Óscar Romero, primer salvadoreño en llegar a santo de la Iglesia católica.

Imagen de Monseñor Romero en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá) | Foto: José Alejandro Cepeda.

Imagen de Monseñor Romero en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá) | Foto: José Alejandro Cepeda.

¿Qué hacer cuando una sociedad devastada por la injusticia, la guerra y la pobreza ve desaparecer una vida destacable? ¿Qué hacer con ese ejemplo que recuerda lo mejor y lo peor de dicho lugar?

Algo así se han tenido que preguntarse los salvadoreños de todos los orígenes y condiciones en los últimos 35 años, cuando la pequeña nación centroamericana ha podido salir del pantano del autoritarismo y la guerra civil —que dejó cerca de 75.000 muertos— tras un loable proceso de paz, intentando poner las cosas en orden desde entonces. No ha sido fácil y, para bien o para mal, allá en las conciencias aún resuena el ejemplo de monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en plena eucaristía en un acto triste y siniestro. Ahora por fin es beatificado y canonizado por el Vaticano, en cabeza de otro latinoamericano, Jorge Bergoglio, argentino, conocido como el papa Francisco.

En medio del fuego cruzado del régimen no democrático, sus fuerzas armadas, el paramilitarismo, la insurgencia del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), el cinismo de la guerra fría y sus intereses externos, monseñor Romero clamó por respetar los derechos humanos. En un continente que había traicionado los valores republicanos que juró adoptar desde los procesos de independencia acontecidos en el siglo XIX. Una América Latina bella e ignorante.

Romero había sido nominado al Premio Nobel de la Paz (1979) y obtenido un doctorado honoris causa en la Universidad de Georgetown (1978). Su proceso de canonización se inició en 1990 y su beatificación culminó en mayo de 2015. Su figura, la más reconocida de la Iglesia católica salvadoreña, el primer nacional en ser elevado a santo y uno de los diez mártires del siglo XX representados en la abadía de Westminster (Londres).

En mayo de 2010 el presidente de El Salvador y representante entonces del FMLN como partido político, Mauricio Funes, pidió perdón oficial en nombre del Estado a treinta años del asesinato por responsabilidad indirecta al tolerar los escuadrones de la muerte. Según la Comisión de la Verdad que investigó la guerra civil, existe evidencia de la participación del fallecido fundador de ARENA —el otro partido nuclear de la política salvadoreña— Roberto D’Aubuisson.

Ahora que monseñor Romero es santo, los herederos de ARENA, incluyendo a representantes de la derecha que en el pasado condenaron a los defensores de los derechos humanos y el legado del martirizado arzobispo de San Salvador, han manifestado su admiración por el reconocimiento.

Ante los precios que tiene que pagar la paz, el aprendizaje democrático, la búsqueda de la verdad y la justicia, una vez más vale la pena reivindicar que el sacrificio de Óscar Romero no fue en vano, sino que redunda a pesar de todo en la reconciliación de los salvadoreños.

José Alejandro Cepeda | @sinclair_simon_