A cien años del genocidio armenio, nuevas voces se suman a la exigencia de que el Estado turco reconozca el asesinato selectivo de un millón y medio de mujeres y hombres a principios del siglo XX: necesidad indiscutible de conciliar la herida de un vergonzoso pasado y avanzar hacia un futuro común.

Placa conmemorartiva del 90 aniverario del genocidio armenio, Rosario, Argentina. Fuente: Pablo D. Flores, en Wikicommons

Placa conmemorartiva del 90 aniverario del genocidio armenio, Rosario, Argentina.
Fuente: Pablo D. Flores, en Wikicommons

No hay historia completa sin el pleno reconocimiento al sacrificio, al dolor y a la memoria de quienes entregaron su vida por una causa, por un sueño, por un ideal. Tampoco hay posibilidad de trazar un presente digno cuando el pasado guarda secretos que no han sido resueltos, que se encubren o se ocultan por la razón que sea.

La historia del genocidio armenio es una deuda de la humanidad, de Occidente y Oriente, un puente roto que con las décadas se torna muro infame, barrera indigna y escollo para el futuro. Sus ladrillos son la indiferencia y la condena al olvido. Sus víctimas son la diáspora heredera de los sobrevivientes, un Estado que cuenta con mujeres y hombres, con tradiciones, con lengua y costumbres propias que a principios del siglo XX, en 1915, se intentaron exterminar a través de lo que a todas luces ha sido calificado por distintos historiadores, e inclusive gobiernos, como genocidio.

El genocidio armenio cumplió cien años este 2015: cien años no solo de haber sido perpetrado y costado la vida a un millón y medio de mujeres y hombres; además, cien años de ser negado por el gobierno de Turquía mediante la minimización del hecho y el adoctrinamiento escolar, bajo el cual la masacre se reduce a un enfrentamiento en el contexto de la primera guerra mundial y la fundación del actual Estado turco.

El domingo 12 de abril el papa Francisco, en la Basílica de San Pedro, recordó que aquel suceso lamentable y doloroso fue el primer genocidio del siglo XX, en una misa a la que asistieron el presidente armenio, Serge Sarkissian y el patriarca Nersés Bedros XIX, cabeza de los armenios católicos. El pontífice citó, al inicio de su mensaje, a Juan Pablo II, recordando las palabras escritas en 2001 al respecto: «Ocultar o negar el mal es dejar que sangre una herida abierta y sin curar».

La reacción de Ankara no se hizo esperar: condenas contra lo dicho por Francisco, señalamientos de que las relaciones entre ambos Estados podrían ser afectadas para siempre, llamado de embajadores, descalificación días después contra el Parlamento europeo por solicitar el reconocimiento del genocidio como tal. El presidente turco, Recep Tayypi Erdogan, respondió ante la solicitud que, lo que sea que digan los europeos al respecto, «entra por un oído y sale por el otro».

Esta reacción es condenable, pero puede esbozarse una explicación, publicada por el New York Times el pasado 16 de abril, donde se cita a Taner Akcam, historiador turco-germano y una de las mayores autoridades en el estudio del genocidio. Según sus palabras, «muchos de los fundadores de la república turca fueron quienes idearon el genocidio, y algunos se enriquecieron a costa de confiscar propiedades armenias. No es fácil para una nación, en ese sentido, llamar a sus padres fundadores asesinos y ladrones».

Sin embargo, se habla, por principio, de un pueblo lastimado, que se intentó exterminar de manera selectiva a través del asesinato, de campos de prisioneros y de caminatas forzadas por el desierto sirio, hasta hallar la muerte. No puede negarse esa historia infame y mucho menos esconderse; la reconciliación con el ayer sólo se logra, empero, con la capacidad de reconocer los errores para así poder superarlos.

Cien años después del genocidio armenio parece que, por desgracia, eso no ocurrirá, y que los crímenes documentados por vez primera en 1933, en el libro Los cuarenta días de Musa Dagh por el historiador alemán Franz Werfel permanecerán sin condena. Solo, por fortuna, por los propios criminales. El mundo alza la voz: llegará el tiempo en que su exigencia alcance oídos más abiertos, más dispuestos a sanar heridas, más proclives a la reconciliación.

Carlos Castillo | @altanerias