrellas.

Paolo Goberti habría de recordar después que las películas neorrealistas se concebían como «las banderas de nuestra propaganda», es decir, como las banderas de la alternativa socialcristiana de civilización, y como manifestaciones de «unidad» de un «efectivo frente nacional en torno a ciertos artistas», un frente que reclamaba la libertad, la justicia, la dignidad y la fraternidad entre los seres humanos. Milagro en Milán es la expresión más positiva y esperanzada de la opción neorrealista. Y el maravilloso texto que escribieron cinco genios como el propio De Sica, Cesare Zavattini, Suso Cecchi D’Amico, Mario Chiari y Adolfo Franci, una extraordinaria evidencia de la vigencia de la propuesta humanista integral de la democracia cristiana.

Enrique San Miguel